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65 años después

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"Dignidad frente a barbarie" - Juan Antonio Carrillo SalcedoTítulo: Dignidad frente a barbarie. La Declaración Universal de Derechos Humanos cincuenta años después.

Año: 1999

Autor: Juan Antonio Carrillo Salcedo

Editorial: Trotta

Páginas: 156

Precio: 12€

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Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi

Los estudios académicos realizados al detalle, con minuciosidad y precisión positivas son, sin duda, necesarios. Si bien no en todas las ocasiones. Hay materias sobre las que se ha escrito y ahondado tanto; hay cuestiones sobre las que se han expresado tantos pareceres que, finalmente, la masa informe y confusa de datos y opiniones requiere de algo bien diferente. Lo necesario en estos casos es dirigirnos directos a la esencia, el quid del problema, elevándonos sobre polémicas infructuosas, tomando distancia del asunto, para disfrutar de una panorámica muy general, sí, pero acertada.

Cincuenta años después y sobre La Declaración Universal de Derechos Humanos (así reza el subtítulo de la obra) se podrían apuntar numerosos comentarios, infinitas matizaciones, grandes estudios y mayores críticas, pero Juan Antonio Carrillo, que nos dejaba a principios de este año 2013, por las mismas razones que ofrecíamos más arriba, prefiere introducirnos en lo fundamental, lo sustancial sin lo cual nada cierto cabe decir sobre los 30 artículos jurídicos más célebres de la Historia reciente; a saber: que cambiaron el mundo.

Acotando el comentario al ámbito estrictamente jurídico, todo comenzó con la fundación de Naciones Unidas gracias al tratado de la Carta de San Francisco, donde se proclamó en un documento firmado por una verdadera y sólida comunidad internacional, por vez primera en la Historia, la “fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”. Con anterioridad, ninguna norma regulaba el tratamiento que un Estado pudiera dar a sus nacionales, restringiéndose la justicia por el respeto a la integridad personal a los extranjeros (y ni eso, pues esta circunstancia fue tomada como naipe de juego entre Estados, como moneda de cambio para conseguir intereses políticos y económicos ajenos a los afectados).

Juan Antonio Carrillo Salcedo

Sin embargo, aunque la Carta de Naciones Unidas reconoce en su Preámbulo el respeto a los derechos fundamentales (también en los artículos 1, 55, 56, 73, 76), ningún enunciado define con precisión y detalle jurídicos cuáles son estos derechos. Solo fue el antecedente que impulsaría el proceso de renovación del Derecho Internacional que daría finalmente lugar a la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Y no fue poco el esfuerzo para llegar a una redacción que contentara medianamente a todos. Porque confluyeron en su elaboración culturas muy diversas (si bien su inspiración es claramente occidental), pero también las rivalidades de los dos grandes bloques, capitalista y comunista, que desde incluso antes del final de la II Guerra Mundial iban a marcar la segunda mitad del siglo XX.

La Declaración finalmente aprobada en 1948 está construida, según esquema del autor, sobre cinco gruesos pilares: derechos inherentes a las personas, derechos que garantizan la seguridad de las personas, derechos relativos a la vida política del individuo, derechos económicos y sociales, y derechos relativos a la vida jurídica y social de los individuos.

Eleanor Roosevelt sostiene la Declaración Universal de Derechos del Hombre en español

Sin duda, hubo derechos que quedaron fuera del documento (de petición, de las minorías), y otros formulados de forma ambigua (de asilo, a la rebelión contra la tiranía), pero ¿cabía y cabe imaginar incluso hoy una Declaración de Derechos Humanos que satisfaga a toda la Humanidad? En su conjunto, y con sus limitaciones, sigue siendo el punto de inflexión necesario e imprescindible que la justicia internacional necesitaba y necesita. A partir de ella, diferentes documentos jurídicos posteriores han desarrollado y profundizado sus principios aplicándolos a ámbitos territoriales más concretos.

Saltando ahora al ámbito ético, la Declaración de Derechos Humanos nunca ha sido completa en su respuesta al verdadero bien, y desde la perspectiva actual de la civilización mundial, podríamos afirmar que jamás lo será. Porque de serlo, significaría que el diálogo y la fraternidad entre culturas ha sido posible. Y entonces ninguna Declaración sería necesaria.

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