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Los hunos: nómadas entre imperios

Antonio Miguel Jiménez Serrano

Este pueblo es, en efecto, uno de los más interesantes y desconocidos de la estepa euroasiática, y nosotros, como occidentales que somos, por desgracia sólo los conocemos en el ámbito de las invasiones bárbaras y la decadencia de Roma, y más concretamente a través de los cronistas tardíos y altomedievales que sufrieron sus correrías o escucharon sus historias. Así, encontramos los textos de Amiano Marcelino y Jordanes, cronistas e historiadores de los siglos IV y VI d.C., cuya información y visión de los hunos está totalmente deformada por el mito y la leyenda, afirmando aquél, por ejemplo, que descendían de un raza engendrada entre brujas y espíritus inmundos, y que su aspecto inspiraba temor.

El pueblo huno, denominación que les otorgaron los propios cronistas que de ellos escribieron, tanto romanos, como chinos y persas, fue una confederación de tribus turco-mongolas que por su carácter nómada y la hostilidad del terreno del que procedían, tenían una visión del mundo que les rodeaba basada en la fuerza, la resistencia y la adaptación. Su origen es todavía desconocido, pues al ser nómadas la Arqueología no ha podido arrojar luz sobre el mismo. Sí sabemos que procedían de la estepa, y que posiblemente tendrían una lengua altaica, pues no conocían la escritura. Su sociedad se basaba en un sistema tribal en el que se elegía como caudillo al guerrero más poderoso de la tribu. Sus movimientos poblacionales se determinaban por la caza, lo que muchas veces provocaba el enfrentamiento con otras tribus. Podemos ver la importancia de la misma en el mundo huno a través del mito que Jordanes transmite del descubrimiento de Escitia y las tierras del Oeste por unos cazadores hunos:

Unos cazadores de este pueblo, cuando estaban, como de costumbre, al acecho de sus presas en la ribera del otro lado de la Meótida (Mar de Azov), observan que se les presenta de repente una cierva, se mete en la laguna y, avanzando unas veces y parándose otras, parece que les va mostrando un camino. Los cazadores la siguieron y así atravesaron a pie la laguna Meótida, que hasta ese momento consideraban tan infranqueable como el mar. Pero tan pronto como apareció ante estos desconocidos la tierra de Escitia, la cierva desapareció. | Jordanes, Getica, XXIV

Atila

Tras una etapa de gran crecimiento demográfico en los inicios de nuestra era, los hunos comenzaron a entrar en contacto con las grandes civilizaciones antiguas de muy diversas maneras, donde destaca la militar, y, en menor medida, la comercial, pues tenían gran pericia en el tratamiento de las pieles. De este modo, los hunos, no sólo fueron hacia Occidente, sino que desde las estepas, y mientras se cuajaba el poder de una incipiente nobleza surgida de la élite guerrera, estos grupos tribales, aunados por varios caudillos, comenzaron a llevar a cabo importantes campañas de saqueo tanto en el Imperio chino, como después los hunos blancos o heftalitas en el Imperio kushán y sasánida. Su pericia guerrera iba en aumento, y nadie les superó en la artesanía del arco ni en montar a caballo. El arco compuesto huno fue, con diferencia, la mejor arma que este pueblo desarrolló, mucho más trabajado, fuerte y resistente que cualquier otro. Y así, junto con el éxito de las campañas, el botín de los caudillos aumentaba, y la confederación se hacía más y más grande.

Arcos

De esta manera, ya con los ojos puestos en Occidente, vemos a los hunos vencer a los alanos a mediados del siglo IV d.C., asentarse en las costas del Mar de Azov, como Jordanes indica, en 374, venciendo, y anexionando a la gran confederación, a los ostrogodos y empujando a los visigodos en 376 a los límites del Imperio. Forjando, además, un fuerte liderazgo, el rey Rua o Roas cruzó el Danubio en torno al 430 aprovechando la situación de caos que habían propiciado con los visigodos en los Balcanes y los alanos en el interior del limes renano. Y así, tras la muerte del rey Roas, suben al trono sus sobrinos, Bleda y el tan afamado Atila, “azote de Dios” y del Imperio. Los hermanos llevaron a cabo una política de hostigamiento a la parte oriental del Imperio, ya dividido por Teodosio, llegando incluso a sitiar ciudades, y obligando a hacer pagar al emperador enormes sumas de oro a cambio de paz. Estos nuevos caudillos hunos ya no eran los jefes tribales de antaño; Atila y Bleda eran dos estrategas, dos políticos, dos jefes militares cuyo objetivo era llevar la gloria y la grandeza a su pueblo.

Y tras la muerte de Bleda, Atila se adentró con sus tropas invictas en el corazón de Europa… Esta confederación de pueblos que aglutinaba hunos, ostrogodos, hérulos, gépidos, turingios, lombardos y vándalos entre otros, se enfrentó en 451 a las fuerzas romanas comandadas por Flavio Aecio, “el último romano”, y sus aliados bárbaros, donde destacaban visigodos y francos, en los Campos Cataláunicos, recibiendo Atila la primera derrota militar de sus campañas. Tras esto, en 452, marchó hacia Roma saqueando todo a su paso, pero alguien se interpuso en su camino, el papa León Magno. Sin saber porqué, Atila dio media vuelta y se retiró. Murió en 453, y con él su imperio.

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