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El Buen Periodismo

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"El Nuevo Periodismo" - Tom Wolfe

Título: El Nuevo Periodismo

Autor: Tom Wolfe

Editorial: Anagrama

Páginas: 224

Precio: 7,90€

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Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi


Hubo un tiempo en el que solo existió “La Novela”. “No había sitio para el periodista, a menos que asumiese el papel de aspirante-a-escritor o de simple cortesano de los grandes. No existía el periodista literario que trabajase para revistas populares o diarios. Si un periodista aspiraba al rango literario… mejor que tuviese sentido común y el valor de abandonar la prensa popular e intentar subir a primera división”.

Con todo, el tímido periodismo literario iniciado en los años 60 fue en principio una manera más de rendir pleitesía a “La Novela” (en las mayúsculas de una verdadera deidad) por parte de literatos frustrados refugiados momentáneamente, o de por vida, en el periodismo. Esta categoría de “especialistas en reportajes”, contrapuesta a la formada por los profesionales de la mera noticia, aglutinaba a quienes “consideraban el periódico como un motel donde se pasa la noche en su ruta hacia el triunfo final”.

Y sin embargo, estos aspirantes a algo más descubrieron “que era posible escribir artículos muy fieles a la realidad empleando técnicas habitualmente propias de la novela y el cuento”. Provocar al lector, intelectual y emotivamente,  sin escapar a la realidad, sirviéndose de ella y despidiendo a las musas de la ficción. Los pioneros de esta novedad, integrado por los más poderosos recursos de ambos mundos de la escritura, y las características esenciales de su ejercicio profesional son recogidos por uno de sus propios impulsores, Tom Wolfe, con una etiqueta que no le convenció ni siquiera a él: Nuevo Periodismo.

Tal y como señala Wolfe, se corre el riesgo de catalogar injustamente con el término, formar clubes o partidos que se autoasignen el derecho de aceptar o marginar obras y autores. El propio autor patina y cae en su advertencia al fijar el inicio fehaciente del Nuevo Periodismo a mediados de los 60 bajo la firma de autores norteamericanos (en concreto las letras de Truman Capote y las suyas propias), mientras que se contaba casi diez años antes (1956) con el ejemplo del espléndido trabajo periodístico del argentino Rodolfo Walsh. Le disculpamos, sin embargo, por el objetivo localista del ensayo y gracias a que se cubre las espaldas con el apartado “Candidatos no del todo malos”.

Pero, además, la etiqueta cuenta, desde nuestra perspectiva actual, con el lastre de la caducidad. Aquel amor por el detalle, el tiempo y esfuerzo sin límites por el trabajo de investigación, la originalidad de los planteamientos en la escritura… Todo el compromiso forjado por el Nuevo Periodismo ya no es “nuevo” en el siglo XXI. Hoy tendríamos que reconocer este especial ejercicio del oficio con otro adjetivo más propio de su importancia, que lo identifiquen con la única forma de hacer de la profesión periodística una manera de servir a los demás única y vital: el Buen Periodismo.

En el actual momento crítico de la disciplina, solo la continua referencia a los grandes del oficio pueden ayudarnos a establecer una guía que nos salve de seguir dando palos de ciego. Es en las figuras más destacadas de las últimas décadas del Periodismo donde debemos buscar las claves para un saneamiento de la profesión. Y volver a conferir sentido al periodismo significa hacer buen periodismo. Hay que seguir la estela señalada por Wolfe en muchos aspectos.

Huir de la figura del periodista “pisotón”, del agente mediático que solo corre tras la espectacularidad de la noticia o el personaje estrella que hagan surgir la polémica. Por el contrario, dejar de ser el “Caballero Literato en la Tribuna”, que hoy podríamos traducir como el “Lacayo del Copia y Pega”, y bajar al estrado para “atravesar las puertas donde pone Prohibido el Paso”. Nada de “esperar información o que algo ocurra”, y menos todavía servilismos y retraimientos. Directos a la verdad.

Esto último es esencial en un país, en un continente, en un mundo donde las facultades de Periodismo hablan tanto de convergencia de medios, de plataformas digitales y multimedia, de nuevos soportes, de códigos inauditos como el 3.0… ¡y se olvidan de la principal obligación de un periodista! Contar la toda la verdad posible y dar voz a los sin voz.

Confundir progreso con avances tecnológicos es uno de los grandes males que han asolado el siglo XX; ya se extiende desgraciadamente a través de la poco más de una década de lo que llevamos del nuevo. Estamos preocupadísimos por el más mínimo cambio tecnológico, pero a nadie parece importarle si los medios informan o desinforman. El nuevo, comprometido, desinteresado, inquieto, infatigable Buen Periodismo es ahora más necesario que nunca. Y más que nunca también, este ensayo de Tom Wolfe que, como señalara Umbral, es “una cosa que tenemos que leer todos los periodistas”.

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