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Los héroes que resistieron al “gigante rojo”

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Entre los años 1939 y 1940, tras las constantes violaciones nazis de tratados como los de Versalles o Múnich, el ojo europeo en la esfera internacional estaba fijo en el nuevo III Reich alemán. Hitler, tras conseguir una antinatural paz con la Unión Soviética de Stalin mediante el pacto Mólotov-Ribbentrop, consciente del peligro que entrañaba abrir dos frentes, viró rumbo al norte escandinavo, concretamente hacia Noruega, pues sus numerosos puertos y su posesión de mineral de hierro eran estratégicos para avanzar sobre el resto de Europa, y más allá. A su vez, Rosenberg, encargado de la propaganda nazi en el extranjero, esbozó a Hitler la idea de unir a toda la raza germano-nórdica bajo el “liderazgo natural de Alemania”, lo que insuflaba la conquista alemana de Noruega de un halo místico-religioso, mucho más elegante que el mero interés estratégico. Por ello, Finlandia, integrada por una aplastante mayoría étnica ugro-finesa, y con alguna población rusa, quedaba fuera de los planes del führer. Pero si quedaba fuera del plan adquisitivo alemán, no sería así en el soviético.

Efectivamente, Iósif Stalin llevaba esperando la anexión de Finlandia desde la Revolución de Octubre de 1917, momento en que los fineses se habían independizado con ayuda del Imperio alemán, saliendo de las fronteras establecidas por los zares. No se hizo esperar. Tras el comienzo de las operaciones alemanas en Escandinavia, el líder soviético comenzó una campaña de guerra diplomática en la que pedía al gobierno finés una serie de concesiones que significarían la ruina del mismo, como el retroceso de la frontera en el istmo de Carelia, la cesión de ciertas islas en el golfo de Finlandia y el usufructo de los dos puertos finlandeses más importantes: Pechenga y Hango. Como afirmó Winston Churchill, Primer Lord del Almirantazgo británico por aquél entonces, los rusos alegaban que la primera de las peticiones tenía como objetivo dejar Leningrado fuera del alcance de la artillería enemiga, pero ¿qué enemigos? Alemania era su aliada, aunque efímera, y Polonia ya no existía, y no había nadie más en Europa dispuesto a molestar a la todopoderosa URSS. El alto mando soviético, con Stalin a la cabeza, estaba preparando la guerra definitiva, y Finlandia era el primer paso. Tanto el control del istmo como de las islas y los principales puertos (siendo Pechenga el único puerto que no se congelaba del océano Glacial Ártico, y Hango el “Gibraltar” del golfo de Finlandia) indicaba claramente que los soviéticos estaban llevando a cabo un avance de posiciones, intentando controlar el mar. Pero los finlandeses no aceptaron dichas peticiones. Éstos movilizaron a las tropas finesas, con sus famosos jäger (cazadores) entre ellas, y Stalin mandó movilizar al ejército de la Madre Patria.

Los héroes que resistieron al gigante rojo

Hitler había conseguido hacer crecer inmensamente su ejército por encima de los límites impuestos en el Tratado de Versalles, tanto en número de efectivos como de armamento, en número y tonelaje de acorazados, e, incluso, la formación de una excelente fuerza aérea, y había anexionado Austria, Checoslovaquia y Danzig, sin recibir represalia internacional alguna, solo avisos y amenazas vacías, utilizando la excusa del “espacio vital” alemán. ¿No podría Stalin reclamar una tierra que perteneció a la Gran Rusia de los zares? ¿No podría recobrar parte de ese “espacio vital” en el que también habitaba población rusa?

Así, el 30 de noviembre de 1939, el “gigante soviético” atacó la frontera finlandesa con su inmenso ejército sobre ocho puntos distintos, como recordaba Churchill, divididos en dos frentes: el oriental, más amplio, y el istmo de Carelia, al sur de Finlandia, sumamente estrecho, acompañado de constantes bombardeos de aviación. Curiosamente el resultado fue inesperado para todos. El estupor y la indignación de los países de la Sociedad de Naciones, de la que sería expulsada la URSS por esta acción, mudó a sorpresa y alegría al ver cómo el casi millón de soviéticos retrocedía ante la encarnizada resistencia de apenas doscientos mil fineses. Éstos, mejor preparados, entrenados y equipados, conscientes de que lo que estaba en juego era el hogar, hicieron de la “línea Mannerheim”, en el istmo de Carelia, su particular desfiladero de las Termópilas. Debió ser angustioso para el mayor de todos los camaradas ser testigo de la vuelta de divisiones vapuleadas por un ejército escaso de blindados, artillería y aviación. Y así estuvieron semanas, aguantando el mortal invierno finlandés.

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Pero, al igual que los trescientos espartanos de Leónidas, los finlandeses no pudieron seguir su férrea resistencia ante semejante ataque sin refuerzos. Las tropas prometidas por Francia y Gran Bretaña llegaron tarde por circunstancias ridículas, como respetar la neutralidad noruega y sueca (sumamente cuestionable la primera) para que dichas tropas pudieran atravesar sus territorios. Los efectivos soviéticos se renovaban constantemente, y los finlandeses se encontraban agotados ya en febrero de 1940. Pero la suerte estuvo de su parte. Stalin tuvo miedo de mostrar al mundo las flaquezas del ejército soviético, y presentó al gobierno finlandés, el 12 de marzo de 1940, unas condiciones de paz que éstos no dudaron en aceptar, creando, con ello, una leyenda.

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