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San Nicolás: el santo desantificado en Occidente

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Hace ya unos años publicaba en Hombre en camino unas líneas dedicadas a los Magos de Oriente que aparecen en el evangelio de san Mateo, y que han pasado al imaginario popular, al menos de los países de habla hispana, con la denominación de Reyes Magos. En dicho artículo intentaba desmitificar la figura de dichos Sabios, dándoles un sentido histórico y espiritual. Pero además, hacía una breve referencia a la figura de Santa Claus, representante por excelencia de los grandes almacenes y marcas de refrescos estadounidenses, prometiendo que, andando el tiempo, dedicaría alguna otra línea al amable vejete. Lo cierto es que no sabía por dónde empezar.

Y en efecto, no sabía por dónde empezar, pues la figura de Papa Noel, o Santa Claus está tan cargada de sincretismo, extrapolaciones y efectos de campañas publicitarias que ni en un volumen monográfico podría abordarse su trasfondo sociológico y etnográfico debidamente. Pero, después de una grata visita a la Parroquia de Santa María Magdalena, perteneciente a la Iglesia Ortodoxa Rusa (Patriarcado de Moscú), en Madrid, donde pude apreciar algunos preciosos iconos de san Nicolás de Myra (o de Bari según la tradición occidental), y por culpa, también, de la insistencia de una bella y testaruda joven, decidí intentar hacer un esbozo de un resumen de la conformación de Papá Noel/Santa Claus en Occidente.

En primer lugar, pues, debemos señalar una tradición de la religión romana que poco tiene que ver con nuestro protagonista, pero sí con una costumbre navideña: la de hacer regalos. Los Saturnalia eran una festividad romana, de raigambre etrusca, como apunta el estudioso de la religión romana Jean Bayet, y de significado marcadamente agrario, que radicaba en la realización de banquetes de fin de año para propiciar el que estaba por llegar, además de en la “consumición agrícola y de regalos”, en palabras de Bayet. Pues bien, esta festividad era una de las más apreciadas por los romanos, quienes, enmarcados en un calendario religioso centrado en los sacrificios y la guerra, tenían un respiro de alegría y fraternidad.

Por otra parte, debemos adentrarnos en la figura de san Nicolás de Myra, obispo nacido en la romanizada Asia Menor en el siglo III d.C., y que, desde muy joven, demostró una gran caridad con todos los que le rodeaban, comenzando por donar la fortuna que había heredado de sus padres entre los más pobres. Según la hagiografía escrita por san Metodio, patrón de los eslavos junto a san Cirilo, sufrió persecución y cárcel por el emperador Licinio, siendo liberado por el emperador Constantino, favorable a la religión cristiana, quien en el año 312 d.C. levantó la proscripción a la misma, haciéndola legal, mediante un edicto imperial dado en Milán. Una vez liberado, san Nicolás peregrinó a Tierra Santa, volviendo después a su tierra natal, donde se le nombró obispo, y llevó a cabo una labor pastoral sin límites en la ciudad de Myra, destacando su labor con los más pobres, y, de entre estos, con los niños. Participó, además, en el Concilio de Nicea de 325, que presidió el emperador Constantino, en cuyas listas aparece su nombre, destacándose como uno de los principales opositores a las doctrinas de Arrio y defensor de la ortodoxia. Murió en torno 343 d.C. Mucho más podríamos decir sobre san Nicolás, aunque poco se sabe de cierto, si bien cabe señalar que se cuentan por miles los milagros e historias que circundan su persona, ya desde el mismo siglo IV d.C. hasta la actualidad. La veneración que en el Oriente cristiano se le tiene hace que sus celebraciones se pongan a la altura de las dedicadas a los Apóstoles.

