Diarios

Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi

“Sí, al parecer todo lo que se necesita, lo único que se necesita es amar, saber amar, acostumbrarse a amar a todo el mundo siempre, desacostumbrarse a no amar a quienquiera que sea en su presencia o en su ausencia. Pensé: pero si esto es algo que yo sé, he escrito al respecto, se supone que creo en eso. ¿Por qué no lo hago? ¿Por qué no vivo solo de eso? La vida que llevo, toda, no es sino un tâtonnement, y lo que hay que hacer es basar firmemente toda la vida en esto: buscar, desear, hacer una sola cosa –el bien a los hombres-, amar e incrementar en ellos el amor, y disminuir en ellos la falta de amor.

¿El bien para los hombres? ¿Qué es el bien? Uno: el amor. Lo sé por mí mismo y por eso es lo único que deseo a los hombres, es por lo único que trabajo. Vivir sólo de esto, no tanteando sino valientemente, significa olvidar que eres ruso, que eres un gran señor, que eres un campesino, que estás casado, que eres padre, etcétera, y recordar una sola cosa: que tienes frente a ti a un hombre vivo, y mientras tú vivas puedes hacer lo que te dará bienestar a ti y a él y que se cumplirá la voluntad de Dios, de Aquel que te envió al mundo, y que puedes unirte a él a través del amor.”

No escribió estas palabras en Ana Karénina; tampoco en Guerra y Paz. Su belleza data del 28 de noviembre de 1889. Lev Tolstói plasmó los pensamientos de aquel día transcurrido en su residencia de Yásnaia Poliana en su diario. Esta preciosa reflexión sobre el sentido de la vida hubiera bastado para que fuera recordado como el gran genio que es y, sin embargo, es una entre cientos que pueblan las páginas de sus más íntimas confesiones.

El objetivo de ese diálogo periódico consigo mismo y con la eternidad no era otro que el de juzgarse a sí mismo. Dejar constancia de la verdad de su existencia para volver años más tarde a contemplarse y observar el camino realizado. El inicio de su terrible sinceridad se encuentra nada más comenzar sus diarios. Contagiado de gonorrea en el hospital de Kazán, con tan solo 17 años, se adentra en el pensamiento más trabado para ofrecer una reflexión sobre la soledad como punto de partida para desarrollar una razón pura.

 La misma soledad en la que imaginamos al escritor cuando escribe días después de la cita inicial:

“Sí, anteayer, al día siguiente después de escribir, el diablo me atacó, me atacó sobre todo bajo el aspecto de un ímpetu presuntuoso, del deseo de que todo el mundo comparta mis puntos de vista, y el 29 por la tarde me puse otra vez a discutir con Nóvikov sobre la ciencia, la servidumbre, y discutí con malicia. Al día siguiente, por la mañana, el 30, dormí mal. Fue tan desagradable como cometer un crimen. …Y todo eso después de lo que había escrito el día 28. Veo, con la razón veo que es así, que no existe una vida fuera del amor, pero no puedo provocarlo en mí. No puedo provocarlo, pero en cambio sí puedo arrancar del corazón el odio, la falta de amor, ni siquiera arrancarlo, sino barrerlo de mi corazón en la medida en que vaya llegando y pretenda ensuciarlo. Por lo pronto aunque sea eso está bien, ayúdame, Señor.”

Admitiendo sus errores, sus recaídas, sus pecados, su imperfección humana, en definitiva, Tolstói no cesa en su empeño por caminar hacia una realización moral que siente inalcanzable y que se resiste a pesar de sus súplicas. Porque se sabe hombre, hombre en camino.

 “Pensé en mis diarios viejos, en lo repugnante que en ellos me presento, en cuán poco quisiera que se conocieran, es decir, que me estoy preocupando de la gloria humana aun después de la muerte. Qué terriblemente difícil es renunciar a la gloria humana y no preocuparse por ella. No sufrir ante la idea de pasar por un cretino. ¡Qué difícil, pero qué bueno! Qué alegría cuando haces a un lado la preocupación por la gloria humana y caes de inmediato en las manos de Dios, ¡qué ligero y que firme te sientes!”

Por fortuna Tolstói dejó de lado su dimensión humana y hoy podemos disfrutar de este legado intimista e imprescindible para comprender por completo al conde Lev. Editorial Acantilado nos brinda una oportunidad única con una publicación exhaustiva en dos volúmenes de todos sus diarios, con las entradas más importantes y un aparato crítico minucioso, además de una concisa cronología para situar la vida del escritor en cada momento. La traducción, a cargo de Selma Ancira, es brillante por la precisión de los términos y el complejo trabajo de reunir lo esencial de este multifacético genio.

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