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Sobre la belleza de la filosofía y espiritualidad rusas

Reseña de libro: Los tres diálogos y el relato del Anticristo

Ficha técnica

los-tres-dialogos-y-el-relato-del-anticristo-copiaTítulo: Los tres diálogos y el relato del Anticristo

Autor: Vladimir Soloviev

Editorial: El buey mudo

Páginas: 220 páginas

Precio: 16´50 €

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Antonio Miguel Jiménez Serrano


Uno no se encuentra con Vladimir Soloviev por casualidad. Podría decirse que las casualidades no existen. En mi caso fue un muy grato encuentro. Cuando un buen amigo me prestó un libro sobre filosofía y espiritualidad rusa en el s. XIX el nombre de Soloviev salpicaba cada una de las páginas del volumen apoyando o contraviniendo las teorías y pensamientos que se iban sucediendo, y pensé que, en efecto, debió ser un autor importante e influyente. Me informé sobre su vida y su obra, e interesándome cada vez más por él me encontré con el libro que nos ocupa, Los tres diálogos y el relato del Anticristo (1900).

Es una obra póstuma, en la que el autor vertió sus últimas ideas que, dicho sea de paso, a la luz del hoy parecen más profecías que simples teorías. Ante ello señalar que, para quien no conozca su vida, Soloviev pasó por numerosas fases filosóficas y religiosas, lo que le permitió hablar y opinar con soltura y, especialmente, con experiencia personal, de un amplio abanico de temas. Así, enmarcado en un complicado periodo de la cultura rusa, divida por aquel entonces entre “eslavófilos” (defensores de la cultura y las tradiciones rusas) y “occidentalistas” (partidarios de la superioridad de la cultura y costumbres de Europa occidental), intentó mantenerse al margen de las disputas filosófico-culturales, lo que consiguió con desigual éxito a lo largo de su vida, pero siempre con el objetivo de huir de los patrones predeterminados para buscar la verdad. Así, tras viajar por Europa y Egipto (1875) y defender su tesis doctoral en la Universidad de Moscú (1880), decidió abandonar su plaza en la Universidad de San Petersburgo y dedicarse a escribir sobre filosofía, teología y poesía. Perteneciendo a la Iglesia Ortodoxa Rusa, en 1896, convencido de la necesidad de unidad entre las iglesias cristianas, profesó solemnemente el credo católico. Finalmente murió en 1900.

A lo largo de las líneas de estos animados diálogos, al más puro estilo platónico (de Platón precisamente tomó la idea Soloviev para presentar la obra en este género), eso sí, menos complicados y enrevesados, se suceden toda una serie de discusiones entre diferentes personajes de la sociedad rusa que se encuentran en “el jardín de uno de los pueblos que, agolpados a los pies de los Alpes, se reflejan en la azul profundidad del Mediterráneo”, y tratan algunos de los temas más candentes de la filosofía, la política y la teología (apocalíptica) de su tiempo.

Así, aparece el mismo Soloviev como mero observador y transcriptor de los diálogos, y destacan personajes como el Señor Z, el Político y el Príncipe, los cuales son prefiguraciones de tres posturas existenciales (o filosófico-religiosas si se quiere) de la alta sociedad de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Dichas tres posturas corresponden a las visiones de la vida “con Dios”, “sin Dios” y “con un dios al gusto de cada uno”. Curiosamente, y aunque pueda sorprender, la auténtica crítica no la dirige el autor al personaje que representa la visión de la vida sin Dios (que también), sino que se dirige hacia aquél que representa el sincretismo, la tibieza, la indefinición y, en definitiva, la oscuridad.

El relato del Anticristo, por su parte, que Soloviev atribuye a un monje llamado Pansofij, es el culmen de los diálogos que lo preceden, y, lo más curioso de todo, es que pone en relación un tema sumamente tratado por los grandes pensadores cristianos que vivieron la entrada del siglo XX: el retrato del Anticristo, citado por el apóstol san Juan en el libro del Apocalipsis. Esos autores que escribieron después que Soloviev, y que, me atrevería a decir, han resultado igual de proféticos, como son Robert Hugh Benson (Señor del mundo, 1907) o G. K. Chesterton (E.g: El hombre eterno, 1925), apuntaron exactamente en la misma dirección que lo hace el autor ruso, hacia la figura de un gran filántropo que conseguiría aunar todas las creencias y sensibilidades hacia una divinización de la razón y la humanidad, disolviéndose en semejante amalgama todo rastro nítido de Dios, lo que se conoce en el lenguaje apocalíptico como la Gran Apostasía.

Leyendo esta obra, no cabe la menor duda de que Vladimir Soloviev no sólo era un genio, sino también un profeta, ya no sólo en el sentido escatológico de la palabra, sino en el sentido más práctico, como puede apreciarse en el segundo diálogo, en el que el Político intenta explicar razonadamente a quienes le rodean, y especialmente al Señor Z, la imposibilidad de una guerra entre Francia y Alemania, ya que la unión de los europeos y la progresiva decadencia de los sentimientos nacionalistas crearían una paz sin precedentes en el mundo. Todo ello 14 años antes de una guerra, la Primera Guerra Mundial, que no tendría precedentes en la historia, aunque sí réplicas, aún más bárbaras si cabe. En definitiva, no puedo sino recomendar vivamente la lectura de esta obra, especialmente a quienes posean una especial debilidad por la buena intelectualidad.

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