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El maldito pensamiento de Philippe Muray

Ficha técnica

El imperio del bien - Philippe Muray

Título: El Imperio del Bien

Autor: Philippe Muray

Editorial: Nuevo Inicio

Páginas: 209

Precio: 16€

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Pablo Ortiz Soto


En una ocasión un maestro de la Universidad, que explicaba el maldito pensamiento de un ilustre filósofo italiano de la teoría política, comentó que cuando un autor es calificado con tal adjetivo malévolo “es que probablemente dijo cosas muy interesantes”. Pues bien, el irónico y cáustico pensamiento del ensayista francés Philippe Muray entró, por su franca crítica al Imperio del Bien occidental, en el top ten de los escritores malditos. Olvidado por sus contemporáneos, y una vez fallecido en 2006, su polémica obra no solo ha comenzado a despertar interés en su país de origen, Francia, sino que también lo incluyen en la sugerente línea del también pensador francés Alain Finkielkraut. Su legado literario se nutre del ensayo principalmente, pero también de la novela, la poesía, el teatro o la crítica de arte.

Poco se sabe de su vida. No obstante, sí podemos certificar que Philippe Muray nació en 1945 (Angers) y falleció en 2006 (París) a la temprana edad de 56 años. También que estudió Humanidades en París y que años después, por invitación del filósofo y teórico de la mímesis francés René Girard, impartiría clases de literatura francesa en la Universidad de Stanford. Entre sus obras destacan el controvertido estudio sobre el escritor Céline, sus cuatro volúmenes de sus Exorcismes spirituels, las novelas Postérité y On ferme, y los ensayos Queridos yihadistas, Festivus Festivus o, el que hoy presentamos: El Imperio del Bien. Para Muray, el hombre contemporáneo ha sufrido una mutación: ha involucionado del homo Sapiens al homo Festivus. Y este último es, para el ensayista francés, detestable.

P Muray

En esta época donde gobierna el tiránico Imperio del Bien la Historia, tal y como la conocíamos, ha finalizado. El nuevo período, para Muray catastrófico, es la “post-historia”. Representado por un hombre desapegado del sentido transcendental -que lo caracterizó a lo largo del pasado-, la trivialidad de la realidad y el ‘sucediendo’ sin transcender son los ejes del actual homo Festivus (“¡Se acabaron las nostalgias mortíferas! ¡Viva la Fiesta!”). El homo Festivus es, en general, aquel que no le inquieta el misterio de la existencia, el que ya no se cuestiona (ahora llamadas ‘las preguntas de antes’); es el que olvida la muerte, la idea del mal o la idea del bien (por su ‘Bien’); es el que colorea el vicio y la virtud; es el que se olvida de sus raíces; es el enano soberbio que se baja de los hombros de los gigantes; es el imprudente mecenas de la hipernovedad; es el que enciende las luces navideñas tres meses antes de la verdadera festividad…

El homo Festivus es, prosigue Muray, el que ‘elige’ su sexo o el que se casa consigo mismo (como la británica Grace Gelder); es el que legisla la vida sin vida, el que enmascara la dignidad bajo derechos, derechos y más derechos y leyes, ¡muchas leyes!; es el que se inventa armas químicas para invadir otro país; es “el terrorismo de las Buenas Obras. […] el de los salvajes bombardeos con buenas palabras”; es la “caridad interesada, falsificación de beneficencia”; son los famosos cantando ¡Ay Haití!; es el “Di que amas y haz negocio”; es el “¡Negocio de la Emoción!”; es la orgásmica solidaridad; es el victimismo canjeable; es “la expresión más repetida: ‘seguir los impulsos del corazón’ […] (Cada vez que la oigo me desintegro”, dice Muray); es el ególatra ‘somos’ que no recuerda a su pretérito ‘fueron’; es el realismo “del qué-más-da” como diría Lyotard; es la aterradora Fiesta del Imperio del Bien

Sin embargo, para Muray, no hay remedio a este estremecedor diagnóstico donde la sutil coloración actual, prosigue el cronista francés, da lugar al orwelliano totalitarismo del “consenso blando”. Así lo expresaba el autor en la cuarta edición francesa del ensayo (1998), incluido también en la versión castellana:

La mayor originalidad de esta obra es, sin duda, que no sugiere ninguna solución para todo eso que, bajo el aspecto de un desastre uniformemente acelerado, ha acabado sustituyendo a la sociedad. Ya en 1991, yo no le veía ninguna salida a esta situación. Podrán observar también siempre con agrado, que apenas me preocupaba convencer de la pertinencia de una visión como la mía a aquellos que no se hubieran convencido ya de sobra por sí mismos. Se felicitarán al constatar que no vislumbro ni el más mínimo resplandor de esperanza en esta noche electrónica en que todos los charlatanes son grises y en que los mercaderes de ilusiones ven, en la web, la vida de color rosa.
“El Imperio del Bien triunfa: es urgente sabotearlo”

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