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Carmen Conde: memoria puesta en olvido

Reseña de libro: Memoria puesta en olvido. Antología personal

Ficha técnica

portada-del-libroTítulo: Memoria puesta en olvido. Antología personal

Autora: Carmen Conde

Editorial: Torremozas

Año: 1987

Páginas: 302

Precio: 9€

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Andrea Reyes de Prado
@AndreaRdP


 

«Porque se me habrá de reconocer, con o sin indulgencia, mi espíritu independiente y opuesto a cualquier atadura, como demuestra mi actuación humana y literaria durante toda mi vida». Así ella, Carmen, directa y libre. Ella Carmen, poderosa, decidida como flecha lanzada por la vocación y la verdad. Entusiasta, valiente, tan distante y fría como apasionada. Fundamental voz de nuestro siglo XX, premiada prosista, vocación de poeta, maestra, editora, viajera, imparable. Primera mujer en entrar, con tacón firme y orgulloso, en la Real Academia Española, por entonces –y aún hoy– por el monóculo y el bastón. Carmen Conde (Cartagena, 1907 – Madrid, 1996), la pitonisa.

Esa primera, invasiva y sincera mirada entrecomillada forma parte de la concisa introducción que la propia autora hace de su Memoria puesta en olvido, antología personal publicada en 1987 por la editorial Torremozas, dedicada a la literatura escrita por mujeres. Una valiosa antología que recoge lo mejor de Carmen desde ella misma; el criterio más exigente, para la que, de entre su numerosa producción poética, escogió diez obras y unos pequeños poemas, pétalos de instantes perdidos hasta entonces inéditos. Curiosamente sin incluir algunos de sus más alabados títulos, como Mujer sin edén (1947), forman parte de su selección Honda memoria de mí (1946), Las moiras (1980), La oscura noche del cuerpo (1980) o el enigmático y profético El Arcángel (1939); «Llegó a mi noche y la removió con sus alas espesas […]. Nada me anunció; fue conmigo al hallazgo lúcido de las cosas». Poemas que cantan a lo intangible y mordaz que se esconde tras aquello que llamamos Caos, Memoria, Muerte, Amor, Hombre o Nada.

‘Memoria puesta en olvido’. Amplia memoria, satisfecha, inabarcable. Memoria puesta en un olvido ya imposible, por escrito, por ya perpetuo. Puerta consentida de acceso a su lenguaje, a veces pétreo, otras mágicamente transparente, que habla directamente al orden que anhelamos.

Memoria y muerte, y resurrección, fueron temas para ella imprescindibles tanto en poesía como en vida (si acaso pudieran separarse). Alguien tan vivaz como Carmen Conde, tan amante de tantas cosas, no desearía más que tornar invisible o innombrable la finitud propia del ser humano. Mas, precisamente por amar la vida de esa forma («Todo lo amaste y todo sin medida», como diría Lucía Sánchez Saornil, poeta contemporánea), no podría sino tener presentes, con vigilancia y admiración, los deseos y angustias que a los hombres elevan. Quizá por ello su poesía sea tan reflexiva, tan intensa, y posea esa hermosa y misteriosa sobriedad como única o más excelsa forma de tratar lo trascendente.

La intimidad propia de tal creación  contrastaba con su ajetreada vida, enriqueciéndose mutuamente: su feliz infancia en Melilla, sus insólitas oposiciones para Auxiliar de la Sala de Delineación de la Sociedad Española de Construcción Naval, sus primeras colaboraciones en prensa, su carrera como maestra, sus primeros poemarios (entre los que destaca Brocal, de 1929). Su noviazgo y matrimonio con el también poeta Antonio Oliver, la misión conjunta de crear la primera Universidad Popular de Cartagena. Inquieta y ambiciosa Carmen, devota de Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral, gran amiga de Ernestina de Champourcin (cuya larga correspondencia publicó Castalia en 2007). Los viajes y distanciamientos tanto físicos como emocionales por la Guerra Civil, sus conferencias alrededor de Europa, su compromiso con la mujer y su minusvalorada literatura (a través de la voz y la palabra, como son ejemplo sus antologías sobre Poesía femenina española), la llegada de sus mejores obras (Mujer sin Edén, Enajenado mirar). Y la llegada, momento histórico, de una mujer; de ella, Carmen, a la RAE en 1978.

Memoria puesta en olvido. Amplia memoria, satisfecha, inabarcable. Memoria puesta en un olvido ya imposible, por escrito, por ya perpetuo. Puerta consentida de acceso a su lenguaje, a veces pétreo, otras mágicamente transparente, que habla directamente al orden que anhelamos. Memoria puesta en poemas nombrados como vaticinios del pasado y del presente. Descenso, Invocación, Despedida en un alba, Estancia eterna, Roce de límites. Etérea, lejana, y sin embargo tan profunda, y bella, profundamente bella. Fugaz y reposada, a todo destino entregada, exhausta de vivir. «Melancólicamente sentada / con mi eternidad de recuerdos, rendida». Siempre el misterio en su poesía; venerada vocación sagrada, bellas y oscuras imágenes en una lengua que sólo ella descifraría. Voz altiva, sentida, sabia. Mujer eterna, como definió Leopoldo de Luis: «Carmen Conde se encarna en esa mujer que es de ayer, de hoy y de siempre. Mujer única y total. Asume así la experiencia de todas las mujeres del mundo». Única y total, de gran compromiso con las letras y la poesía, a la que dedicó toda su búsqueda interior por los entresijos de la vida y de sí misma. «Esto que se termina soy yo. No puedo pasar de mí. / He llegado hasta mis propios bordes; / rebosaría, derramándome, si quisiera / a la Puerta de Dios llamar». Y temeroso y admirado de ti, abriría.

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