Home > En portada > Kafka en la frontera: «Los niños perdidos» de Valeria Luiselli

Kafka en la frontera: «Los niños perdidos» de Valeria Luiselli

Ficha técnica

Título: Los niños perdidos

Autor: Valeria Luiselli

Editorial: Sexto Piso

Año: 2016

Páginas: 112

Precio: 17 €

 

 

 

 

Guillem González
@Demimerio


Uno de los cuentos más kafkianos de Franz Kafka es, sin duda, «Ante la ley». Se trata de un relato independiente, aunque ya aparece esbozado en sus Diarios y luego integrado en la novela El proceso, y su argumento es muy conocido: un campesino llega a una puerta custodiada por un guardián que le impide cruzarla para entrar en «la Ley», por lo cual espera y espera días, años y toda la vida hasta que, antes de morir, el guardián le dice que aquella puerta estaba reservada solo para él. Como suele suceder en Kafka, la comprensión superficial de la historia no presenta dificultades, mientras que hallar su sentido profundo es mucho más complicado; de hecho, dos personajes de El proceso discuten cuál es la interpretación adecuada de «Ante la ley», demostrando que la ambigüedad irresoluble es inherente a lo kafkiano. Con todo, una de las lecturas canónicas del cuento lo considera una parábola del Estado y su poder, que estarían por encima de lo humano, y por eso «la Ley» es inalcanzable, invisible e incomprensible.

Es evidente que, a causa del mal uso y de su abuso, hemos gastado el adjetivo kafkiano, pero en el fondo las experiencias verdaderamente kafkianas son muy frecuentes, cotidianas incluso. Recuerdo los dos breves interrogatorios a los que me sometieron cuando estuve de vacaciones en Israel: al llegar al aeropuerto, me preguntaron si pensaba visitar Palestina, y cuando iba a embarcar para abandonar el país, quisieron saber si había mantenido contacto con palestinos. En verdad no se trata de nada especial, pues a cualquier turista en Israel le hacen las mismas preguntas, si no peores. Lo que resulta kafkiano es la normalidad y la teatralidad de la situación: el interrogado sabe qué preguntas le harán, ya que las ha leído en internet o en una guía turística, y el interrogador, por su parte, sabe que el turista conoce de antemano las preguntas que va a hacerle y las respuestas que debe dar. Es un simulacro en el que uno sabe y el otro sabe que sabe pero, a diferencia de «Ante la ley», en el aeropuerto israelí lo kafkiano no es la falta sino el exceso de información.

El interrogatorio, la más kafkiana de las situaciones comunicativas, es el punto de partida de «Los niños perdidos», de Valeria Luiselli, un «ensayo en 40 preguntas».
Los niños perdidos
Valeria Luiselli.

El interrogatorio, la más kafkiana de las situaciones comunicativas, también es el punto de partida de Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016). El libro de la mexicana Valeria Luiselli es, tal y como nos indica su subtítulo, Un ensayo en 40 preguntas, concretamente las que les hacen a los menores que han cruzado ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos para determinar si serán deportados o no. Puesto que los «niños perdidos» en territorio estadounidense suelen ser hispanohablantes, las entrevistas se realizan en español y el cuestionario lo completa en inglés un intérprete: a esto se dedicó durante un tiempo Valeria Luiselli, que fue voluntaria en una ONG. La primera pregunta del cuestionario es también la primera frase del libro: «¿Por qué viniste a los Estados Unidos?»; el resto de preguntas («¿Cuándo entraste a los Estados Unidos?» o «¿Te ocurrió algo durante tu viaje a los Estados Unidos que te asustara o te lastimara?») conforma la estructura ósea del libro. Luiselli nos cuenta en seguida que la traducción que realizan los intérpretes es doble: del español al inglés y del lenguaje y la cosmovisión infantiles a la jerga legal. Pero a pesar de los esfuerzos del intérprete por suavizar el rigor burocrático, es inevitable que los niños sufran durante el interrogatorio kafiano.

Los niños perdidos es un ensayo que, como tal, parte del yo de su autora; por eso reflexiona sobre su situación personal y complementa su experiencia como intérprete y las terribles historias de los niños con su propia experiencia como inmigrante, ya que ella y su marido son mexicanos residentes en EE.UU. Además, el ensayo se mezcla con el género narrativo: la autora narra un road trip por la conflictiva frontera mexicano-estadounidense, como en una crónica de viaje, pero nunca la cruza porque tiene problemas para obtener la Green Card, cuya obtención deja en suspenso hasta el final, como en una novela de misterio. El estilo de Luiselli es ágil y directo, una prosa firme cuya prioridad es contar y pensar, pero con factura artística; no por nada es autora de una novela tan literaria como Los ingrávidos (2011), donde pone de relieve su influencia bolañesca, entre otras, y reaparece el tema de la vida inmigrante en EE.UU.

