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Elogio de Charles Péguy

Ficha técnica

El frente está en todas partes_Péguy_Nuevo InicioTítulo: El frente está en todas partes

Autor: Charles Péguy

Editorial: Nuevo Inicio 

Páginas: 404

Precio: 28€

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Pablo Ortiz Soto


“¡Tomo el mando! ¡Seguidme!… ¡Tirad, maldita sea, tirad!… ¡Dios mío! ¡Mis hijos!” El 5 de septiembre de 1914, a la sombra de la Gran Guerra, en el preludio del “milagro del Marne”, cerca de las colinas de Villeroy, un teniente reservista del regimiento nº 276 de la infantería francesa –cuya 19ª compañía tenía como objetivo silenciar el ruido de las ametralladoras alemanas– cayó abatido de un tiro en la frente. Al día siguiente, de madrugada, el capitán d’Estre comenzó la identificación de sus soldados caídos: “La expresión de su cara es de una calma infinita. Parece sumergido en un sueño profundo. En su anular izquierdo una alianza. Me inclino sobre su placa de identidad: Péguy. Se llamaba Péguy. Ese nombre, en aquel momento, no me dijo absolutamente nada.” Así lo relataría el capitán francés en su diario. Si bien, para ser más exactos, con precisión, aquel teniente que había acudido como voluntario se llamaba Charles-Pierre Péguy (1873 – 1914). Filósofo, poeta, ensayista y padre de 4 hijos, Charles Péguy es considerado un profeta de la modernidad.

La Mort Du PoèteCon motivo del centenario de su muerte, en el año 2014, la editorial Nuevo Inicio publicó el libro El frente está en todas partes. Una antología con los textos más significativos del pensador francés, inspirada en la que en su día editara el ilustre teólogo suizo Hans Urs von Balthasar. “Hoy estamos todos situados en la brecha. Todos estamos en la frontera. La frontera está en todas partes. La guerra está en todas partes, hecha añicos, troceada en mil pedazos, desmigajada. Estamos todos situados en las marcas del reino. Todos somos marqueses”. Pero… ¿qué es esa frontera y por qué estamos todos en ella? Las respuestas las descubrirán en los textos que componen esta antología y, en concreto, en uno que titula la obra. Si bien, esta frontera, o “el frente” como puntualizó von Balthasar por el contexto histórico peguiano, estuvo muy presente en la vida de Charles Péguy. Una frontera de la que tomaría consciencia muy pronto y que le acompañaría hasta el mismo día de su muerte. Por eso, la vida y la obra de este autor van de la mano. Cada texto es producto de un acontecimiento. No hay nada deshilado en su obra. De ahí que la selección de textos que nos concierne siga un orden cronológico (1897 – 1914) que nos permitirá comprender aún mejor el pensamiento del escritor francés.

No obstante, la antología está precedida por una amplia y magnífica introducción biográfica que ahonda desde los primeros pasos de Péguy hasta su muerte. Como su pobre infancia en los barrios obreros de Orleáns al amparo de su madre y de las clases de historia de su vecino herrero Louis Boitier quien, a raíz del heroico relato de la muerte de su padre en defensa del asedio prusiano sobre París, le inocularía la epopeya de los grandes héroes de la República desligados de Dios, pero fervientes creyentes en la redención de la humanidad a raíz de la Revolución francesa. Si bien, como decía en el párrafo precedente al hilo de la “frontera”, desde una muy temprana edad Péguy tuvo plena consciencia de su especial sensibilidad. Asimismo lo reconocería años más tarde: “Todo está decidido antes de cumplir los doce años”. Este tenaz, joven e inquieto espíritu profetizará el resto de su vida hasta llegar a alcanzar aquel Absoluto que, como Léon Bloy, tanto había anhelado.

En 1894 ingresa en la Escuela Normal Superior donde irá cultivando una visión utópica del socialismo. Una muestra de ello lo pueden encontrar en el texto “La ciudad socialista” (1897) de la antología. Un año más tarde, mayo de 1898, su ensayo Marcel. Primer diálogo de la ciudad armoniosa, inauguraría la colección de su librería y editorial Georges Bellais. Marcel es un manifiesto utópico que muestra los más arraigados anhelos y convicciones sociales del escritor francés. Si bien, a diferencia del ideal socialista de igualdad, Péguy asentará la perfección de su ciudad en la armonía, en la ausencia de exiliados y en la fraternidad.

Marcel

Pero el punto de inflexión en la vida del escritor se produciría con el famoso caso antisemita Dreyfus que conmocionó a la sociedad francesa. Péguy se alió con la izquierda, defensores del capitán judío Alfred Dreyfus y del artículo Yo acuso de Émile Zola, cediendo además su librería como cuartel general de los dreyfusistas. El bando opuesto estaba formado por fervientes nacionalistas, antisemitas, monárquicos y una mayoría católica muy poco cristiana. Este caso de antisemitismo y el conformismo y la visión burguesa de la Iglesia de la época propició, a pesar de su conversión al catolicismo años más tarde, su anticlericalismo. Un enfoque que se relajaría hasta lo “sanamente anticlerical” tras su conversión, en 1907, dejando en manos de la gracia las dificultades con las que se iría encontrando. Hasta esa fecha, la antología nos comparte diversos y muy interesantes textos para comprender el proceso peguiano: “Tradición y revolución”, “Historiadores sin Dios”, “Un perfecto comunismo”, “El declive de las humanidades”, “La globalización de la demagogia” o “La doble soledad de la verdad” son algunos de ellos.

