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La ciudad armoniosa de Charles Péguy

Ficha técnica

Marcel - Charles Peguy

Título: Marcel. Primer diálogo de la ciudad armoniosa

Autor: Charles Péguy

Editorial: Nuevo Inicio

Páginas: 240

Precio: 21€

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Pablo Ortiz Soto


Desde antiguo parece inscrito en el corazón del hombre el deseo de alcanzar sociedades más perfectas, que en las que convive, donde reine la justicia, la paz, el amor, la virtud, el bienestar y, por ende, la felicidad. Quizá, ese anhelo sea el que nos ha impulsado a instaurar aquel sistema político que se inventaron unos griegos en el siglo V a. C y que, no conformes en la actualidad –tampoco en los tiempos de Platón–, pretendemos seguir mejorando: la democracia. Pues bien, a esta aspiración, a esta esperanza, a este horizonte de perfección absoluto que en el momento de su formulación es irrealizable es el que en el siglo XVI fue denominado como utopía. Es decir, la racionalización de un sistema político-social imaginario, perfecto e irrealizable que intrínsecamente reivindica no solo la crítica a la sociedad en la que el autor vive, sino también la inquietud y deseo de infinito del hombre en camino. Por eso, a través de las utopías, comprendemos aún mejor al hombre y a su época.

Esta idea que sería acuñada por el humanista inglés Tomás Moro en su célebre obra Utopía, también la podemos encontrar en narraciones clásicas anteriores. Tal es el caso del jardín sumerio de Gilgamesh, la Inscripción sagrada de la imaginaria isla de Pancaya del hermeneuta griego Evémero, La república del eximio filósofo griego Platón o La ciudad de Dios del santo Agustín de Hipona. No obstante, tras la obra de Moro (1516), un contemporáneo suyo francés, François Rabelais, publicará Gargantúa en 1534 y, casi un siglo después, en 1623, el filósofo italiano Tommaso Campanella publicaría su obra La ciudad del sol; y así, tres años más tarde, el conocido filósofo inglés Francis Bacon daría a conocer su novela utópica La Nueva Atlántida. Pues bien, me sirvo de esta introducción para presentarles la ciudad armoniosa del escritor y filósofo francés Charles Péguy. En su obra, Marcel. Primer diálogo de la ciudad armoniosa, el joven orleanés Péguy muestra sus más arraigados anhelos y convicciones socialistas gestados, al amparo de los miembros del Journal vrai, durante su etapa en la Escuela Normal Superior francesa.

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En este manifiesto, la primera publicación de su librería y editorial socialista Georges Bellais –en mayo de 1898– y editado sin numeración en las páginas y con grandes espacios en blanco, Péguy, a diferencia del ideal socialista de igualdad, asienta la perfección de su ciudad en la armonía, en la ausencia de exiliados y en la fraternidad. Una ciudad armoniosa que tendría sus fuentes de inspiración en el injusto caso Dreyfus, donde Péguy sería un férreo defensor del capitán judío Alfred y del artículo Yo acuso de Émile Zola; de la visita, junto a su muy querido amigo Marcel Baudouin –quien forma parte del título–, a los suburbios parisinos donde descubriría la miseria de la ciudad, muy diferente a la pobreza rural que él vivió; además de su abandono y total desligamiento del cristianismo, a sus 17 años, hastiado por el conformismo y la visión burguesa de la Iglesia de la época. No obstante, años más tarde, su deseo por lo Absoluto, sus inquietudes compartidas con otros amigos en camino y la semilla cristiana que le fue transmitida en su infancia, le harían volver a profesar la fe católica.

Por eso, además de analizar el papel del arte, de la ciencia, de la filosofía, de la economía, de la voluntad o del esfuerzo en su anhelada ciudad, esta obra irradia perfección, transcendencia –quizá inconsciente quizá deseada–, sabiduría, sensibilidad, inquietud, humanidad, fraternidad y armonía:

“La ciudad armoniosa tiene por ciudadanos a todos los vivientes que son almas, a todos los vivientes animados, porque no es armonioso, porque no conviene que haya almas que sean extranjeras, porque no conviene que haya vivientes animados que sean extranjeros.
Así todos los hombres de todas las familias, todos los hombres de todas las tierras, de las tierras que nos son lejanas y de las tierras que nos son próximas, todos los hombres de todos los oficios, de los oficios manuales y de los oficios intelectuales, todos los hombres de todas las aldeas, de todos los pueblos, de todas las villas, de todas las ciudades, todos los hombres de todos los países, de los países pobres y de los países ricos, de los países desiertos y de los países poblados, todos los hombres de todas las razas, los griegos y los bárbaros, los judíos y los arios, los latinos, los germanos y los eslavos, todos los hombres de todas las lenguas, todos los hombres de todos los sentimientos, todos los hombres de todas las culturas, todos los hombres de todas las vidas interiores, todos los hombres de todas las creencias, de todas las religiones, de todas las filosofías, de todas las vidas, todos los hombres de todos los Estados, todos los hombres de todas las naciones, todos los hombres de todas las patrias han llegado a ser los ciudadanos de la ciudad armoniosa, porque no conviene que haya hombres que sean extranjeros.
Ningún viviente animado está exiliado de la ciudad armoniosa”.

Que así sea.

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