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Impenitente: las emociones como punto de encuentro

Ficha técnica

Título: Impenitente. Una defensa emocional de la fe

Autor: Francis Spufford

Editorial: Turner Noema

Año: 2014

Páginas: 215

Precio: 19’90€

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Antonio Miguel Jiménez Serrano


“Voy a imaginar que algunos de ustedes están empezando a indignarse a medida que van leyendo. No sé quién es usted, claro está, mi querido lector concreto con este ejemplar concreto en sus manos concretas, ni sé qué piensa de la religión. Podría ser un ateo con el brillo del combate en la mirada, o un correligionario que confía en encontrar un relato persuasivo de lo que ambos compartimos; podría formar parte del gran número de no creyentes animados por la leve y tolerante curiosidad de ver cómo se vive la fe desde dentro en un mundo a su juicio claramente postreligioso. O podría formar parte de una categoría completamente distinta”.

Así es como Francis Spufford, literato consumado y anglicano convencido, dirige su libro Impenitente. Una defensa emocional de la fe (Turner, 2014) a todo tipo de personas; y con razón. ¿Por qué? Porque, sin duda, es un ensayo que a nadie podría dejar indiferente, creyente o no creyente, cristiano o no, ya que su núcleo estriba en las emociones, elementos comunes a todo el género humano, y es por ello que este libro puede, y de hecho se dirige a un público general.

En cuanto a la obra en sí misma, es tan difícil de catalogar como entretenida de leer e interesante de reflexionar. Es cierto que su contenido puede remover demasiado a los más vehementes, ya sean de un lado o de otro, pero por ello la verdadera clave para acercarse debidamente a esta “defensa emocional de la fe” es, sin duda, el abandono de todo prejuicio y el acercamiento abierto y despreocupado a una experiencia personal por la que el autor hila un excelente ensayo.

Un aviso necesario antes de abordar este libro es, pues, el de que no es un libro apto para mentes cerradas y obtusas, que no estén dispuestas a dejar atrás presupuestos algo pasados. Aquellas personas religiosas, de la creencia que sea (pero especialmente cristianos), en cuyas bases se encuentre el rigor, el estatismo y lo socialmente bien visto, se verán fuertemente interpeladas (e incluso regañadas), mientras que todo aquel cuyo imperativo categórico sea su no creencia en todo lo que no ve, obtendrá exactamente la misma medicina. En resumen: no es un libro apto para aquellos que no desean aprender, o encontrarse con una manera novedosa y fresca de tratar ciertos temas.

Así Spufford, a través de su experiencia personal y sus vivencias emocionales, da cuenta de lo legítimo de creer, de tener fe, y más concretamente de la fe en Jesucristo; su fe en Jesucristo. Es capaz de transmitir al lector emociones que, posiblemente, todos hemos sentido, pero que resultan terriblemente difíciles de explicarnos a nosotros mismos, y no digamos ya a los demás.

La forma que tiene Spufford de describir cómo siente al “Dios de todas las cosas” (así lo llama), que es misericordia y amor, mediante un lenguaje despreocupado e irónico al mismo tiempo que bello da al ensayo un agradable y refrescante sabor que no quita gravedad a lo que está diciendo. Así, como ejemplo, destaca su denominación propia de la concupiscencia humana, a la que llama (con mucha razón) “propensión humana a cagarla”, o PHaC. Estos dos elementos son, sin duda alguna, los que vertebran esta obra: la propensión humana a cagarla y la misericordia de Dios. Eso sí, entre medias Spufford aborda un sinfín de temas que aportan a la obra un ritmo que atrapa.

Impenitente
El autor, Francis Spufford

Pero no todo aquí es experiencia personal y divagación filosófica. El autor también hace crítica, la cual va dirigida especialmente a aquellos intelectuales que, sin prueba alguna, han afirmado vehementemente la inexistencia de Dios, como es el caso de los intelectuales ateos Bertrand Russel y Richard Dawkins. No arremete contra aquellos que no creen en Dios; nada más lejos. Al contrario, incluso los entiende, y este libro está, en gran medida, dirigido a ellos. Lo que critica es que aquéllos no solo afirmen taxativamente la inexistencia de Dios sin pruebas, sino que, además, tachen de ignorantes a quienes tienen fe y cataloguen como delirios las emociones y sentimientos subjetivos de las personas, algo que, como muy acertadamente señala Spufford en esta genial obra, solo puede conocer la persona misma. A esos que no solo se cierran a acercarse a estas emociones, sino que además niegan las de los demás, el autor dirige estas palabras: “Creo en Dios, para mí el cristianismo tiene sentido y estoy harto de que ustedes, los ateos y agnósticos, se crean más listos que yo”.

Y tampoco debemos olvidar la crítica que hace Spufford a aquellos creyentes (de nuevo especialmente a los cristianos) que convierten su religión en un elemento social, vacío de sentido y guiado en muchas ocasiones por la mera ley y su cumplimiento, que no cometen las “insensateces” que predicaba Jesús, como la de que “si alguien te pide el manto, dale también la túnica”, lo que Spufford cataloga, siguiendo la lógica del mundo, como “consejos desastrosamente inútiles para llevar una buena vida, si por buena vida entendemos algo que nos proteja razonablemente y nos procure el sustento para el año próximo”, afirma Spufford. Esta es una de las muestras de la deliciosa ironía de que hace gala el autor a lo largo de estas páginas.

Pero, ¿cómo es el Jesús que presenta Spufford, o, mejor dicho, cuál es su concepción de Él? En el capítulo quinto, casi al final, lo define en unas frases tan bellas como radicales: “No soy lo que te han dicho. No soy tu rey o tu juez. Soy el padre que vela por todos y cada uno de sus hijos. Soy el amigo que nunca te abandonará. Soy la luz detrás de las tinieblas. Soy la luminosidad que tu vergüenza no puede extinguir. Soy el fantasma del amor en la cámara de tortura. Soy cambio y esperanza. Soy el fuego purificador. Soy la puerta donde creías que solo había un muro. Soy lo que viene después de merecerlo. Soy la tierra que bebe la sangre derramada. Soy ofrenda sin coste. Soy. Soy. Soy. Antes de los cimientos del mundo, yo soy.”

Mucho más podríamos decir acerca de esta genial obra. Pero para terminar hay que señalar que nos encontramos ante un libro cargado de esperanza, cuyo autor no deja de hacer hincapié en una realidad francamente bella y de la que se siente partícipe, y es que por mucho que nuestra “propensión humana a cagarla” (PHaC) nos haga caer, errar, siempre estará ahí Dios para perdonarnos, para acogernos y levantarnos, siempre estará ahí su misericordia. O, al menos, eso es lo que cree un cristiano, y eso es lo que le lleva a hacer todas esas cosas que suelen ir a contracorriente del mundo.

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