Desde 1909 hasta su muerte, en septiembre de 1914, la intensidad de su vida y obra no aminorará. Todo lo contario, irá in crescendo. Muestra de ello es su libro Verónica, diálogo de la historia y el alma carnal. Una prodigiosa, brillante, escandalosa, iluminadora y esperanzadora reflexión filosófica sobre la historia y su transcendencia; sobre la modernidad, sus raíces, su descristianización y la culpabilidad clerical en la secularización. Pero también es un manifiesto de excelsa gratitud, piedad y esperanza. Esta obra fue escrita entre 1909 – 1912, periodo crucial en la vida del autor tras la ruina de su librería y editorial socialista Georges Bellais, el traspaso a la Societé nouvelle de Librairie et d’Edition junto a sus amigos normalistas y dreyfusards, y su posterior desligamiento para fundar los definitivos Cahiers de la Quinzaine –revista política quincenal–, que se publicarían ininterrumpidamente hasta su muerte.

Otras de las obras claves de este periodo serán Clío, diálogo entre la historia y el alma pagana (1909), El misterio de la caridad de Juana de Arco (1910), El pórtico del misterio de la segunda virtud (1912) o ‘El misterio de los santos inocentes (1912). En cuanto a la antología que nos concierne podemos encontrar: “Mística y política”, “Matar la muerte”, “El frente está en todas partes”, “Elefantes en los jardines del Señor”, “El único aventurero”, “¡Qué no será la muerte!”, “Navegamos entre dos bandas de curas”, “El pueblo”, “La obra en el taller”, “El juicio de la historia y las artimañas de la gracia”, “La filosofía no va a clases de filosofía”, “Juana de Arco” o “El retrato del Hijo de Dios” entre otros magníficos textos.

En conclusión: ¿por qué hay que leer a Charles Péguy? En general se debe leer a este filósofo por su valentía, intrepidez, denuedo e inconformismo, es decir, por su humanismo; por su mística contemplación de la realidad, por su deseo de Absoluto; por su transcendencia de lo cotidiano, como Víctor Hugo, a quien admira; por su audacia, frescura, perspicacia, sensibilidad y creatividad en el diagnóstico moderno, por su luminosa profundidad en la Historia y por su pausada, rigurosa y precisa literatura. Pero, además, principalmente y a diferencia del pensamiento posmoderno, se debe leer a Péguy por su esperanza, por su confianza en la gracia en estos tiempos de barbarie –que diría Michel Henry–. La esperanza, una simple pero profunda e iluminadora virtud que hace ser a Charles Péguy un gigante, diferenciándolo así de los denominados “nuevos filósofos”; es decir, nuestros enanos desilusionados, pesimistas y desesperanzados pensadores postmodernos acomodados en la minuciosa descripción del terrible diagnóstico contemporáneo: de la ‘euforia perpetua’ del ‘homo Videns’ y del ‘homo Festivus’, amparados en ‘el pensamiento débil’ de ‘la derrota del pensamiento’ provocada por ‘la barbarie’ de una ‘era del vacío’ auspiciada, a su vez, por el Imperio del bien–.

Charles Peguy

Si bien, todos ellos, consciente o inconscientemente, excelentes cronistas de nuestra época, olvidaron la esperanza que empapa el pensamiento peguiano. Se olvidaron, en su extraordinario reportaje postmoderno, del anhelo por lo Absoluto, de la transcendencia de lo cotidiano, de los gigantes a los que Péguy se subió a hombros. Este detalle, este salto, es lo que hace ser un gigante a Charles Péguy con respecto a esos “nuevos filósofos” que van a clases de filosofía. Y este rasgo es lo que le hace ser admirado en nuestro tiempo, así como por algunos ilustres de su época que se encontraban en las antípodas de su filosofía. Véase a los Premios Nobel Romain Rolland o André Gide: “Este ‘Pórtico del misterio de la segunda virtud’ me deja aún más pasmado que ‘El misterio de la caridad’. Lo leí anoche de un tirón, como hay que leerlo a usted, y dejando de lado todo lo demás. Me parecía estar sentado al órgano tocando una fuga de Bach”, escribiría Gide a Péguy el 27 de octubre de 1911. Otros, también asentados en la línea precedente, como el hispanista austriaco Leo Spitzer, Alain-Fournier –autor de El gran meaulnes, considerada como una de las mejores obras de la literatura contemporánea francesa– o el filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou mostraron su admiración por el pensamiento y la literatura peguiana.

Pero no solo los anteriores. También el joven Frantisek Laichter, un estudiante checo que en la década de los setenta del siglo XX quedó admirado por la obra peguiana al descubrirla, por azar, en la biblioteca del Panteón, comparará a Péguy con Pascal: “Péguy es el Pascal del siglo XX, con la diferencia de que Pascal lo cifra todo en la salvación eterna y Péguy lo asocia indisolublemente a la preocupación por lo temporal, a la voluntad de arrancar al hombre de la miseria y la servidumbre.”Años más tarde, Laichter publicaría un exhaustivo trabajo sobre los Cahiers de la Quinzaine. Y así, en esta partitura de elogio peguiano, finalizo con la nota del académico francés Alain Finkielkraut: “Péguy es uno de los más grandes pensadores del mundo moderno y tiene, sin ninguna duda, la misma estatura que Nietzsche y que Heidegger.” Estos elogios hacen ser la obra de Charles-Pierre Péguy reflejo del vibrante, íntimo, amoroso y esperanzador abrazo de la Eternidad hacia el hombre.

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