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Skanderbeg: el cruzado del Adriático

Antonio Miguel Jiménez Serrano


El concepto de la Nouvelle Histoire, o Nueva Historia, que introdujo la tercera generación de la corriente historiográfica de la Escuela de los Anales allá por 1970, sin duda nos ha dejado un genial legado a los historiadores de hoy. La Longe durée, la Historia de las mentalidades y la Historia total, concepto materializado en la obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, del gran Fernand Braudel, son sin duda aportaciones valiosísimas que marcaron un antes y un después en la “forma de hacer historia”, como diría Peter Burke, contemporánea.

Pero no es menos cierto que esta forma de hacer historia, aunque rica, desdibuja en muchas ocasiones aquellas personalidades tan destacables que significaron por ellas mismas puntos de inflexión en los procesos históricos. Es cierto que la tradición de la Historia de los acontecimientos quedaba, muchas veces, en la mera anécdota y adolecía de un más profundo análisis, pero también era necesaria. No podemos dejar de conocer los acontecimientos concretos, ya que, en la mayoría de ocasiones, son la parte visible de un iceberg que no podríamos localizar de no ser por esa pequeña parte.

Uno de esos personajes concretos, que ha pasado desapercibido a ojos de la Historia, es Jorge Castriota, nombre latinizado para el original albanés Gjergj Kastrioti. Nació en la ciudad de Krujë (actual Albania) en 1405, momento en que los turcos otomanos se habían adentrado en los Balcanes con el fin de aislar la capital del Imperio bizantino: Constantinopla. Ante la llegada de semejantes fuerzas, las aristocracias locales balcánicas, vasallas en su mayoría de Bizancio, aunque había algunas del Reino de Nápoles o incluso del papado, intentaron oponer resistencia sin éxito. Uno de los líderes albaneses (gentilicio inexistente en esa época), Gjon Kastrioti, noble vasallo de Bizancio y padre de Jorge, no tuvo otra opción que capitular ante el sultán Beyazid I (Bayaceto I castellanizado), prometerle obediencia y entregar un tributo anual además de sus propios hijos como rehenes. Esta práctica configuró la fuerza de élite del ejército otomano: los jenízaros, un cuerpo de rehenes, en su mayoría de origen eslavo, dedicados desde su captura a la vida militar.

Pero no es menos cierto que esta forma de hacer historia, aunque rica, desdibuja en muchas ocasiones aquellas personalidades tan destacables que significaron por ellas mismas puntos de inflexión en los procesos históricos. Una de ellas fue Jorge Castriota.

Así, Jorge Castriota, como le conocieron los occidentales, fue obligado a convertirse al islam, y creció en la academia militar otomana situada en la actual Edirne (Turquía), convirtiéndose en un valioso soldado y oficial del ejército otomano. Luchó por el sultán y obtuvo importantes victorias contra los húngaros, principal resistencia al turco desde su aparición en Europa, lo que le valió el sobrenombre turco de Skender Bey (Príncipe Alejandro), comparándosele por su procedencia y comportamiento en la batalla con Alejandro Magno. Nació, así, la fama de Skanderbeg.

Pero en 1443, en medio de una batalla contra los húngaros de János Hunyadi, o Juan Hunyadi, Skanderbeg se pasó, con todas sus tropas albanesas, al bando enemigo, apostatando de la fe mahometana y jurando venganza por la conquista de su tierra y los miles de asesinatos cometidos por los turcos. Desde ese momento decidió encabezar una lucha decidida contra el turco, alzándose en poco tiempo como el principal líder rebelde contra los otomanos de los Balcanes. Tomó como bandera el águila bicéfala del casi extinto Imperio bizantino, hecho que daría nombre a la zona que hoy conocemos como Albania: Shqipëri, o Tierra de Águilas, no porque Skanderbeg así la denominara, sino porque todo aquél que se unía a sus rebeldes, fáctica o sentimentalmente, se convertía en un shqipëtar, o habitante de la Tierra de Águilas.

Skanderbeg
Monumento a Skanderbeg.

Erigió su núcleo de resistencia en la ciudad Krujë, donde nació, y en la cima de la montaña construyó una fortaleza que resultó inexpugnable para los ejércitos turcos debido a su inaccesibilidad, que impedía el paso de grandes ejércitos y, sobre todo, la desenvoltura de la peligrosísima artillería turca. Fraguó alianzas con la mayoría de nobles que resistían al sultán, y entre ellos estaría el príncipe rebelde valaco, y más tarde voivoda, Vlad III Draculea, quien tomó a Skanderbeg como principal ejemplo de gobernante y caudillo militar.

