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Dirección «Paraíso Alto»

Ficha técnica

Título: Paraíso Alto

Autor: Julio José Ordovás

Editorial: Anagrama

Año: 2017

Páginas: 136

Precio: 16,90 €

 

 

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


«De mis primeros días en Paraíso Alto tengo un recuerdo poco nítido. Sonambuleé como un náufrago en una isla desierta a la espera de que sucediese un milagro o un cataclismo. Escuché las historias de los árboles y hablé, largo y tendido, con las piedras. Ellas me ayudaron a desengancharme de las servidumbres terrenales y me convencieron para que aceptara el oficio de ángel».

Se parece a un desierto, pero su horizonte no es anaranjado ni su viento lo habita el silencio. Sería, en todo caso, un desierto blanquecino y liso, como sumido en una ligera niebla. Con árboles, con piedras. A determinadas horas con bullicio, suciedad de ruedas en algunos caminos. Con predestinados precipicios. Pero, al mirarlo, sobre el paisaje rutinario uno vería una capa velada de paz, de destino hallado. Como esa infinita y extraña orilla de El árbol de la vida de Malick. Sólo que en Paraíso Alto nadie pronunciaría la cita del Libro de Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? […] ¿Entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?». Porque allí no importa el inicio, únicamente el final. No importan los porqués, los cómos. Únicamente la decisión del cuándo.

Paraíso Alto
Julio José Ordovás.

Porque Paraíso Alto es un lugar para morir. Un último recodo de peregrinación donde prestos –y en ocasiones despistados– acuden los suicidas. Allí, junto a un árbol, su árbol, uno de ellos cambió de parecer en el último momento. «No fue el miedo a la muerte ni unas repentinas ganas de vivir lo que hizo que me echara atrás –cuenta él mismo–. Tampoco me iluminó un rayo divino ni me frenaron los pájaros con su fastidiosa alegría. Simplemente cambié de opinión». Así se inicia Paraíso Alto (Anagrama, 2017), la historia de un suicida convertido en ángel en el apacible rellano del morir. Escrita por Julio José Ordovás (Zaragoza, 1976), esta original novela aborda con ingenio y una naturalidad impactante y grata uno de los más complejos temas de la existencia humana: el suicidio. El imaginario del libro, su postura observadora de lo humano y su tono, cercano y distante al mismo tiempo, recuerdan a deliciosas y profundas novelas como Si al atardecer llegara el mensajero de Soledad Puértolas (Anagrama, 2006) o grandes obras del cine como El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987). El hombre contemplado desde la neutralidad de las nubes.

Entre descripciones y costumbres del lugar; ese níveo desierto con sus calles, sus vecinos y su alcalde, el responsable protagonista, de carácter amable e irónico, acompaña y guía a las personas que llegan al pueblo de Paraíso Alto para poner voluntario fin a sus vidas (especialmente, dice, en primavera; entonces «el trabajo me desborda»). Breves historias de varios personajes con quienes el ángel se va topando dan creación a estas páginas de capítulos sin número, pensamientos flotantes y amplios márgenes. Así, esa sensación armónica y ligera que ya evoca el lugar y su peculiar forma de subsistencia sobresale de la narración y estéticamente inunda también a quien curiosea, a escondidas, en las últimas horas de un conjunto de singulares personas. Como el falso gángster, cuyo traje «parece italiano, pero es español», con quien quemó todo el dinero que poseía y se había llevado allí. «Los billetes arden aún más rápido que las cartas de amor y no dejan tantas cenizas», le dijo.

Porque Paraíso Alto es un lugar para morir. Un último recodo de peregrinación donde prestos y despistados acuden los suicidas.

O la chica que caminaba sobre las manos, que suspendió todo excepto literatura en el instituto y llevaba en su cuerpo tatuados seis murciélagos que volaban cuando bailaba su cuerpo. O el soldado que fumaba Marlboro y bailó él mismo con la muerte en el desierto. En el de verdad. Cómo baila la muerte, quiso saber el ángel. Como una adolescente en su primera salida nocturna, respondió él. «Antes de la invención de las armas de fuego, cuando se luchaba cuerpo a cuerpo, la guerra era poesía y los soldados poetas de sí mismos», le contó. O el vendedor de libros ambulante, pobre y feliz, quien «consideraba que para vender Thermomix solo se requerían ciertas dotes comerciales, mientras que para vender libros, aunque fueran manuales para usar ollas exprés, hacía falta una verdadera fe en la palabra escrita. Mi trabajo como vendedor de libros no era un simple trabajo, dijo, era una misión evangelizadora». «La clave del éxito de un vendedor no radica tanto en su aspecto como en su olor», le reveló.

Paraíso Alto
«El arte de la conversación», Magritte, 1963.

Así, entre esbozos de vidas pasadas y leves compañías variopintas, las visitas que acuden a Paraíso Alto para en suspenso eterno quedarse alimentan el oficio del ángel vestido de espantapájaros y sonrisa siempre humilde. «En Paraíso Alto las horas no hieren». No hay dolor, no hay preguntas. No hay confesiones, dudas, no lamentos ni tristeza. Tan sólo un camino que recorrer y, tal vez, una cordial charla sin pretensión de parábola. Sin mayor ambición que la de restar toda seriedad, todo tabú, toda tormenta a la muerte, Ordovás crea un espacio cercano al limbo donde la certeza del fin está asumida con tal racional tranquilidad y sencillez que el trámite se convierte en un sereno paseo lleno de humanidad. Pues cada personaje entrega a la vida, convertido en memoria, el aprendizaje que de ella recibió.

Sin ser la de Ordovás una gran literatura, una lectura imprescindible, su prosa se desliza con simpatía, fino humor y una calidez inesperada. Tanto El Anticuerpo (Anagrama, 2014), su anterior y primera novela, como Paraíso Alto revelan un escribir original y atento que deja entrever una personalidad curiosa que no se conforma con aquello que llamamos real. O que lo quiere entender a través de las palabras, creadas, precisamente, para comprender(nos). Y cuando ellas no bastan para dar respuestas, habrá que mirar hacia arriba. O hacia el final. Con la llana simpleza de quien cumple su misión. «Sin diferencia de día y de noche hago oficio de ángel».

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