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Sobre los carlistas

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Todos los que tenemos nociones básicas sobre la Historia de España podemos identificar tres Guerras Carlistas, situarlas en espacios de tiempo concretos e, incluso, si somos algo duchos, en espacios geográficos determinados. Pero ¿comprendemos la realidad de los conflictos carlistas? ¿Damos explicaciones lógicas al hecho de que un ejército que apenas llegó a los 72000 efectivos en su periodo de clímax aguantara, sin temblar, el pulso a otro que rondaba los 220000 efectivos, como fue el caso de la Primera Guerra Carlista? Pues bien, es eso lo que intentaremos esbozar en unas breves líneas, para así suscitar la curiosidad del lector y que, si es de su interés, indague en las tripas de las bibliotecas y archivos españoles, centrándonos, eso sí, en el primero, y más importante según nuestro criterio, conflicto legitimista.

Así, como ya sabemos, el conflicto estalla en 1833 tras la muerte de Fernando VII, si bien ya había tenido lugar un intento de levantamiento antes de la misma, frustrado. A partir de aquí, el error está en la siguiente afirmación: los isabelinos eran liberales y los carlistas partidarios del absolutismo. Es esta una falacia que, por desgracia, está muy extendida en nuestra sociedad, de la misma manera que temerariamente se afirma, en el marco de la Guerra de Secesión americana, que todos los estados de la Unión eran antiesclavistas y todos los de la Confederación esclavistas redomados. Pues bien, la realidad fue muy distinta. Los factores que llevaron a unos y otros a engrosar uno u otro bando son numerosos y variopintos.

Retrotraigámonos al periodo de 1820 a 1823, más conocido como Trienio Liberal. En éste, como ya se sabe, se comenzó a gestar lo que una década más tarde se materializaría en la división de moderados y progresistas dentro del Partido Liberal, que aquí eran conocidos como moderados y exaltados. Ambas ramas del liberalismo gobernaron en esta época, y sus políticas, tanto fiscales como ideológicas, pese a lo que pueda creerse, no beneficiaron a los españoles en aquel momento, más bien al contrario, propiciando el surgimiento de numerosos levantamientos en contra de las mismas. Ante esta situación, la Santa Alianza determinó actuar en España. El gobierno, por su parte, y como afirma J. Fontana, “soñaba con que, en caso de que se produjera una invasión, la nación se alzaría en masa contra los invasores como en el año de 1808”. Pero no ocurrió tal, sino que se recibió a los Cien Mil Hijos de San Luis como a quienes restablecerían el orden natural de las cosas. Es interesante el apunte de Fontana en cuanto a esto, pues afirma que el gobierno pudo haberse engañado a sí mismo por el radicalismo (liberal) urbano, siendo por entonces la mayoría de la población rural, lo que explicaría dicha actuación.

La realidad es que los ritmos de España siempre han sido distintos a los del resto de naciones. Esto se vio en 1833, cuando un sector muy importante de la sociedad española, tanto del ámbito urbano como del rural, de las altas capas sociales como de las bajas, no aceptó el designio fernandino sobre la sucesión de Isabel II, tomando dicho sector al infante don Carlos, reacio primero al levantamiento, como cabeza del mismo. Dentro de este sector, encontramos un mare magnum social que iba desde el marqués de Villafranca, duque de Medina Sidonia, como nos indica Alfonso Bullón de Mendoza, hasta pequeños propietarios y arrendatarios, como Vicente y Francisco Ruguero (“Palillos”), guerrilleros de La Mancha. Destaca, así, según nos cuenta De Rada Cavanilles, la descripción que hace un voluntario prusiano en las filas de don Carlos, Wilhem von Rahden, de Vicente Ruguero: “Era un hombre de más de cincuenta años, curtido por el sol; su rostro, su porte y su vestimenta, recordando a los de un cosaco del Don; sus ojos, negros, pequeños y amables; y con un rostro redondo de aspecto, en realidad, simple, aunque bonachón”. De esta manera se formó, por una parte, un ejército carlista que, aunque reducido, fue en constante crecimiento (18000 en 1834, 54000 en 1836, 60000 en 1837 y 72000 en 1839), y, por otra, las partidas carlistas, guerrilleros que planteaban el combate a los militares isabelinos de forma irregular.