Pero no fueron las alianzas con la nobleza balcánica ni transilvana, ni con el papado, ni siquiera con la poderosa Venecia, las que más apoyaron la lucha de Skanderbeg contra el turco. Fue la ayuda aragonesa. En efecto, catalanes y aragoneses llevaban pululando por el Mediterráneo con fines comerciales y militares desde el siglo XII, y a comienzos del siglo XV, el rey de Aragón, Alfonso V, llamado el Magnánimo, rey de Sicilia (desde 1416) y Nápoles (desde 1448), vio con preocupación el avance imparable turco. Antes incluso de la toma de Constantinopla en 1453 por los turcos, decidió el rey aragonés dar apoyo incondicional, en tropas y oro, al rebelde albanés Skanderbeg, a quien concebía como campeón y vanguardia de la cristiandad contra los otomanos.

Así, en 1450, Skanderbeg propinó la primera gran derrota a los ejércitos turcos, cuando el sultán Murat II quiso acabar con la molesta resistencia albanesa sitiando la fortaleza de Krujë. El sultán reunió 150.000 hombres que intentaron acabar con 1500 defensores, mientras tropas comandadas por el propio Skanderbeg, muy posiblemente de tipo stratiotët (castellanizado “estradiote”), mermaban de manera contante la retaguardia del ejército sitiador. Después de dos meses de asedio, la moral turca estaba acabada, y el sultán hubo de reconocer su derrota y retirarse. Pero tras la muerte de Murat II en 1451 y la subida al trono del enérgico Mehmet II, conquistador de Constantinopla y de los últimos reductos bizantinos, volvieron los ejércitos otomanos a los Balcanes con renovada fuerza. Grande fue la derrota sufrida por Skanderbeg cerca de la ciudad costera de Vlorë en 1455, en la que cayeron los soldado del rey de Aragón, lo que sirvió de acicate al rebelde albanés en su ansia por vencer a los otomanos a la par que en aumentar su prudencia en combate.

Los subsiguientes enfrentamientos entre rebeldes albaneses, ayudados por el rey de Aragón y el papa, quien concedió el título de Athleta Christi (campeón de Cristo) a Castriota, y los otomanos, se resolvieron en estrepitosas derrotas para éstos últimos, como la acaecida entre las localidades de Lezhë y Krujë en 1457. La situación desembocó en un acontecimiento (y he aquí la importancia de las pequeñas historias) sin parangón: en 1461 fue el mismo sultán quien se vio obligado a proponer la paz al rebelde Castriota, al que ellos mismos habían llamado Skanderbeg.

Durante este período de relativa paz con los otomanos, Castriota decidió devolver a la casa aragonesa de Nápoles la tan inestimable ayuda que éstos le habían prestado durante casi 20 años contra los turcos, y durante el conflicto entre aragoneses y angevinos por el Reino de Nápoles, el rey Fernando I (o Ferrante) recibió el apoyo incondicional de las tropas albanesas, estradiotes en su mayoría, que a partir de ese momento se convertirían en elementos fundamentales de los ejércitos aragoneses, de la Monarquía hispánica después, y finalmente del Imperio español.

Mehmet II volvió en 1466 a intentar acabar con Skanderbeg y su principal núcleo de resistencia sitiando la fortaleza de Krujë, cuyo resultado no fue mejor que el obtenido por su padre, Murat II, 16 años atrás, y, pese a haber ganado el sitio de Constantinopla, Mehmet tuvo que retirarse tras meses de asedio y constantes y devastadores ataques de los estradiotes albaneses. El sultán dejó a cargo del asedio a Ballaban Pasha, quien intentó crear una red de abastecimiento marítima para ayudar a los sitiadores, pero que se vio inutilizada por las fuerzas navales enviadas por el rey aragonés de Nápoles, Fernando I.

Skanderbeg
Moneda albanesa acuñada con el rostro de Skanderbeg

Un año después, en 1467, comenzada la que el sultán creía que sería la campaña definitiva contra Skanderbeg, el rebelde albanés contrajo la malaria y cayó sumamente enfermo, lo que le obligó a dejar el mando rebelde en manos del noble albanés Leke Dukagjini, quien, mantendría en jaque a las tropas otomanas otros 10 años, hasta 1478, cuando, finalmente, cayó la fortaleza de Krujë en su cuarto asedio otomano. Skanderbeg murió por enfermedad en enero de 1468, en la ciudad de Lezhë (actual Albania).

Jorge Castriota, o Gjergj Kastrioti, llamado Skanderbeg, fue capaz de aguantar el empuje otomano durante casi 25 años, forjando su propia leyenda y configurando la idea de nación en torno a la lucha contra el turco. Fue un aliado incondicional de Aragón y sus monarcas, además de defensor de la fe cristiana y del papado. Todo ello no impidió a los turcos que saquearon su tumba en Lezhë, hacer amuletos con sus huesos con la creencia de que les protegerían, que les darían valor y fuerza en la batalla.

La actual Albania, que sus habitantes conocían a finales del siglo XV como Shqipëri, fue anexionada al Imperio otomano en 1480, aunque muchos de sus habitantes siguieron la resistencia contra el turco, no pocos en las filas de los ejércitos hispánicos. En la actualidad, Skanderbeg está considerado como padre de la nación albanesa pese a ser más del 60% de la población musulmana. Su efigie puede verse hoy en las plazas de las principales ciudades albanesas: Tirana y Prístina.

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