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Cartas desde Alejandra Pizarnik

Ficha técnica

Título: Nueva correspondencia (1955–1972)

Autora: Alejandra Pizarnik (edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña)

Editorial: Lumen

Año: 2017

Páginas: 400

Precio: 23,90 €

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Se perdieron dos letras por el camino, dejando herida su estela. Empequeñecida, coja, escasa de aliento. Pozharnik era su verdadero apellido. Su significado, en polaco, «hijo del incendio». La burocracia de inmigración provocó el asesinato de la h, condenada quizá ya desde nacimiento por muda, y la extraña metamorfosis de la o en una tímida i. Se la quiso sin querer condenar a ella a ser vela, cuando llevaba en sí el incendio. No pudieron, claro. Cómo poder, atar, mermar, reconducir la naturaleza.

La anécdota de su nombre, Flora Alejandra Pozharnik, es uno de los muchos descubrimientos que aguarda la Nueva correspondencia (1955–1972), recién publicada por Lumen; que también ha editado sus Diarios (2013), su Prosa completa (2016), su Poesía completa (2016) y el pequeño En esta noche, en este mundo (2017). Tras un arduo y fascinante camino de introspección en la figura de la poeta argentina Alejandra Pizarnik (1936–1972), Ivonne Bordelois y Cristina Piña, editoras del volumen, describen su correspondencia como «una bisagra eficaz que articula la calidad indudable de su poesía y de su crítica, por un lado, y la dramática espesura de su diario, por el otro». Un segundo viaje, tanto físico como especialmente emocional, les ha permitido reunir nuevos documentos y corresponsales que amplían en cantidad y calidad el conjunto de esta Nueva correspondencia. Importantes nombres de su universo cultural, como Rubén Vela, Enriqueta Ribé, Silvina Ocampo, Manuel Mujica Lainez, Amelia Biagioni, Adlfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Antonio Beneyto, Antonio Fernández Molina o Esmeralda Almonacid nos (re)descubren distintos modos de escribir y ser de Alejandra, quien nunca, pese a variar el tono o contenido de sus cartas, pudo esconder su carácter apasionado, intenso y extremo.

«Estoy luchando con los nuevos poemas –relata en marzo de 1964 a Juan Liscano, poeta y crítico venezolano–, lucha “cuerpo a cuerpo”, como diría Octavio, y estoy enervada y llena de insomnio a causa de esos malditos poemas que me hacen sentir indignada de respirar». Para entonces ya tenía cinco poemarios publicados y había regresado de su viaje a París, donde permaneció cuatro años trabajando como traductora y redactora y donde entabló buenas amistades, de entre las que destacan Julio Cortázar, Rosa Chacel o el mencionado Octavio Paz. París terminó de definir su poesía, su voz. Madura, oscura y mordaz. De Alejandra en sus cartas decía Juan: «Se refería a sus accidentes, dejaba entrever un inmenso desconcierto, una exasperación ante el dolor y, por primera vez, se dejaba ir a opiniones feroces […]. Era como malacrianza y desesperación. Entre las líneas brotaba el recuerdo de los males sufridos, de una aproximación casi total a la muerte». Nació fuego, nació quemada. Hermosa y duramente quemada. No en vano en su poema Origen (de La última inocencia, 1956) ya advertía: «La luz es demasiado grande / para mi infancia». La poesía era «para reparar la herida, / la desgarradura».

Su correspondencia es «una bisagra eficaz que articula la calidad indudable de su poesía y de su crítica, por un lado, y la dramática espesura de su diario, por el otro».
Carta con dibujo enviada a Antonio Fernández Molina, posterior a julio de 1970.

«No obstante, confío en que los dioses de las muchachas tristes no me dejarán reventar dentro del seno duro y árido de la familia…», escribe sin lugar ni fecha conocidos a Antonio Requeni, periodista y poeta argentino. «No lograría, en una página, explicarte por qué quiero un lugar tranquilo –reflexiona, por otro lado, en diciembre de 1968 a Ivonne Bordelois–. Basta con decirte que lo necesito. Vislumbro un modo de trabajar el poema que no exije[1], forzosamente, el confrontamiento con la locura y la muerte». Un año antes falleció su padre, y dos después tuvo lugar su primer intento de suicidio, acontecimiento que en las cartas tapa como accidente urbano. Su infelicidad es tan palpable como sus deseos de crear (buena) poesía. De crear algo válido, elevado, que supiera decir lo preciso por ella y desde ella. Lo consiguió. Ivonne, que supo ver sus luces y sus sombras, en intuición dijo: «Algo en mi corazón me dijo que detrás de esa adolescencia mal liquidada, que se expandía en obscenidades y palabrotas, había algo así como un pájaro cautivo de extraordinaria belleza».

Pese a ser lo trágico mucho más determinante en ella que lo cómico o esperanzador, muchas de las cartas reunidas –en las que también es cierto que prima lo profesional sobre lo personal– dejan entrever una personalidad entusiasta e inagotable. Por conocer, aprender, mejorar. Irónica por momentos, esquiva, inteligente. Y artística: Lumen ha seleccionado y añadido algunas de las cartas ilustradas de Alejandra, escritas en distintas caligrafías, tamaños, colores y cadencias, y acompañadas (incluso protagonizadas) por, a veces inocentes, otras misteriosos, dibujos. Todo ello, tanto imágenes como palabras, conducen a través del formato epistolar al laberinto Pizarnik que así describió Olga Orozco, a quien ella consideraba una de las mejores poetas: «En esos territorios la inocencia desgarrada descubre paisajes inquietantes y las aventuras son un juego con resortes que conducen a la muerte o a la soledad. Para perderse o para no perderse, Alejandra ha ido marcando el camino hacia sus refugios con resplandecientes piedrecitas de silencio, que son condensaciones de insomnios, de angustias, de sed devoradora». Así lo son sus versos, así lo es su prosa y así lo son, en extensión, sus cartas. Nadie afín o amante de Alejandra debería dejar pasar por su buzón sin abrirla, sin miedo a su letal posible quemadura, esta Nueva correspondencia.


[1] Así en el texto original. Se hallan a veces en sus cartas palabras mal escritas, otras plasmadas en inglés o, sobre todo, francés. Juegos de Alejandra.

Continúa el camino...
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