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Pedro el Grande

Antonio Miguel Jiménez Serrano


A continuación podría hacer una brevísima historia de Rusia, desde los ruríkidas hasta los romanov, y enmarcar la figura del zar Pedro en el momento del cambio, pues fue aquél quien, sin duda, convirtió a Rusia en una gran potencia europea. Pero prefiero centrarme en su imagen y hechos.

En efecto, Rusia era tomada en el ámbito moderno europeo como una nación más de carácter periférico, bárbaro y exótico, que como un auténtico poder a tener en cuenta. Cierto es que la personalidad de la nación rusa tuvo que formarse a raíz de las últimas y bestiales invasiones mongolas y tártaras, esto es, a finales del siglo XV, lo que podríamos situar como muy tarde, pues en esta época tanto españoles como franceses ingleses y alemanes tenían ya unas estructuras muy asimiladas a su identidad. Por decirlo así, Rusia, o como era entonces, el Gran Ducado de Moscovia, llegó tarde. Aun así consiguió expulsar a los invasores y construir y reino fuerte, que fue apuntalado decisivamente por Iván III el Grande y su nieto, Iván IV el Terrible.

Pese a ello Rusia seguía aislada. Los zares, tanto los último ruríkidas como los primeros romanov no se platearon la expansión territorial, y si lo hicieron fue muy tímidamente; la religión ortodoxa impedía que cualquier otra influencia religiosa entrara por sus fronteras, ya fuera protestantismo por Escandinavia y Alemania, catolicismo por Polonia e Islam por el Cáucaso y Crimea, lo que produjo un enorme retraso intelectual, además de técnico.

Todo cambió con el matrimonio del zar Alexis y Natalia Naryshkina, perteneciente ésta a una rica familia de boyardos de ascendencia tártara, que, por suerte, demostró ser una mujer muy poco rusa, ya que era culta, curiosa y se interesaba por el saber. De este matrimonio, segundo del zar, nacieron tres hijos, de los cuales Pedro, el primero, daría mucho que hablar en la corte de Moscú. Por otra parte, el gran amor que Alexis sentía por Natalia, le llevó a este a comenzar una legislación de suavización de las férreas normas religiosas, culturales y étnicas que habían marginado fuertemente cualquier atisbo de crecimiento cultural, económico y tecnológico procedente del intercambio con los “occidentales”. Pedro vivió aquello como una revolución positiva, y se prometió a sí mismo que los bienes de Occidente llegarían tarde o temprano a su país.

Tras la muerte de Alexis en 1676 y un muy turbulento periodo en el que el trono moscovita fue ocupado por quienes tenían el apoyo de los streltsy (guardia de Korps creada por Iván el Terrible), Pedro se hizo fuerte. Con sus algo más de dos metros de altura, Pedro había dedicado su infancia a aprender y a luchar, únicamente, y con un anhelo que casi llegó a consumirle, navegar. Pedro encabezó aquella facción rusa que, por una parte, detestaba a los streltsy y que además veían en Pedro el cambio que Rusia necesitaba, la sangre nueva, la renovación. Así, Pedro se convirtió en único zar en 1688 (no como en 1682 que reinó como niño junto con su inútil hermanastro Iván), con dieciséis años, y obtuvo la fidelidad de casi todos los colectivos.

Streltsi

Pedro, así, comenzó a rodearse de algunos de los mejores hombres en sus respectivos campos que pisaban suelo ruso, y, en este caso, eran casi todos extranjeros. Junto con los príncipes y nobles rusos, jóvenes que fueron sus amigos en la infancia u hombres experimentados que sirvieron fielmente a su padre y veían en Pedro la fuerza de éste, el joven zar formó un equipo con suizos, alemanes, escoceses y holandeses que habitaban y trabajaban en el “suburbio alemán” de Moscú, con el único objetivo de convertir a Rusia en una potencia europea, culta y moderna. Llevó a cabo todo tipo de políticas en todos los campos, liberalizando el comercio con extranjeros, eliminando duras e inútiles normativas, fomentando la investigación y el desarrollo que él mismo encabezó, como hizo tanto en los astilleros rusos como holandeses.

Pedro fue un visionario, que viajó por Europa viendo hasta dónde había llegado el mundo mientras en Rusia estaban tan atrasados. A Pedro ya no le valía vestir “a la alemana”, quería vestir Rusia “a la Europea”. Pero ante esto los sectores más reaccionarios se le opusieron, destacando a los streltsy, a quienes Pedro ya había perdonado varios intentos de derrocarle. Pero harto de esos lastres que intentaban anclar a Rusia en una época que se había demostrado muerta, el zar exterminó a los streltsy y puso a sus regimientos “a la europea”, los Preobrayenski y Simeonosvki, únicos que habían sostenido el empuje sueco en Narva, como sus “guardias del pretorio”.

Pedro dio a Rusia puertos y barcos, un ejército profesional, cultura, educación, territorios, incluso espiritualidad… Pero lo más importante que Pedro regaló a Rusia fue un lugar privilegiado en el ámbito internacional europeo que, ni aún hoy, ha dejado.

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