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Eduardo Halfon: el «Duelo» como proyecto literario

Ficha técnica

TítuloDuelo

Autor: Eduardo Halfon

Editorial: Libros del Asteroide

Año: 2017

Páginas: 112

Precio: 13,95 €

 

 

 

 

 

Guillem González
@demimerio


Hay historias que un escritor tarda toda una vida en sacar fuera, profundas heridas que solo la madurez o las tablas permiten airear por escrito. Es el caso de la última obra de Javier Cercas, El monarca de las sombras, la cual es, confiesa el autor, «el libro que llevaba toda la vida postergando». Después de escribir, algunos no se recuperan: tras cinco años dedicado a A sangre fría, Truman Capote no volvió a ser el mismo ni volvió a escribir una novela, aunque lo intentó. Lo mismo le ocurre a Jep Gambardella, el protagonista de La gran belleza, quien, después de publicar una novela de éxito a los veintitantos, se convierte en un cínico Capote que vive del periodismo cultural para organizar fiestas en Roma (eso sí, las mejores).

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Eduardo Halfon.

Hay otras historias, en cambio, que exigen ser revisadas y reescritas continuamente, modificadas, prolongadas y publicadas compulsivamente. Roberto Bolaño contó en La literatura nazi en América la historia de un escritor desaparecido, Carlos Ramírez Hoffman, al que otros escritores buscan por diversos países; poco después publicó Estrella distante, una novela que recuenta y amplía la búsqueda de Hoffman, aquí llamado Carlos Wieder; más adelante, en Los detectives salvajes, la poeta desaparecida es la mexicana Cesárea Tinajero y en 2666 es Benno von Archimboldi. Pero no solo los escritores se obsesionan: Claude Monet pintó a lo largo de su vida más de 250 cuadros de nenúfares y casi toda la obra de Frida Kahlo son autorretratos.

Sin duda, el escritor guatemalteco Eduardo Halfon pertenece al grupo de los que necesitan volver una y otra vez a lo mismo. Su fijación literaria es su propia identidad, es decir, sus orígenes y su familia, porque Halfon no es un guatemalteco al uso: tiene un abuelo libanés y otro polaco, ambos judíos, y en plena adolescencia su familia tuvo que exiliarse en Estados Unidos, por lo que el inglés pasó a ser su lengua principal, aunque escribe en español. En El ángel literario (2004), un diario, ensayo o novela que investiga los orígenes de las vocaciones literarias de diferentes escritores, Halfon puso por escrito su proyecto literario, es decir, descubrió y desveló su vocación literaria, en una conversación con el también escritor Andrés Trapiello:

«Tu apellido, Eduardo, ¿de dónde proviene? Líbano, le dije, mi abuelo era un judío libanés igualito a Alfred Hitchcock. ¿Y tu abuelo materno? Polaco. ¿Judío también? Sí, judío también, y le hablé un poco de Lódz, de Sachsenhausen, de Auschwitz, del boxeador. Mira, hombre, exclamó levantándose a contestar el teléfono, eso o lo escribes tú o lo escribo yo. Espero que lo escriba él».

Como buen escritor, Halfon mintió: unos años después, terminó contando su historia, la historia de su abuelo polaco, de su abuelo libanés, de su identidad, y luego volvería a contarla y después lo haría otra vez. Así, los relatos de El boxeador polaco (2008) son la primera piedra del proyecto de Halfon, que continuó en La pirueta (2010), una novela corta que reescribe y amplía uno de los relatos de El boxeador, siguió en Monasterio (2014), otra prolongación del boxeador, y en Signor Hoffman (2015), más cuentos de la saga boxeadora. Todos los textos son más bien breves (relatos o novelas cortas) y oscilan entre la crónica de viajes y la narración autoficcional; es decir, que el narrador siempre es o parece ser el mismo Halfon, quien viaja por todo el mundo en busca de sus raíces y va conociendo o inventariando personajes de identidad difusa, como la suya.

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«La perla del centro histórico de Guatemala», Fabián Hernández.

Duelo (2017) es el último libro publicado de este proyecto literario en construcción, y probablemente sea el mejor. Se trata de una novela corta, legible casi de una sentada, que narra una investigación: Halfon quiere saber quién era Salomón, el hermano de su padre al que este no llegó nunca a conocer porque con cinco años murió, como se suele decir, en extrañas circunstancias. La muerte del niño Salomón es un misterio familiar, un evento turbio del que nadie nunca habla, como en Corazón tan blanco de Javier Marías, por lo que el escritor-investigador tendrá que viajar a Anatitlán (Guatemala) para volver a visitar la casa donde vivió su familia y el lago en el que supuestamente se ahogó Salomón. También viajará a los recuerdos de Plantation (EE. UU.), donde pasó su adolescencia, descubrió la sexualidad y algunos ritos judíos y se enemistó cainitamente con su hermano. En una visita al campo de concentración de Sachsenhausen (Alemania), la historia del abuelo polaco reaparece y Halfon retoma y extiende su fragmentaria biografía, que es la autobiografía de un superviviente de Auschwitz de tercera generación. Porque, obviamente, en Duelo vuelven a estar el abuelo polaco y el boxeador que le salvó la vida a aquel, así como otros viejos conocidos de los lectores de Halfon, que agradecerán los múltiples guiños y referencias; pero los neófitos pueden sin problemas iniciarse aquí: los libros que componen el universo halfoniano son independientes entre sí, aunque la visión de conjunto es más enriquecedora.

Todos los textos oscilan entre la crónica de viajes y la narración autoficcional. El narrador siempre es o parece ser el mismo Halfon, quien viaja por todo el mundo en busca de sus raíces.

El estilo de Duelo también está en sintonía con las obras anteriores de Halfon: su prosa es sencilla, directa y desnuda de florituras retóricas, salvo las siempre eficientes anáforas y algunos destellos poéticos; sin embargo, en ocasiones uno piensa que su escritura cae en lo que Luis Magrinyà llama “estilo pobre”, fruto quizás de la precipitación al publicar: un libro al año puede hacer daño. Asimismo, en Duelo encontramos la mezcla de la pulsión erótica y la tanática en escenas de interesante efecto mórbido, otro elemento característico del autor guatemalteco. Y diversas influencias literarias, como el aroma a realismo mágico de algunos personajes o las referencias bíblicas y moby-dickianas: la novela empieza con un imponente «Se llamaba Salomón».

Con Duelo, Halfon deja de ser una joven promesa de las letras hispanoamericanas y confirma la solidez de su proyecto literario, que quizás podría ser llamado la serie del duelo, a pesar de que parece no haber terminado todavía. Pero ahora ya se puede esculpir su nombre junto al de otros grandes narradores especializados en las formas breves como Yuri Herrera, Alejandro Zambra, Mariana Enriquez o la más joven Valeria Luiselli.

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