El ensayo se mezcla con el género narrativo: la autora narra un road trip por la conflictiva frontera mexicano-estadounidense, como en una crónica de viaje, pero nunca la cruza porque tiene problemas para obtener la Green Card, cuya obtención deja en suspenso hasta el final, como en una novela de misterio.

Por desgracia, algunos leves defectos empañan el resultado final del libro. Para empezar, el prólogo del periodista Jon Lee Anderson es un umbral, como diría Gérard Genette, que no apetece traspasar; Anderson apenas describe perezosamente el contenido del libro, por lo que solo aporta su prestigiosa firma en la portada: todo paratexto tiene su función, concluiría Genette. Por otro lado, hay algunas erratas gramaticales que deberían haberse pulido en una corrección editorial, errores mínimos pero visibles y molestos; sobre todo, de concordancia, como en «le resulta más conveniente a los gobiernos». Finalmente, yo habría agradecido un análisis más profundo de los motivos por los que los «niños perdidos» deciden escapar de sus países, más allá del narcotráfico y la violencia de las pandillas, así como una descripción más detallada de sus vidas en Estados Unidos; pero la misma Luiselli reconoce que su intención principal es visibilizar el problema.

Los niños perdidos
«The oakers», Aron Wiesenfeld, 2008.

Aunque Los niños perdidos parece un libro de la «era Trump», y de hecho Luiselli se refiere a EE.UU. como «Trumplandia», la verdad es que fue escrito durante la presidencia de Obama, concretamente en plena crisis migratoria de «los niños de la frontera». En 2014, mientras decenas de miles de menores de El Salvador, Honduras y Guatemala huían de un ambiente peligrosísimo arriesgando por el camino sus vidas, Europa ignoraba análogamente a las víctimas de su propia crisis migratoria: ni la sociedad estadounidense ni la europea han estado a la altura de sus respectivos refugiados. Pero en su ensayo Valeria Luiselli ha logrado captar el sufrimiento kafkiano de los «niños perdidos» y la vergonzosa negligencia de la administración americana: los ha universalizado. Porque las migraciones son un problema tan viejo como la humanidad y un tema tan antiguo como la literatura, por eso Los niños perdidos es un ensayo que entronca con la tradición inaugurada por la Odisea homérica y el Éxodo bíblico y que llega hasta nuestros días.

Europa ignoraba análogamente a las víctimas de su propia crisis migratoria: ni la sociedad estadounidense ni la europea han estado a la altura de sus respectivos refugiados.

Ya en el siglo XX, el exilio republicano fue narrado brillantemente por Max Aub y Arturo Barea, entre otros; los desplazamientos provocados por la Segunda Guerra Mundial son un trauma en la literatura de casi cualquier país: en El pájaro pintado del polaco-estadounidense Jerzy Kosinski se narra la lucha por la supervivencia de un niño en la Polonia invadida, mientras que las terribles experiencias en los campos de concentración aparecen, por ejemplo, en Sin destino del húngaro Imre Kertész y en Si esto es un hombre del italiano Primo Levi. La dura vida extraterritorial de los inmigrantes también recorre toda la historia de la literatura, pero es un tema mucho más frecuente en la estadounidense, la más mestiza de las literaturas: Sandra Cisneros y Chimamanda Ngozi Adichie, por nombrar solo dos autoras, captan en sus relatos lo que es vivir a caballo entre dos mundos. El peligroso viaje sin retorno para llegar a EE.UU. es un motivo cada vez más recurrente, como en Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera. Las fronteras también son el escenario de series como Breaking Bad o la menos conocida Wataha, ambientada en la frontera polaca con Ucrania. Y la herida aún abierta y dolorosa de los refugiados sirios ignorados en y por Europa ha sido tratada con urgencia por el periodismo: Bel Olid y el fotógrafo Gerard Massagué en Vides aturades o la novela gráfica-reportaje La grieta, de Guillermo Abril y Carlos Spottorno.

Los niños perdidos demuestra que, por suerte o por desgracia, esta senda literaria está más viva que nunca. Kafka, desde la frontera, no entiende nada.

Continúa el camino...
«Banderas negras»: en tierra de piratas
En Europa fue posible la concordia
¿Cómo era el París de la Revolución francesa?
Apagada la luz se ilumina el firmamento

Deja un comentario

Este sitio emplea cookies propias y de terceros para mejorar su calidad. Si continúa navegando o utiliza el scroll de navegación vertical, aceptará implícitamente el uso de Cookies. Puede consultar más datos en nuestra Política de Cookies

Las opciones de cookie en este sitio web están configuradas para "permitir cookies" para ofrecerte una mejor experiéncia de navegación. Si sigues utilizando este sitio web sin cambiar tus opciones o haces clic en "Aceptar" estarás consintiendo las cookies de este sitio.

Cerrar