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Amar un abismo

Ficha técnica

Título: Caminos para un reencuentro

Autoras: Montse Barderi y Emma Vilarasau

Editorial: Huso

Año: 2017

Páginas: 135

Precio: 16,19 €

 

 

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Tuya con el casi nada que ahora soy,
Annemarie

Segundo palpitar de marzo de 1942, Léopoldville (El Congo). Una mano fría y prieta delinea las palabras de su nombre, abandonándose por un momento en el aire tras alargar, en un triste rasgueo, esa última e, y otorgando así a nadie el ruido quedo y breve de caer sobre la mesa. No será la última carta que escriba, tampoco el último silencio de vacío. En Annemarie Schwarzenbach nada es por última vez, pero todo puede serlo.
Semanas más tarde, a miles de kilómetros de allí, Ella Maillart sostendrá aquel mismo papel que, siendo ya apenas un eco, líneas arriba había dicho: «La angustia lo ocupa todo, como la noche cubre de negro la forma y volumen de cada cosa». Sabrá entonces que aquella noche Annemarie se acostó sintiéndose cosa. Indefinida, extraña, ajena y profundamente perdida. Y todo comenzará de nuevo, y la duda regresará para atosigar su pensamiento.

Inspirándose en la tormenta que fueron Annemarie Schwarzenbach (Suiza, 1908 – Suiza, 1942) y Ella Maillart (Suiza, 1903 – Suiza, 1997), Montse Barderi y Emma Vilarasau han recreado una correspondencia al filo del precipicio en Caminos para un reencuentro (Huso, 2017); literatura de una vivencia real que abarca desde diciembre de 1940 hasta febrero de 1943, fecha de la muerte de Annemarie a causa de un accidente en bicicleta. Ambas mujeres, valientes y libres, alejándose de una Europa que caía de nuevo en la guerra, hicieron en 1939 un viaje de más de 7.000 kilómetros en coche atravesando Yugoslavia, Bulgaria, Turquía, Persia o Afganistán. Para Ella suponía una prueba hacia y consigo misma, y la fuerte voluntad de ayudar a Annemarie a curarse de su adicción a la morfina. Para Annemarie, que se dejó ayudar y llevar, constituía otro apasionante capítulo de su agitada vida, en la que el único deseo que supo permaner en ella era el de vivir. Aquel viaje dejó un poso tan hondo en su recuerdo que ambas lo convirtieron en testimonio escrito del límite: Ella lo llamó El camino cruel (La Línea del Horizonte, 2015) y, Annemarie, Todos los caminos están abiertos (Minúscula, 2008).

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Annemarie Schwarzenbach y Ella Maillart.

Que este libro lleve en su nombre el sustantivo camino no es casualidad: las cartas como breves pasos que fueron dando la una hacia la otra desde tal distancia física (Ella había huido a la India y Annemarie se encontraba «secuestrada» en el Doctors Hospital de Nueva York debido a una recaída) y, sobre todo, emocional. Ella necesitaba respirar de Annemarie. Sus fuertes impulsos, su carácter de catarata, su pasión, sus arrebatos de universo encerrado en una bola de cristal. Indomable, incurable, imposible. Porque Annemarie Schwarzenbach era un alma perdida y excepcional, un ser que provocaba fascinación y resultaba del todo inalcanzable. Geminiana mujer de aire y contrastes, que nacida en una de las familias más ricas de Suiza rechazó siempre el lujo y se entregó por completo a la literatura y al mundo, recorriéndolo en cuerpo y letras. Dejando que la vida exprimiera y marcara cada poro insano de su piel, y llevándose con ella por delante toda convencionalidad o deseo. La equilibrista, la desamparada, el «ángel devastado» de Thomas Mann. Amar sin medida y caer sin remedio. Annemarie no conoció grises, sólo negros y blancos. Los blancos más puros y los negros más insondables. Sucumbió a las drogas y a fuertes depresiones, y habitaba en ella un «insobornable deseo de absoluto». Nadie supo nunca adiestrarla ni enderezar sus tallos de rosa espinada. Nadie hubiese podido, ni tampoco nadie debía. Hay naturalezas que escapan al orden mismo que las ha creado.

«Salvarse o condenarse en el pecado que más sentido ha dado a tu vida».
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Montse Barderi y Emma Vilarasau.

Pero quien sobrevive precipicios necesita, en ocasiones, una mano a la que aferrarse. Una ligerísima y temporal atadura al suelo firme, que evite el desprendimiento total del sentido. «No estoy dotada para la vida, Ella». Durante un instante de su eternidad salvaje, Ella Maillart, intrépida escritora, reportera y fotógrafa, fue esa mano que la salvó de la soledad de sí misma. Un lago sereno donde refugiarse y encontrarse. Pero calmar el espíritu de Annemarie conllevaba alterar y desquebrajar el suyo y, aunque por distintos motivos hubo necesidad de separación, el desgarro de Annemarie volvió a necesitar de la calma de Ella. Y en ese punto intervienen Montse Barderi y Emma Vilarasau, quienes con tiento y entrega adquieren la forma verbal de ambas personalidades y desarrollan una intensa correspondencia llena de confesiones, arrepentimientos, pesadillas y esperanzas, con una Europa a su alrededor que amenazaba, como ellas mismas, con derrumbarse: «De nuevo en la ciudad no paro de oír que mi civilización se hunde. Y si Europa se está muriendo necesito estar al lado de los que padecen mi duelo. ¿Qué nombre tiene el exilio cuando no queda una patria a la que regresar?».

Bella ficción que respira realidad –e impulsa al descubrimiento de dos extraordinarias mujeres– en un aleteo de repentinos e incisivos navajazos literarios en los que Annemarie, que ha «ensayado todas las formas de vida posibles pero siempre he fracasado», ruega una última bocanada de aire a la única persona en la que confía. Y Ella, que la sabe, sostenida en la frágil frontera que separa la razón de lo inevitable, se debate entre permanecer protegida y fiel a su conciencia o acudir una vez más a la llamada de lo ineludible y resbalar, como siempre había sucedido y hubiese continuado sucediendo, hacia ese infinito tenebroso y sublime que supone amar un abismo. «El miedo y mi instinto de supervivencia me lo impidieron, no podía dejarme fascinar por tu abismo y precipitarme al vacío. Ese mundo de extremos en donde tú habitas».

Salvarse o condenarse en el pecado que más sentido ha dado a tu vida. «Desde su muerte, le veo cada noche. Mi maravilloso, mi radiante pecado». Reminiscencias de Verlaine invocando a Rimbaud, como Ella, muchos años después, evocaba en las noches a Annemarie tras su fallecimiento. Aquellas criaturas excesivas, tan cáusticas y desprendidas, que les robaron todo orden y cordura y les mostraron, sin pretenderlo, lo que era amar y amar un imposible: a un ser criado por el viento.

Continúa el camino...
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