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Blancos contra rojos: la Guerra Civil rusa

Ficha técnica

Título: Blancos contra rojos. La Guerra Civil rusa

Autor: Evan Mawdsley

Editorial: Desperta Ferro Ediciones

Año: 2017

Páginas: 350

Precio: 24,95 €

 

 

 

 

 

Antonio Miguel Jiménez Serrano


«Es evidente que el poder soviético conlleva una guerra civil organizada contra los terratenientes, la burguesía y los kulaks».
L. D. Trotski, junio de 1918

«La Guerra Civil no condujo al estalinismo; más bien, tanto la Guerra Civil como el estalinismo fueron consecuencias esperables de la conquista del poder. La Revolución de Octubre, la Guerra Civil, la victoria roja y el posterior desarrollo del estalinismo pueden ser interpretados como resultado del progreso histórico ruso, en particular por la persistencia de la autocracia zarista, la contención de las fuerzas que podrían haber proporcionado una alternativa al gobierno maximalista, la naturaleza poco equilibrada, como característica, del desarrollo económico ruso y la lenta evolución del nacionalismo entre las masas campesinas de las minorías».

Así, de manera tan magistral y con una genial capacidad de análisis y síntesis, concluye Evan Mawdsley su obra Blancos contra rojos. La Guerra Civil rusa, publicada recientemente por Desperta Ferro Ediciones, en un ya acostumbrado afán por traer a la lengua de Cervantes volúmenes imprescindibles y dignos de engrosar todas las estanterías de historia. Con el párrafo citado, pues, sería suficiente para recomendar esta obra, pero ésta merece una especial atención.

Guerra Civil rusa
L. Trotski.

Mawdsley, profesor de Historia Internacional y especialista en la Rusia soviética, investigador honorario en la Universidad de Glasgow, nos acerca en esta completa obra a las vicisitudes militares, políticas y económicas que siguieron a la Revolución de Octubre o Revolución bolchevique, cuyo estallido se produjo el 7 de noviembre de 1917, 25 de octubre según el calendario juliano que regía por entonces en Rusia. Paralelamente, el autor nos aleja de manera progresiva con cada página de todos aquellos tópicos que han rodeado la cuestión de por qué triunfaron los bolcheviques en Rusia, tanto los propios de Occidente como los surgidos en el seno del poder soviético. Lo que encontramos en Blancos contra rojos es una excelente y verídica descripción de los sucesos que determinaron la victoria final de los bolcheviques, prestando especial atención al ámbito político-militar, y, en menor medida, al ámbito económico.

Mawdsley escribe volúmenes imprescindibles y dignos de engrosar todas las estanterías de historia.

Así, Mawdsley pone la base de sus teorías, apoyadas a su vez tanto en fuentes primarias como en reconocidos estudios académicos, en la afirmación de que la Guerra Civil rusa, a pesar de ciertos contactos de ambos bandos con potencias extranjeras, fue un conflicto eminentemente de orden interno, y no como la historiografía tradicional estalinista afirmaba que era: «una serie de campañas de la Entente» contra el proletariado y los Sóviets. Además, el autor afirma, de manera sumamente lógica, que la Guerra Civil no solo fue fruto de la Revolución de Octubre, sino que además fue la consecuencia lógica y esperada, al menos por los bolcheviques. Así lo había enunciado –recuerda Mawdsley– el creador del Ejército Rojo y uno de los principales dirigentes del movimiento bolchevique, L. D. Trotski, en junio de 1918, al afirmar: «Es evidente que el poder soviético conlleva una guerra civil organizada contra los terratenientes, la burguesía y los kulaks».

La mayoría de la población rusa se concentraba en las áreas rurales, y el proletariado –principal apoyo de los bolcheviques–, al igual que la industria, se concentraba en las ciudades. En las elecciones a la Asamblea Constituyente de toda Rusia en noviembre de 1917 los resultados revelaron la realidad del país: en el campo habían obtenido la mayoría de los votos los representantes social-revolucionarios de izquierdas, también llamados eseristas, y en las grandes –aunque escasas– ciudades los bolcheviques. En algunas zonas rurales y medio-burguesas habían obtenido cierta representación los demócratas constitucionales (kadetes). La diferencia, como indica Mawdsley, fue la mayoritaria pasividad del gran campesinado ruso, favorable a los eseristas, y a la cierta inactividad política de estos últimos. En contraposición, la ofensiva política y de acciones concretas de los bolcheviques les valió la toma y el control de la iniciativa, tanto política como militarmente, que en pocas ocasiones perdieron.

