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Reflexiones de un historiador católico, o sobre la Navidad

Antonio Miguel Jiménez Serrano


En estos tiempos que corren, difíciles no por la dureza de la vida, sino por la dureza de la casi extinta alma occidental, poco más se oye de la Navidad que “se gastará entre x e y…”, “la mejora de la economía…”, “las comidas en exceso…”, “los desplazamientos…” y pamplinas varias que llevan sonando en los grandes medios de comunicación desde que estos, por desgracia, viven. Mucho podría decir, como cualquiera con dos dedos de frente, sobre el consumismo galopante que circunda unas fechas en las que debería tenerse en consideración la pobreza del que nada tiene, y la soledad quien nadie acompaña. Pero no voy a hablar de eso. Me dispongo a realizar una reflexión sobre la formación de una fiesta espiritual y humanamente cálida que el relativismo moral ha conseguido vaciar de contenido, y uno de sus hijos más terribles, el capitalismo extremo, ha infectado de una forma nauseabunda.

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La Navidad, o la celebración del nacimiento del Dios-Niño, está cargada de un significado y un simbolismo que, en su origen, no reflejaba sino la potencia más benigna del alma humana. Es indiferente que el día original en el que acaeciera el gran acontecimiento fuera nuestro actual 25 diciembre, o las calendas de febrero romanas, o el mes de Nisan judío… Da igual. Es más agudo el pensamiento de aquél que no centra su interés en la mera exactitud de las fechas, y mira más allá, hacia el significado teológico y antropológico que hay detrás del enunciado “Nacimiento de Jesús”. La idea cristiana de un Dios que toma la carne del hombre en su totalidad, para poder sentir lo que el hombre siente, ya sea injusticia, pobreza, hambre o guerra, significó una revolución para la mentalidad humana de todos los tiempos. Aun lo es hoy para quien se molesta en pensarlo… Pero la gente ya no piensa. La festividad del nacimiento del dios nórdico Frey, que el islandés Sturluson colocó en las mismas fechas en que los cristianos celebraban la Natividad de Cristo enunciaba, también, las dádivas del renacimiento de la vida, eso sí, desde una posición demasiado elevada para que Frey sintiese lo mismo que el hombre. El Dios-Niño, sin embargo, sintió la pobreza, el exilio, el frío o la incomodidad, elementos radicalmente contrarios a la idea que el hombre tenía de divinidad.

Sea como fuere, la historia del Dios-Niño que creció y entregó su vida por sus amigos recorrió un mundo en cuya mentalidad la pobreza y la humildad no eran lo propio de la divinidad. Y pese a que Sidarta Gautama extendiera en la lejana India ciertos comportamientos espirituales en esa misma línea, su objetivo no era otro que alcanzar el bien personal, y no el Bien, con mayúsculas, y la unión con lo divino.

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Fue entonces cuando los seguidores del Dios que se había hecho niño conquistaron un Imperio, establecido entre dos mundos que hoy conocemos como Oriente y Occidente. Así, los habitantes del mismo, adquirieron una nueva mentalidad, la cristiana, que asentaron sobre una base preexistente grecorromana. Costó mucho, así, que quienes poseían dicha mentalidad pudieran comprender que el Dios al que adoraban era, a la vez, hombre, y ello originó que las festividades en que se celebraban el Nacimiento y la Muerte-Resurrección de Aquél tuvieran fechas. Se establecieron, así, estos parámetros para el entendimiento humano en una época en que los medios para conocer el pasado eran, como poco, precarios. Pero no por ello se dejó de creer, más al contrario. Ya en el siglo IV después del nacimiento de Cristo, san Gregorio Nacianceno, conociendo la gran alegría y devoción que en el pueblo originaba la celebración de la Natividad del Dios-Niño, propuso lo que en la Antigüedad, presta a acabar ya por entonces, era símbolo del amor y la fraternidad humana: el banquete. Compartir alimentos, tan preciados por aquél entonces (hoy, según los últimos datos, se desperdicia un 25% de los alimentos, pena da decirlo…), frutos del trabajo y el esfuerzo humano con el resto de la comunidad, propiciaba el estrechamiento de lazos fraternales a causa del desapego a los bienes. Este fenómeno sería bien acogido por el elenco de reinos germánicos que vieron, sin duda, la calidad espiritual de la celebración, aunque, bien es verdad, cambiarían los ingredientes del mismo: si en Asia Menor o Grecia eran los frutos de la tierra lo que se compartía, en el Norte serían los frutos del esfuerzo guerrero, es decir, la caza, lo presente en la mesa, acompañado de no poca cerveza.

Con sus más y con sus menos, la celebración del Nacimiento del Dios-Niño siguió hasta la Modernidad, y ya en los albores del siglo XIX, concretamente el 24 de diciembre de 1899, a poco de acabar con un siglo digno de recordar, especialmente en las horas más bajas del que seguiría, un buen hombre y científico, aun joven, llamado Walter Andrae, uno de los arqueólogos más importantes de la historia de Oriente, brindaba con su mentor, el gran Robert Koldewey, cerca de Babilonia, con unos vasitos de grog de whiskey, en celebración del Nacimiento del Dios-Niño. Otra vez, de nuevo, Oriente y Occidente se unían, dos arqueólogos alemanes en las ruinas de Babilonia, brindando por la Navidad, sin otro objetivo que celebrar un acontecimiento sin parangón en la Historia entre Oriente y Occidente: la Navidad.

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