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“Guerra y paz”: el desengaño

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Guerra y paz - Lev Tolstói

Título: Guerra y paz

Autor: Lev Tolstói

Editorial: Austral

Páginas: 1520

Precio: 15,95€

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Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi


No creo en eso de que haya libros cuya lectura sea imprescindible antes de morir. Se puede vivir bien y ser feliz sin haber leído a los “clásicos”. Se puede llevar una existencia digna sin haber levantado la portada de cualquiera de esos títulos que que listan guías de la tradición kioskera por entregas de los “1001 libros que debe usted leer antes de morir”.

Sobre mis reparos acerca de la necesidad imperiosa de leer ciertos libros, se me puede objetar que “La Biblia” constituye la excepción; tal vez esta lectura sí sea obligada e ineludible, sagrada en todos los sentidos. Pero sobre el descrédito que me merecen los cánones y listas más variados e infinitos, difícilmente se me puede recriminar algo. Abogados para mí son en este sentido autores como Neruda (El defensor) o Miller (Leer en el retrete), por citarlos bien dispares y dar a entender que esta apreciación es harto universal.

Toda esta “introductio”, que también me parece ya muy poco imprescindible, viene a cuento de una de mis últimas lecturas, una de esas que se dicen “grandes”: Guerra y paz. Finalmente, me parece que lo más que tiene de colosal y gigante es el tamaño, el número de páginas y grosor del tomo en papel y los tera que debe ocupar su versión digital.

Me dejé engañar por la crítica y por los amigos. Algún alma caritativa me advirtió e hice oídos sordos…. y este es el resultado: un desengaño, la primera crítica que escribo por despecho y con aires de venganza. De las 1473 páginas de mi edición, calculo que unas 500, tirando por lo bajo, sobran. Vale que, como el propio Tolstói se encargó de señalar en 1888 (“Algunas palabras a propósito de «Guerra y paz»”, revista Antigüedades rusas), Guerra y paz “no es una novela ni un poema, y menos aún una crónica histórica”, ¡pero por Dios! ¡Tampoco es un ensayo! Esas 500 páginas que digo que sobran pertenecen a aventuras filosóficas, históricas y discursos bélicos del autor acerca de la libertad humana, el sentido de la historia, la naturaleza del genio militar y las equivocaciones de los historiadores (como si Tolstói nos hubiera dado razones para catalogarlo como uno de los buenos). Auténticas disgresiones con el hilo narrativo de la novela que terminan por destrozarla y hacen de su final un auténtico muermo, hasta el punto de que se desea acabarla de una vez para olvidar cuanto antes el mal trago y la agonía de tener que mirar cada medio minuto el paginado (rezando para que termine cuanto antes). Ya lo avisa Eduardo Mendoza en su prólogo para la edición de Austral:

Esto permite, digámoslo ya sin ambages, saltarse un buen número de páginas y hasta capítulos enteros sin desdoro para el lector ni merma para la novela. La lectura de Guerra y paz, en este sentido, es comparable a un viaje prolongado, pero no indefinido, a una ciudad grande, rica en arte, que el viajero disfruta y entiende más cuando decide renunciar a conocer todas sus piedras.

Porque cuando Tolstói decide romper la narración, su infumable perorata ni siquiera alberga interés desde el punto de vista teórico, desde la ventana de la filosofía de la historia. No aporta nada nuevo, nada genial… La obra en sí, tomada en su conjunto, se echa a perder por culpa de sus exageradas y absurdas pretensiones. Una narración sin cortes habría sido un trabajo mucho más medido y digno de, ahora sí, justos elogios.

Finalmente, mi experiencia con Guerra y paz me produce todavía más estupefacción en cuanto que son poquísimas las voces molestas que denuncian el timo al que nos han sometido los manuales de literatura y las letradas creencias populares. Debe ser que muchos, como el maravilloso protagonista de En busca del tiempo perdido ante la decepción sufrida con la Berma, deciden completar su desilusión echando mano de los cánones establecidos y siempre satisfechos. A mí, desde luego, no hay nada que me fastidie más en esta vida que aburrirme sin un buen motivo. Guerra y paz no es un buen motivo.

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