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El testamento filosófico de Jean Guitton

Ficha técnica

af_mi_testamento.inddTítulo: Mi testamento filosófico

Autor: Jean Guitton

Editorial: Encuentro

Páginas: 208

Precio: 18€ (9,99€ en ebook)

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Pablo Ortiz Soto


En el anaquel de la biblioteca universal, la mayoría de las obras son fácilmente clasificables; otras, en cambio, pocas, son difíciles de clasificar y suelen recurrir al ingenio de sus autores para inventar, mediante un neologismo, la variante. Como paradigma las nivolas Niebla o Amor y pedagogía de don Miguel de Unamuno. Si bien, también existen otras extraordinarias obras que son inclasificables. Muestra de ello es el libro que en esta ocasión os presento: Mi testamento filosófico del filósofo francés Jean Guitton. ¿Memorias, diálogo literario, ensayo filosófico, autobiografía o confesiones? Muchos son los apelativos que ha utilizado la crítica para definir dicha obra. Pero tras la lectura, en mi opinión, me quedaría con una mezcolanza de diálogo literario-filosófico socrático y confesional; es decir, extraordinariamente inclasificable pero genial.

Jean Guitton (1901 – 1999), filósofo y teólogo francés que sería encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, fue miembro de la Academia Francesa ocupando, en 1961, el sillón de Léon Bérard y años más tarde obtendría su plaza en la Academia de las Ciencias Morales y Políticas (1987). Además Guitton fue el único laico invitado por el Papa Juan XXIII para asistir al Concilio Vaticano II. Entre su prolífica producción filosófica, Mi testamento filosófico es un brillante e ingenioso diálogo donde el autor, compartiendo su experiencia existencial y el razonamiento y defensa de su fe cristiana entre otras cuestiones de la vida, imagina conversaciones y discusiones con ilustres o no tan ilustres y extraños personajes de todos los ámbitos y épocas: F. Mitterrand, Sócrates, el Greco, Dante, Pablo VI y el diablo son algunos de los protagonistas.

Philosophes

Dividido en tres partes, el libro comienza con un moribundo Jean Guitton postrado en su lecho. En ese estado, el primero que le visita es el diablo que intentará turbar su espíritu. Pero Guitton le razona el amor, el amor por los enemigos, la verdad y el bien. Aunque el diablo, fiel a su soberbia, no dejará de tentarle hasta la antesala de su juicio final. A continuación aparece el filósofo Blaise Pascal, a quien razona su fe diferenciando la creencia en el Absoluto y la creencia en Dios. También, juntos, diagnostican algunas inquietantes consecuencias del olvido de la transcendencia en la modernidad. El siguiente en acontecer ante el lecho mortuorio es su maestro Bergson, con quien ahonda en las razones para ser cristiano, en el homo naturaliter religiosus y en el hecho y sentido histórico. Y, finalmente, junto a su íntimo amigo el Papa Pablo VI conversará sobre las razones para ser católico.

Durante la segunda parte, su entierro, el alma de Guitton se traslada por última vez a Toledo para visitar, antes de dar comienzo su funeral en la basílica de los Inválidos, la brillante obra del Greco El entierro del señor de Orgaz (“momento que corre entre la muerte y el juicio”). Tras su deleitación ante el cuadro y la conversación que mantiene con el eximio pintor español, Guitton vuelve rápidamente a París para asistir a sus exequias. En este momento de la eternidad, comparte aún más inquietudes con De Gaulle, acerca del mal; con el Príncipe de los Filósofos, Sócrates, sobre la esencia del filósofo; con el desconocido pensador Maurice Blondel, sobre el hombre y el alma; y con el ilustre autor de la Divina comedia, sobre la poesía y el amor. Finalmente, el diablo, fiel a su tentación, reaparecerá para intentar zozobrar el alma del filósofo francés.

Heaven or hell? – FOTO, Rubén T. F.

Pero al fin, el pensador francés comparece ante los santos miembros del tribunal para su juicio final. Entre las sorprendentes personalidades que se encuentra está la de François Miterrand, presidente de la República con quien años antes había mantenido verídicas, serias y necesarias conversaciones existenciales (sobre la libertad, el mal, el sufrimiento, la moral, etc.). Finalmente, tras la misericordiosa comparecencia, el Juez Supremo se dispondrá a pronunciar la sentencia… Un lúcido veredicto que dejo en el aire para que el lector lo descubra. En definitiva, recomiendo esta inquietante, ingeniosa, curiosa y hasta, en ocasiones, graciosa obra no solo por la ironía socrática que el bueno y genio de Jean Guitton deja entrever, sino también por su profundidad espiritual y porque es una oportunidad para iluminar u oscurecer, para conversar con nuestros allegados aquellas inquietudes del testamento filosófico guittoniano que son reflejo, al fin y al cabo, de nuestra humana y primigenia inquietud existencial.

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