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Epistolario de Beethoven

Ficha técnica

Título: Epistolario de Beethoven

Autor: Augusto Barrado (traducción)

Editorial: Poblet

Año: 1933

Páginas: 269

Precio: 12 €

 

 

 

 

 

Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi


El Epistolario de Ludwig van Beethoven (1770-1827) no es ninguna obra de arte. Quienes se acerquen a la correspondencia del inmortal músico alemán no van a encontrar grandes disquisiciones filosóficas o estéticas. Ni profundidad cultural, ni refinada escritura literaria. El mismo compositor fue consciente de ello al firmar para la posteridad: «escribir no es mi fuerte; yo sólo vivo en mis notas».

La grandeza artística del genio quedó toda ella dicha en sus sonatas, en sus cuartetos, en sus sinfonías. Visitar su Epistolario sólo nos servirá (¡y cuánto es ello, por otro lado!) para encontrarnos con el Beethoven menos mitificado, el de carne y hueso. Un Beethoven fiel y noble para con sus amigos, puro amor hacia su sobrino, cuya sordera fue tal vez el único odio que pudo albergar en su corazón siempre malogrado por las enfermedades y la escasez.

Perfecta muestra de su bondad dan dos fragmentos, entre muchos otros, que me gustaría citar aquí para abrir los ojos hacia el verdadero conocimiento del alma beethoveniana. El primero de ellos corresponde a la misiva dirigida al compositor de ópera Cherubini, por aquel entonces, 1823, director del Conservatorio de París y uno de los mayores detractores del pianista alemán:

«El arte sigue siendo imperecedero y el verdadero artista halla siempre un placer íntimo en las grandes creaciones del espíritu. Así, créame que me siento transportado a otro mundo cuando oigo alguna nueva ópera suya; pongo en ello un interés mayor que en la audición de mis propias obras. En suma, le rindo homenaje y le admiro».

Cherubini negó hasta su muerte el haber recibido esta carta, constatando así que el amor suele rabiar a los violentos. No menos generoso es Beethoven en la carta llamada Testamento de Heiligenstadt. Enviada a sus hermanos Carlos y Juan, el escrito contiene las más bellas citas del repertorio epistolar de Beethoven; una rara excepción al ya comentado escaso ingenio creador del músico en lo que a letras se refiere:

«¡Qué humillación cuando alguien, cerca de mí oía a lo lejos una flauta y yo no percibía nada, o alguien oía cantar a un pastor, y yo no percibía tampoco el sonido más leve! Tales acaecimientos me llevaban a la desesperación más extrema, y poco faltaba para que hubiese puesto fin a mi existencia por mi propia mano. ¡Solo el arte me ha contenido!… Porque me era imposible dejar el mundo antes de haber creado todo aquello para que me creía predestinado. Y he ahí por lo que vengo prolongando esta vida miserable».

Pues Beethoven siente la grandeza de la creación, se resiente su ánimo cuando se trata de pactar precios con los editores. Este extracto de la carta a Hofmeister (futura editorial Perters), da testimonio de ello:

«¡Plugiera al Cielo que no existiesen estas pequeñas ruindades que son lo negocios! ¿Por qué no habían de ser las cosas de otro modo en este mundo? Por ejemplo, sería mucho más decente que hubiese un almacén de arte don del artista no tuviera que hacer otra cosa que entregar sus obras y tomas lo que necesitase para vivir. Pero, desgraciadamente, tiene uno que ser un tanto comerciante y hacer números. Repito, sin embargo, que eso me parece una pequeña miseria».

De este párrafo deberían aprender muchos de los artistas actuales pertenecientes al grupo músico-faccioso, que saben de componer, pero facturas. Para Beethoven, como perfecto músico, los ducados son lo de menos. Tanto es así que preferirá morir en la miseria de su agonía hepática, a gastar las siete acciones bancarias que reservaba para su sobrino, quien tantos quebraderos de cabeza le dio (no es ironía suicida). Un Beethoven, por cierto, religioso, católico.

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