San Nicolás
San Nicolás y Santa Claus

En lo que se refiere a la costumbre de los regalos, decir que, tras su muerte, la veneración a san Nicolás se extendió como la pólvora dentro del Imperio cristiano. En época del emperador Justiniano se había extendido ya hasta los confines de Irlanda. Así, en torno a la fecha de su muerte la gente comenzó, de manera espontánea, a imitar la labor caritativa del santo obispo, especialmente con los más pequeños. Algunos afirman que no es más que una cristianización de una fiesta pagana (los Saturnalia), una de las interpretaciones posibles, pero hay que señalar que entre la fiesta cristiana de san Nicolás y los antiguos Saturnalia romanos mediaban 11 días. Por otra parte, podría plantearse que la propia costumbre romana perviviera en el obispo, pero éste no la institucionalizó, sino que fue mucho después de su muerte cuando comenzó a hacerse. ¿Podría ser, entonces, una recuperación cristianizada de la costumbre romana? No es descabellado pensarlo, pero es difícil explicar que la tradición se recuperara en lugares en los que antes no había existido, como Irlanda, y donde la Iglesia romana apenas tenía presencia, ya que era el cristianismo celta quien había llevado a cabo la evangelización sin un sustrato romano anterior. Por ello, se puede apuntar con bastantes visos de verosimilitud que fue la costumbre inspirada por la labor caritativa del venerado santo de Myra la que institucionalizó la costumbre de regalar bienes por estas fechas. Otros la han achacado a las dádivas que portaban los Magos para el Niño-Dios en el evangelio de san Mateo, también posible.

En cuanto a la figura de Papá Noel/Santa Claus, debemos prestar atención a los pueblos germánicos, quienes se cristianizaron de manera más tardía en las épocas tardoantigua y altomedieval por varias razones, como su proceso migratorio, su religión y creencias propias sumamente definidas y diferenciadas del cristianismo y su falta de sustrato romano. Así, muy posiblemente, el dios germánico Godan (el Odín escandinavo), principal deidad de panteones como el longobardo, pudieron influir en la imagen de san Nicolás asimilada por estos pueblos, ya que este dios se camuflaba como un anciano barbudo y, en ciertas fechas, caminaba entre los hombres, prestándoles su ayuda. Aquí entroncaríamos también con otra mitología, aunque más moderna: la ideada por J. R. R. Tolkien, concretamente en la figura de Gandalf el Gris. Pues bien, esa imagen sincrética de san Nicolás tomaría en cada lugar un matiz distinto, dependiendo de cada tradición cultural, al tiempo que denominaciones diferentes, destacando la figura holandesa del Sinterklaas. Esta derivación de la mezcla entre el personaje cristiano (san Nicolás) y los determinados personajes de la mitología germánica fue lo que en el siglo XVIII llevaron los colonos holandeses al Nuevo Mundo, y concretamente institucionalizaron en Nueva Ámsterdam, más tarde bautizada como Nueva York. Los colonos británicos y sus descendientes, siguiendo su costumbre de ridiculizar las tradiciones de aquéllos que les rodeaban, caricaturizaron la figura del Sinterklaas holandés dando origen a la figura más parecida a la actual, en estética y nombre (Santa Claus), allá por el siglo XIX, y que más tarde, cierta empresa de refrescos, ya en el siglo XX, se encargaría de utilizar en sus campañas publicitarias.

Es de entender que en la cultura rusa de hoy se siga celebrando a san Nicolás de la manera que se hacía en el Imperio bizantino, ya que el Telón de Acero preservó, para bien y para mal, al pueblo ruso de la cultura del consumo exportada por los Estados Unidos durante la Guerra Fría a todo Occidente. Y por ello, en la actualidad una de las figuras más representadas en la Navidad es este personaje vejete, regordete y barbudo, vestido de rojo, que es producto de posibles tradiciones romanas, además de la mezcla de un santo cristiano histórico con figuras mitológicas germánicas, caricaturizado por los colonos británicos y reinventado por la gran industria del consumo estadounidense. Así es, pues, cómo ha evolucionado la figura de un hombre real, que hacía regalos a los más desfavorecidos de entre los pobres, a un personaje más mitológico que religioso, portador de regalos para los “niños buenos”.

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