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Almería: ¿historia subjetiva o fabulada?

Reseña de libro: Almería, crónica personal

Ficha técnica

almeria-orejudoTítulo: Almería, crónica personal

Autor: Antonio Orejudo

Editorial: Fundación José Manuel Lara

Páginas: 155

Precio: N/D

 

Luis Melgar Blesa
@lluismblesa


En 2016 tuve la suerte de conocer en persona a Antonio Orejudo (Madrid, 1963), escritor que había descubierto el año anterior y que me había cautivado enormemente. El volumen de su obra narrativa es comedido –cinco novelas que había leído en el momento de nuestro encuentro–, en las que hay que destacar el fantástico juego de ficción que el escritor lleva a cabo y la magnífica forma que tiene de imbricar las historias, consiguiendo novelas circulares en las que todas las tramas quedan satisfechas ofreciendo al lector momentos de gozo absoluto frente a sus páginas. Su primera novela, Fabulosas narraciones por historias (1996); y la segunda, Ventajas de viajar en tren (2000), son una suerte de libros llamados a pasar a la posteridad de las letras españolas. Lástima que, pese a la comunión de varios críticos con este parecer, Antonio Orejudo no goce, todavía, del lugar que le corresponde en nuestro panorama literario. Somos un país injusto, también en estas cuestiones.

¿Por qué, si sus dos primeras novelas son tan importantes reseño Almería, crónica personal? Lo hago porque cuando me encontré con Orejudo le pregunté cuál era, de los suyos, su libro favorito. Yo pensaba que iba a decidirse por alguno de los títulos anteriores, quizá podía entender que escogiera Un momento de descanso (2011). Sin embargo, su respuesta fue este, Almería, crónica personal (2008). Yo desconocía por completo la existencia de esta obra (a día de hoy sigue sin aparecer en su página de Wikipedia), así que la lectura era una tarea pendiente, una deuda con él y hasta conmigo mismo. Ahora sí he leído toda la obra narrativa del autor, aunque me ha resultado un poco más difícil de lo que esperaba.

antonio-orejudo

Almería, crónica personal está descatalogado y cuesta un poco encontrarlo. Es un libro publicado por la Fundación José Manuel Lara. Una edición muy bonita con tapa dura, páginas de cortesía en color negro y fotografías de Carlos Pérez Siquier. Tengo la sensación de tener entre mis manos un objeto de coleccionista, una forma elegante de hacer el pleno de Orejudo. Pero a los libros no hay que juzgarlos por la portada, así que dejadme contaros qué se esconde dentro de él.

Antonio Orejudo empieza su Almería, crónica personal por donde debe, es decir, por el “Principio”. Ese el el título del primer capítulo, que, de hecho, funciona más como un prólogo que como capítulo en sí mismo. Pero en estas páginas ya tengo cosas que me han llamado muchísimo la atención. Lo primero es que da una especie de estocada en forma de advertencia a todo el “papanatismo reinante” advirtiendo que los personajes de la obra son entes de ficción. Esta cuestión es fundamental en la trayectoria novelesca del autor. Sus juegos de ficción, sobre todo los aparecidos en su primera novela, deberían haber cambiado el devenir de la ficción española, haber revolucionado el panorama literario español; pero no sucedió. Seguimos confundiendo realidad y ficción, y seguimos siendo poco valientes –hablo ahora del mundo editorial– a la hora de enfrentar nuevos retos. Si queréis saber un poco más de lo que hablo os recomiendo la lectura de Fabulosas narraciones por historias y el visionado de este vídeo, en el que conversan Rafael Reig y Antonio Orejudo en el Festival EÑE de 2013. Pero más allá de esta cuestión, la aclaración (“todos los personajes que aparecen en este libro, incluso los que lo hacen con nombres reales, son, como todos los personajes que pululan por los libros, entes de ficción, creaciones verbales construidas con los retales que me han proporcionado mis amigos en la vida real”) me lleva a cuestionarme por qué aparecen personajes de ficción en un libro que lleva por título “crónica personal”, del que cabría esperar un volumen de memorias parcial de la vida de alguien y por tanto, el relato de una verdad aunque fuera subjetiva. Insisto, los juegos de ficción de Orejudo son de otra liga, y después de haber leído todas sus novelas empiezo a sospechar. ¿Tengo entre manos lo que el autor promete o estoy ante otra novela? Esta sensación me perseguirá a lo largo de la lectura.

