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La civilización del espectáculo

Fernando Bonete Vizcaino

La civilización del espectáculo es el último libro de Vargas Llosa hasta la fecha, y la enésima obra dedicada a un tema, el de la cultura, que parece acaparar en su ocaso toda suerte de reflexiones de los más variados autores. Como si todo intelectual que se precie debiera dar su último adiós en forma de prosa y ensayo al pensamiento universal, aunque las conclusiones se repitan y aunque parezca estar todo dicho en cuanto al crepúsculo humanístico.

No entiendo la propuesta del Premio Nobel de Literatura 2011 como la más original y determinante. Tampoco creo que el peruano haya proyectado su reciente obra con visos de novedad. Más bien como una síntesis ágil, amena, de su criterio sobre una sociedad que hace de la diversión una norma (en el recuerdo queda aquel Divertirse hasta morir que ya comentábamos en esta misma sección, Libros).

Tal vez lo mejor de esta crítica al espectáculo y del llamamiento a la responsabilidad cívica e intelectual corresponda a los primeros capítulos, sobre todo a la compilación de artículos que en torno a la materia el escritor publicó con anterioridad para El País, y que a modo de avisos de cualidad profética se alternan con la redacción del libro. Especialmente interesante resulta la parte dedicada al arte que, personalmente, como crítico de las fantasmadas que invaden el circuito pictórico, escultórico y, sobre todo, musical, llegué a disfrutar maliciosamente.

Pero frente a las luces que iluminan de modo certero un discurso directo y sincero en torno a los males sociales y la falta y ausencia cultural, se proyecta una sombra de contradicción, leve, pero constante a partir de la segunda parte de este libro, y confirmada de forma flagrante hacia el final del mismo. La afirmación de que la alta cultura puede y debe sustituir el vacío que deja la religión en nuestros días supone la “piedra de toque” de la discordancia. Bajo la justificación de que “una moral y una filosofía laicas cumplieron, desde los siglos XVIII y XIX esta función para un amplio sector del mundo occidental”, Vargas Llosa sugiere la Ilustración y el liberalismo con disfraz responsable como modelo secular a seguir para regeneración de la estructura cultural y social. 

Pero, ¿no fueron los filósofos y hombres de Estado ilustrados, y más tarde revolucionarios, quienes jugaron a ser guías morales de la raza humana escudándose en sus facultades intelectuales fundadas en la razón? ¿No fueron ellos quienes arrebataron el poder al monstruo del Absolutismo y, supuestamente, de la Iglesia, para fundar un gobierno más despótico todavía? El control moral y ético férreo de estas autoridades del “siglo XVIII y XIX”, bajo el pretexto de seguir cánones universales, encontró el hastío final de los individuos. Una ética mal entendida, basada en la creencia de que el hombre tiene potestad y autoridad para imponer normas morales que son en realidad y de suyo comunes, naturales, causó finalmente la rebeldía en los años setenta del siglo XX. Su germen fue el ya archiconocido mayo del 68, desde el cual se abría una nueva etapa, posterior a la modernidad. La posmodernidad, tan vituperada por Vargas Llosa, tuvo su germen en aquella alta cultura secular que sugiere como solución y que en realidad fue el primer paso hacia la debacle que hoy vivimos.

Que el apoyo más socorrido del escritor a sus planteamientos sea el recuerdo a los excesos del islam da que pensar sobre la seriedad de sus argumentos (la repetición llega a cansar) y denota cierta vacuidad que no hace sino quedarse a medio camino, rompiendo el compromiso de responsabilidad por el que tanto clama.

Tras esta incongruencia, no me sorprende que el peruano intente dignificar el sexo clamando al erotismo. Yo todavía me atrevería a dignificarlo más, llamándolo sagrado.

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