Frente a esta situación no solo se levantaron los llamados blancos, sino también el Komuch (Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente), dominado por los social-revolucionarios, que formaron un gobierno en Samara, donde habían obtenido una mayoría aplastante en las elecciones a la Asamblea Constituyente. Por su parte, los blancos, cuya denominación engloba a una miríada de ejércitos «voluntarios» –al menos al principio–, carecían de la organización y unión que poseían social-revolucionarios y bolcheviques. Los blancos eran más antibolcheviques que contrarrevolucionarios, y el mismo almirante Kolchak no era, en palabras de Mawdsley, un oficial zarista, sino un patriota que se veía en la obligación moral de librar a Rusia del bolchevismo. Los ejércitos blancos integraban en su seno, especialmente entre 1917 y 1918, un amplio espectro ideológico, aunque tendente al tradicionalismo y a la antigua idea de «ley y orden». Especial mención merecen los ejércitos blancos de Denikin, Kolchak y Gajda, el Ejército Voluntario, el Ejército Ruso y el Ejército Siberiano respectivamente. El primero, sin duda el más efectivo contra las ofensivas soviéticas, estaba integrado por militares que, según Mawdsley, «se consideraban patriotas que reaccionaban a la humillación nacional y a la Revolución de Octubre». El segundo, más amalgamado, había integrado también en un principio a los social-revolucionarios de centro y derecha, además de a otras fuerzas de derechas, como los kadetes, sumándose también una –aunque menor– fuerza cosaca que Kolchak no supo explotar. El Ejército siberiano de Gajda estaba formado por los restos de la famosa Legión Checoslovaca y un considerable número de antibolcheviques rusos, en su mayoría siberianos.

La Guerra Civil rusa, a pesar de ciertos contactos de ambos bandos con potencias extranjeras, fue un conflicto eminentemente de orden interno, y no como la historiografía tradicional estalinista afirmaba que era.
Guerra Civil rusa
Cosaco ruso del Ussuri.

Mención especial merecen las «Huestes cosacas», como así los mismos cosacos las denominaron. Fueron cuerpos formados a instancias de poderosos atamanes como Piotr N. Krasnov, con el único fin de acabar con el poder soviético. Se formaron huestes tradicionales, es decir, las del Don, el Kubán, el Terek, la de Oremburgo-Urales y la hueste de cosacos siberianos. Podría decirse, sin temor a errar, que de los ejércitos blancos, fueron los cosacos, junto con la Legión Checoslovaca y el Ejército Voluntario, los mayores peligros para Sovdepia (territorio bajo poder soviético).

Por otra parte, hay que señalar también los movimientos nacionalistas en Finlandia, las repúblicas bálticas, Ucrania, Bielorrusia, Polonia, Besarabia y Turquestán, así como etnias de rama túrquica como tártaros o baskires, en Crimea y los Urales respectivamente. Pese a la existencia de partidos políticos afines o incluso hermanos del Partido bolchevique, en estas antiguas provincias de importante población «gran rusa» del antiguo Imperio zarista fueron los partidos nacionalistas los que consiguieron vencer a los soviéticos.

En cuanto al Ejército Rojo, cabe señalar el profundo conocimiento que Mawdsley demuestra al presentar su desarrollo a lo largo del libro. En torno al núcleo de los Fusileros Letones y la Guardia Roja, los bolcheviques tuvieron que crear, en contra de su propio programa político, un ejército como tal. Pese a que despreciaban el término «soldado», utilizado tradicionalmente en Rusia, personajes pragmáticos como Lenin y Trotski cayeron en la cuenta de que, para la supervivencia del poder soviético, debían abandonar la «guerra revolucionaria», es decir, el levantamiento espontáneo de civiles contra los enemigos de la revolución, y forjar un nuevo ejército: el Ejército Rojo. Esta realidad conllevó no pocos quebraderos de cabeza para los jerarcas soviéticos, que discutían si podían o no aprovechar la experiencia de antiguos oficiales zaristas e incluso el sistema de organización y reclutamiento. Como relata Mawdsley, este fue el primer gran encontronazo entre Stalin Trotski.

Finalmente, y dejando mucho más en el tintero de lo aconsejable, cabe decir que la descripción de los movimientos de tropas, los frentes, las formaciones de ejércitos, la conformación de núcleos blancos y rojos, los decisivos recursos, y un largo etcétera, lo encontraremos explicado muy pormenorizadamente en esta genial obra de Evan Mawdsley. Sin duda, un trabajo imprescindible para aquel que quiera conocer en profundidad la realidad de la Guerra Civil rusa entre 1917 y 1922.

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