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Ambos, tanto los voluntarios realistas como los guerrilleros, estaban muy lejos de formar parte de una coalición liderada por la Iglesia y la nobleza, como teorías peregrinas han señalado, ya que, por una parte, la posición oficial de la Iglesia era contra los levantamientos carlistas y el mayor número de grandes de España se alineó de parte isabelina, y por otra porque la nutrición de los ejércitos carlistas por los estratos populares se llevó a cabo en la mayoría de casos a través del reclutamiento voluntario, no como el isabelino, que lo hacía por las famosas “quintas”, es decir, servicio obligatorio, por ello es cierto que hubo más clase popular del lado isabelino, pero la del lado de don Carlos era más libre. Al mismo tiempo, cabe añadir que la alta oficialidad del ejército se mantuvo del lado isabelino, lo que explica que un simple coronel como Tomás de Zumalacárregui llegara a ser general del ejército carlista del Norte.

En fin, para concluir, cabe resaltar que los acontecimientos acaecidos de 1833 a 1840, conformando la más mortal guerra civil vivida en España, se alejan por completo de una interpretación simplista reducida a lo económico o lo social, y van mucho más allá, algo incomprensible para algunos, pues significaron el enfrentamiento entre dos maneras de entender la vida, dos filosofías de existencia distintas, el mundo ideal y político, y el mundo real y apolítico. Aún así, aquí no se ha dicho nada, les invito pues a que indaguen en la bibliografía y se nutran ustedes mismos para formar su criterio.

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5 Responses

  1. Estoy de acuerdo en que la gente esta muy desorientada en cuanto a este conflicto (o en cuanto a todos), y que la visión habitual es muy simplista, porque como es lógico el asunto es complejo. Pero desde luego, no se puede decir que fuera la más mortal guerra civil en España, porque la última no solo ha sido más mortal (sin llegar tampoco al número de víctimas que se suele hacer creer) si no más terrorifica y mucho más distribuida. Aparte está la legitimidad de los Carlistas; jamás defendería a Fernando VII y tampoco diré que Isabel II fuera una buena reina, pero creo que sí era, tras la legítima sanción, la legitima heredera.

    En cualquier caso, otra complicación que no suele valorar la gente habitualmente: ¿Qué relación tiene el independentismo vasco con las guerras carlistas? Y no me refiero a que tengan relación ideológica ni que sea directa. Pero sí al ambiente social tras las guerras carlistas. Es decir, durante estas, los principales conflictos se dan en esa región y su periferia, que es la que además cuenta con más seguidores proporcionalmente, y de las que más en cantidad. Lo que de alguna forma mantuvo durante décadas una separación ideológica entre estos y el resto de España, pues en esencia eran los vencidos. Esto perfectamente pudo proporcionar el caldo de cultivo ideal para que se comenzara a gestar el independentismo.

    1. Pues efectivamente la Primera Guerra Carlista ha sido el conflicto civil (por el momento) más mortal de la Historia de España, hablando de bajas militares, claro está. No hay más que coger el número de habitantes de cada época y ver la proporción de bajas, ya que el número de habitantes de nuestro país en esos 100 años ascendió meteóricamente.
      Por otra parte, en lo que se refiere a la legitimidad de Isabel o de don Carlos, lo dejaría en manos de un historiador del derecho, aunque bien es cierto que personalmente me decantaría por don Carlos, ya que la Pragmática Sanción es conocida con ese nombre por lo siguiente: en 1789 las Cortes de Castilla votaron una propuesta de ley en la que se reimplantara el modelo de sucesión típico castellano de las Partidas frente al modelo francés, caracterizado por la Ley Sálica que daba primacía de sucesión a todos los varones de la familia frente a las mujeres, el caso es que esta propuesta no llegó a publicarse por la sencilla razón de que no fue sancionada por el monarca, Carlos IV. Más tarde, Fernando VII, y poco antes de nacer Isabel, afirma que dicha propuesta sí había sido sancionada por su padre pero que no se había publicado. Es posible, pero no hay pruebas de ello. Personalmente, la Ley Sálica me parece ridícula, pero era la ley, y no se puede recurrir a artimañas y añagazas para burlarla cuando a uno le interesa.
      En cuanto al tema del independentismo vasco, creo (y esto lo digo a título personal) que no tiene nada que ver con las Guerras Carlistas. El único parecido es el catolicismo exaltado (original al menos). De hecho, el independentismo vasco es algo posterior a los tres conflictos carlistas, cimentado, en mi opinión en mitos y medias verdades. Más factible históricamente sería el independentismo navarro. El hecho de que en la zona Norte tuvieran lugar el mayor número de conflictos se debe a un motivo más simple de los que a veces buscamos: por las leyes forales navarras, las guarniciones que se encontraban las ponía el gobierno de la región, no el Estado, es decir, que en esa zona, salvando algún caso como Pamplona, no hay guarniciones del ejército regular, lo que posibilita el levantamiento, no así en Castilla la Vieja o La Mancha.
      Por cierto, muchas gracias por tus observaciones royendershade, son muy interesantes.
      Un saludo.

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