Hay más cuestiones que me han llamado la atención en este capítulo. La siguiente, es la advertencia del autor sobre el origen de Almería en su imaginario, una especie de acercamiento en tres etapas del que cabe destacar la segunda, la primera vez que Antonio Orejudo (¿personaje?), según Antonio Orejudo (escritor), pisó Almería. Se genera un horizonte de expectativas en el lector, ya que asegura haber llegado a la ciudad mediterránea “huyendo de Madrid […] y de cierta persona con la que había establecido unos vínculos equivocados”. Más allá de la voluntad de saber que se crea en el lector Orejudo nos da así una Almería propia, ciudad de refugio de personas que huyen. Esta es la “verdad” del escritor: “que casi todos estos amigos sean, como yo, forasteros no es un capricho ni una decisión acerca del punto de vista. Es sencillamente la verdad. Es difícil para alguien de fuera hacerse amigos de la tierra. No obstante, yo los hice, y muy buenos,; pero la mayoría de la gente con la que me relacioné había venido huyendo de otros lugares. Esa era mi materia prima; así que pensé que lo mejor era hacer de la necesidad virtud y ofrecer en este libro una cara inédita de Almería, la única por otra parte de la que yo podía escribir: Almería desde fuera”. La naturaleza foránea del narrador y del relato, a caballo entre el paulatino sentimiento de habituación al medio o lugar y el análisis exógeno de las condiciones, usos y maneras del mismo son una constante en la obra. De hecho, la zaguera cuestión remarcable del inicio del libro es que está firmado en Kidlington, ciudad de Oxford, en agosto de 2007. Orejudo pone punto final a ese primer capítulo-prólogo fuera de Almería, cumpliendo así con lo que promete, una visión de la ciudad desde fuera. Todavía no lo sabemos, pero lo intuimos: la narración es una experiencia de la ciudad limitada en el tiempo (es conocido por sus seguidores que el escritor ya no vive en Almería), por lo que esta crónica personal es un viaje íntimo de ida y vuelta.

Aclaradas las bases del libro, el autor nos ofrece tres capítulos –“1”, “2” y “3”– y una sección final a modo de epílogo. Si el capítulo-prólogo se titula “Principio” es lógico y normal que el capítulo-epílogo se titule “Final”. En las páginas de este libro están contenidas las experiencias del escritor a lo largo de los diez años en que vivió en la ciudad, pero además se entrelazan historias ajenas, bien sean históricas de la propia ciudad o de diversos personajes que construyen la historia de la Almería de Orejudo de una u otra forma.

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El primer capítulo se sitúa en 1994 y narra la llegada del escritor a Almería, la que será su ciudad a partir de ahora, tras volver justo el día anterior de Estados Unidos, donde vivía hasta entonces. A los pocos párrafos de este capítulo, Orejudo explica simple y llanamente qué hace una persona como él en Almería. Cómo un profesor universitario con un puesto fijo en Missouri cambia eso (puesto fijo, buen sueldo, buen coche y un futuro prometedor) por un puesto de interino en una universidad recién creada y un salario aún por concretar. El hecho no me es nuevo, ya lo he leído en una de sus novelas, Un momento de descanso (2011), que es una especie de novela de campus; aunque no es solo eso. Durante este capítulo el autor explica cómo es su llegada a la ciudad, lo que podríamos llamar el origen de su nueva vida, y aprovecha estos orígenes para presentar los orígenes de Almería, fundada hacía el s. XI. Ya había dicho que la forma de narrar y de argamasar historias del escritor era asombrosa; esto es solo un ejemplo. De esta forma, mezclando lo personal con lo histórico, descubrimos, por ejemplo, la evolución arquitectónica y poblacional de la ciudad, desde el s. IX al XIX. No se describen solo las cuestiones geográficas, sino también a algunos de sus personajes, o rasgos asociados a la historia de Almería como ciudad  o del carácter propio de sus gentes. 

El segundo capítulo es el más extenso de la obra e incluye una serie de fotografías de Almería tomadas entre 1950 y el año 2001 por Carlos Pérez Siquier. Se inicia un año después de la llegada del narrador a Almería, el día que la persona con la que vivía en Estados Unidos (personaje sin nombre) llega a la ciudad andaluza. Orejudo nos ofrece una descripción de la habituación del personaje al nuevo espacio (Almería deja de ser una ciudad de vacaciones). A lo largo de este capítulo el autor recupera la historia de diversos personajes, que sirven para rellenar las brechas de la narración de Orejudo, para completar la parte sumergida del iceberg de su historia.

