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«El mundo». Millás como la calle de tu infancia

Ficha técnica

Título: El mundo

Autor: Juan José Millás

Editorial: Planeta

Año: 2007

Páginas: 240

Precio: 8 €

 

 

 

 

 

Luis Melgar Blesa
@lluismblesa


Rara vez los títulos son azarosos, pero en el caso de El mundo (2007), de Juan José Millás (Valencia, 1946), todavía menos. Cuando uno dice «estoy leyendo El mundo, de Millás» acierta de pleno en la labor referencial del lenguaje, pues es exactamente eso, literalmente eso, lo que está haciendo. La novela es una suerte de inventario de la educación sentimental del autor, un retroceso hacia sus años de formación y de descubrimiento del mundo, pero también un viaje hacia ciertos recodos de su imaginación actual. Se trata de una disección del autor, que se explica a sí mismo incluso echando mano de su propia obra.

Diez años han pasado de esta novela, que no es, ni fue, ni será cualquier cosa. El mismo año de su publicación reportó al autor el Premio Planeta. Al año siguiente, obra y autor fueron galardonados con el Nacional de Narrativa. Al hilo de este último premio, Millás declaró que se trataba de una obra que le había costado mucho, un manuscrito que llevaba mucho tiempo en el cajón. Parte de la dificultad de la novela consistía en el carácter autobiográfico. Al publicarla anunció que era el cierre de una etapa muy personal de su vida y que le abrió la posibilidad de llegar a un número más amplio de gente. En aquellas notas de prensa ya se apuntaba que la novela consistía en «una especie de psicoanálisis literario, narrando la iniciación y el descubrimiento de un chaval de barrio de diez años que cuenta cómo se inicia en la vida y descubre lo que es el mundo». El propio autor manifestó: «El mundo es la calle de tu infancia». Y en ese sintagma nominal, «la calle de tu infancia», es donde radica el tálamo anatómico de nuestro escritor. La calle es el Génesis de la vida adulta de ese narrador, Juanjo, el líquido amniótico de su preadolescencia. Será también infierno y, finalmente, arquetipo allende su minúsculo mundo pubescente. La calle no necesitará ser esa calle, sino que funcionará como acicate para el recuerdo al contemplar la vía en Nueva York, Bogotá o Londres.

«’El mundo’ es la calle de tu infancia».
Millás
Millás durante el acto de entrega del Premio Planeta 2007.

Pero lo cierto es que El mundo es más que «La calle». La obra se divide en cuatro partes: «El frío», «La calle», «Tú no eres interesante para mí» y «La academia», rematadas por un Epílogo delicioso. El narrador es un adulto que recorre su infancia, cuando se llamaba Juanjo y se mudó de Valencia a Madrid y conoció a amigos que durarían poco en su vida y a mujeres que ocuparían la infancia, desaparecían y retornarían un día en un momento extraño de la vida adulta. Leyendo la novela es inevitable no pensar en otras obras similares. Sobre todo en Las ninfas, de Umbral, ya que también se establece este tipo de narrador: el adulto que revisa su vida infantil o preadolescente, conformando una novela de educación sentimental. No obstante, la obra de Millás es un poco más compleja. Establece mecanismos narrativos que parecen inscritos en una ficción al uso, o en una fabulación hiperbólica del propio personaje. Se juega, también, con estados de mermada conciencia; por ejemplo, el tránsito de la vigilia al sueño, el duermevela, que recuerda un poco, por ejemplo, a El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite; es conocida la tendencia del autor a subvertir las referencias sensoriales.

No sé cuánto hay de real, de Millás, en el Juanjo de El mundo, pero todo apunta a que lo suficiente para que la simple escritura constituya un desnudo del escritor, y saque a la luz ese desgarrón, o desgarrones, que lleva dentro. Como en el caso de Umbral, aquí también se intuye una relación con la madre que marcó profundamente al hijo desde el punto de vista de la visibilidad y del reconocimiento. El narrador de El mundo busca constantemente su espacio. Esta cuestión no funciona como compartimento estanco dentro de la vida familiar, sino que produce un trasunto en ese tema básico de este tipo de novelas: el descubrimiento del amor. Pero se prodigará por cada una de las vivencias narradas, incluso en aquellos sinsentidos que parecen no cumplir con el decoro de la realidad.

El narrador no quiere generar textos al estilo de un escritor, sino de una forma mucho más maternal, no quiere textos, sino hijos en forma de texto.
Millás
«El poeta», Federico Infante, 2013.

Siguiendo con los tópicos de este género de novelas, asistimos a la adoración textual de nuestro narrador y al flash que ilumina un destino dedicado a la creación literaria. En esta obra rezuma de una forma aún más especial. Por un lado, la novela es –en palabras de Millás– algo que lo ha arrollado, haciendo imposible cumplir con una petición editorial y entregando en su lugar esto; del otro, se establece un mecanismo de asimilación con el texto más que con el autor. En El mundo, parece que podamos leer lo mismo que decía decía Gil de Biedma, «yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema…». El narrador no quiere generar textos al estilo de un escritor, sino de una forma mucho más maternal, no quiere textos, sino hijos en forma de texto. Por último, la escritura, el relato, ejerce también la función de un bisturí eléctrico: «cauteriza la herida en el momento mismo de producirla». La escritura es, a la vez, veneno y remedio.

Con todos estos ingredientes, la obra es fundamental e indispensable. No solo por destacar en la carrera de uno de los grandes escritores de nuestro país y nuestro tiempo, sino por ser una delicia para el lector. El texto es melifluo, cuidado, preciso. La obra ejerce una atracción que atrapa al lector, mezclando una buena velocidad narrativa con agradabilísimos pasajes líricos y reflexivos. Millás sabe tensar la cuerda y ofrecer al lector los oportunos momentos de descanso, los lisonjeros espacios donde banalizar los temas y ofrecer incluso chistes. Pero más allá de su forma y su significado, El mundo debe ser leído por su contenido. No se trata solo de un ejercicio de dolor y de sanación, como ya hemos apuntado, sino también de un escaparate ontológico del conocido escritor. La ontología, ya se sabe, es trascendental, deriva del ser y se aplica a todos los entes. Leer el mundo no es solo un ejercicio de conocer de forma externa, sino también interna. Y al igual que le pasaba a nuestro narrador, sí, este relato también puede cauterizar alguna de nuestras heridas.

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