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Los hombres de las largas barbas

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Desde que el historiador irlandés Peter Brown iluminara al mundo académico mediante la denominación del período que ya conocemos oficialmente como Tardoantigüedad, o Antigüedad tardía, uno de los pilares básicos en el estudio del período ha sido la afirmación del carácter sumamente abierto de las etnogénesis acaecidas en el mundo posromano. Este “aperturismo” llevado a cabo por la nueva historiografía repele la teoría decimonónica sobre los “pueblos bárbaros”, a los que caracterizaron como cerrados étnica y políticamente, y culparon de avanzar sobre las “ruinas de la decadente parte occidental del Imperio romano”. Por suerte, esta visión está más que superada, pues, como ya sabemos, numerosos pueblos germánicos, y algún que otro pueblo estepario e iraní, llevaban más de uno y dos siglos en contacto con los romani, ya fueran de Occidente u Oriente.

El caso de los longobardos, denominados con posterioridad “lombardos” por la palatalización del fonema “g”, fue distinto, ya que aparecieron de forma repentina y tardía en el marco de la Tardoantigüedad, al contrario que godos, francos, vándalos o burgundios, nombrados repetidamente en las fuentes bajoimperiales. Además, es interesante señalar cómo, al igual que los demás pueblos germánicos, los longobardos son mencionados en las fuentes altoimperiales, desapareciendo repentinamente, para volver a hacer acto de presencia a finales del siglo V. En cuanto a su propia historiografía, contamos con dos obras esenciales: la Origo gentis Langobardorum (Origen de los longobardos), del siglo VII y autor anónimo, y la Historia Langobardorum (Historia de los Longobardos) del siglo VIII y autoría de Pablo Diácono.

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Estos datos, es decir, la existencia del periodo de “desaparición” de los longobardos de la “historia oficial” y la postrera aparición de una “historia nacional”, nos indican, en primer lugar, la convulsa situación de entre los siglos II y V en el limes germano, y en segundo lugar, el asentamiento de la gens Langobardorum, en el norte de Italia, definitivamente, además del surgimiento del reino Longobardo. Intentaremos explicar esto más claramente y de la forma más breve posible.

Las fuentes están de acuerdo en que, al igual que godos y vándalos, los longobardos eran una tribu de origen Báltico, que de forma parecida a los grupos ya nombrados emigraron en torno a los siglos I a.C. y I d.C. Pero no lo hicieron homogéneamente, sino que cada grupo clientelar siguió a su caudillo, al más puro estilo germánico, llegando el grupo principal a los contornos del río Elba, en la Germania interior más recóndita. Fue por ello que en los siglos I y II aparecieron en los textos latinos los longobardos, siendo enmarcados en diversas agrupaciones étnicas como suevos o marcomanos, dentro del contexto de las campañas germanas.

Cruz longobarda en oro

Destacar que tras la última conquista romana (Dacia), comenzó el proceso de consolidación de los grandes poderes germánicos, a raíz del estancamiento del imperialismo romano, lo que se traduce en guerras extra limites (fuera de las fronteras), de godos contra vándalos, vándalos contra longobardos, suevos contra francos, godos entre sí, y un largo etc. Pero el continuo goteo de nuevos agentes de cambio, como los hunos o los alanos, y su empuje sobre tribus germánicas situadas al este (ostrogodos, hérulos, gépidos, vándalos…) introdujeron un nuevo factor para el desarrollo de estos poderes, cada vez más romanizados (e incluso cristianizados). Así, los determinantes conflictos acaecidos en el siglo V mantuvieron a los longobardos alejados del panorama romano. Sería ya tras el establecimiento del reino ostrogodo, por Teodorico el Grande, cuando encontramos a los longobardos en la Panonia, fuertes, con una monarquía electiva que se había formado y fortalecido con la integración en la gens Langobardorum de pueblos como los turingios, y con un ejército formado por efectivos tanto propios como de pueblos vencidos (gépidos, sármatas, suevos e, incluso, romanos de las provincias danubianas). Así, aprovechando las consecuencias de la Guerra Gótica, en la que ostrogodos y bizantinos lucharon por Italia, comenzaron los longobardos su propia gesta, guiados por el monarca Alboin, en torno a 567, tomando Mediolanum (Milán) en 569.

Este fue el origen del gran reino lombardo que establecería más adelante su capital en Pavía, amén de los ducados de Spoleto y Benevento, ya en el siglo VII, además del origen de su “historia nacional”, pues en este momento se redactó la arriba citada Origo gentis Langobardorum, donde se cuenta, aun estando ya cristianizados, que fueron las largas barbas de estos bravos hombres, en honor a Godan (Odín), las que dieron la denominación a este pueblo, anclando, así, su origen mítico, y el de su poder, en el mismo “Padre de Todos”. El reino lombardo llegaría a su fin bajo los auspicios de los francos carolingios, en el año 774.

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