“Es cierto que vivir en Almería todo el año no tiene nada que ver con la fantástica ensoñación de los veranos. Pero ¿en qué parte del mundo no sucede eso? El paraíso se disfruta si el tiempo que se permanece en él es limitado y a ser posible corto, viendo la fecha de salida acercándose irremediablemente. Vivir toda la vida en el paraíso debe de ser un infierno.
Así que durante todo este año Almería ha ido difuminando su perfil más amable y acentuando sus aristas. Bueno, en realidad Almería no se ha movido. Está en el mismo lugar de mis veranos. Soy yo el que ha cambiado de lugar. El que se ha mudado. Lo que nos atrae o nos repele de los lugares donde vivimos tiene mucho que ver con lo que nos gusta o nos disgusta de nosotros mismos. Hay personas que se mudan mil veces y nunca están contentas, porque aquello que les desagrada lo llevan dentro”.

El tercer capítulo, se inicia varios años después. Es un capítulo que mezcla géneros y en el que por el tono de la narración sentimos el final de la obra. Probablemente por eso asistimos a un momento de marcada narración lírica.

El viento en Almería no es circunstancial. El viento forma parte de la idiosincrasia de sus habitantes. El carácter tranquilo y relajado de los almerienses que tanto nos irrita a los que venimos de fuera no es una respuesta al calor, como suele decirse, sino al viento. Se necesita mucha templanza, mucha tranquilidad interior para no volverse loco después de una semana de viento. La vida en el exterior se hace insoportable. El viento agria el carácter […] Cuando finalmente el viento remite al cabo de los días, o en la pequeña tregua de la noche, la ciudad se queda sucia y exhausta. En el más absoluto silencio. Como si hubiera cesado un bombardeo. De hecho, la calle parece un paisaje después de la batalla. Todo está marchito y agotado por el baile al que el viento lo ha sometido. Hay restos de basura por todas partes, hojas de periódico volanderas, y arena de playa entre las páginas de los libros.”

Antonio Orejudo no es uno más a la hora de hacer literatura, él tiene sus propios temas. No es que se los haya inventado él, sino que son recurrentes, constantes, en su obra; una especie de tópico o arquetipo literario en sus novelas. Yo me sonrío cada vez que los veo aparecer en esta crónica personal; primero, porque sigo pensando que, al aparecer los mismos temas, me está engañando, no me está dando lo que el título promete, sino una novela. Segundo, porque entiendo que también en estas cuestiones literarias va la personalidad del escritor, inseparable ya de sus sentimientos o emociones, al estilo de –por usar las palabras de Anna Caballé– un Narciso de tinta. 

Y así llegamos al último capítulo del libro, titulado, como no podía ser de otra forma “Final”. No es que el título de esta sección anuncie el final de la obra, sino que también es la narración de un final más absoluto. “Ahora que tengo que marcharme de Almería no quiero irme”. La perífrasis de obligación es tajante. El escritor nos anuncia que va a abandonar la tierra que nos ha narrado. Presenciamos así un ejercicio de nostalgia, que, claro, es también un ejercicio poético sobre el territorio y los pequeños placeres de la vida que el autor ha vivido allí. La descripción del paisaje, por la forma y por el fondo, recuerda a los Campos de Castilla, de Machado. Al final, también Almería es un desierto, una especie de páramo donde lo mágico obtiene un escenario propicio. Los epítetos utilizados (“cerros de tomillo de un verde mortecino”, “arbustos abrasados por el viento”, “el pueblo más silencioso del mundo”) evocan un viaje de Orejudo a Comala; pero nuestro autor no va a la ciudad de los muertos ni ha emprendido un viaje en busca de su padre, sino todo lo contrario: Orejudo reúne a los vivos para despedirse. En el breve corolario aún queda espacio para nuevos personajes, “el recién llegado”, que ayudarán al escritor a abrir sus sentimientos: “tengo sentimientos contradictorios. Me apena dejar a todos los amigos; y desde que sé que me voy todo ha cobrado un aire de pérdida insoportable. Pero yo es que soy muy nostálgico y las cosas me gustan después de que hayan sucedido”. 

En este último capítulo aflora la visión de Almería a través de las distintas voces de los personajes que hemos ido viendo a lo largo de la obra. Se nos ofrece como un diálogo, aunque no lo es. Es más como una novela coral, impresiones individuales de la ciudad, compartimentadas, aunque compartidas. Todo imbricado como si fuera dirigido para ese nuevo personaje, “el recién llegado”, que podemos ser nosotros, los lectores, perfectamente. Hemos aterrizado en Almería de la mano de Orejudo, y vemos más de lo estrictamente real; lo que vemos es su Almería. Desconozco si todo lo que se cuenta es verdad, pero si no lo es, podría serlo perfectamente. No sé si es el libro para entrar a la literatura de Orejudo, pero sí es una joya de su forma de narrar y urdir historias.

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