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Los héroes de juventud

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado

Hay libros que marcan una vida. Servidor apenas pasa de las dos décadas, sin embargo, puedo decir orgulloso que hay varias obras que han ayudado a conducir mis pasos por este mundo. Rápido vienen a mí cabeza El Camino, El Quijote, El Lazarillo… pero también recuerdo, siempre con especial cariño, el título Naves negras ante Troya, una adaptación juvenil de la Ilíada que despertó en mi el amor por la cultura clásica, los mitos, y las historias de aquellos guerreros que lucharon ante las murallas de Ilión durante 9 largos años.

Áyax fue uno de los personajes que descubrí en las ilustradas páginas de aquella novelita; y el dibujo que mostraba a un poderoso guerrero defendiendo los barcos griegos de los ejércitos troyanos con una larga pica fue, durante mucho tiempo, protagonista de ensoñaciones épicas.

La figura de Áyax destacaba entre las filas griegas. Cuenta la tradición que su tamaño era superior al de la mayoría de los soldados y no era difícil distinguirlo en primera línea de la batalla. Dicen que su valor y fiereza en la batalla solo se encontraba por detrás de la de Aquiles.

Ayax juega con Aquiles a los dados

Las historias clásicas, la obras homéricas, están llenas de enseñanzas. Si algo llamó mi atención en la primera y apasionada lectura de la batalla por Troya fue el sentido del honor que mostraban sus protagonistas. Valores como el respeto, el compañerismo y la amistad se mostraban claros ante mis ojos de joven lector. Áyax y Héctor protagonizan uno de los pasajes más destacados en mi memoria.

Cuando el combate entre aqueos y troyanos parecía no decantarse, el príncipe Héctor decidió retar a los generales griegos a un combate singular, un enfrentamiento hombre a hombre que decidiría la contienda. Áyax dio un paso al frente y ambos entablaron un duro combate que se alargó hasta la llegada del ocaso. Con la puesta de sol, los líderes de ambos ejércitos decidieron parar duelo. Héctor y Áyax, que luchaban hasta ese momento a vida o muerte, decidieron intercambiar regalos y muestras de reconocimiento mutuo. El príncipe troyano sentenció “combatieron con roedor encono, y se separaron unidos por la amistad”.

La muerte de Ayax

Áyax fue también protagonista de un trágico final que recogió de forma magistral el dramaturgo griego Sófocles. Tras la muerte de Aquiles, nuestro protagonista y Odiseo defendieron con fiereza el cadáver del Pélida. Como recompensa, uno de ellos se quedaría con su preciosa armadura, elaborada por el dios Hefesto. Tras el discurso de ambos héroes, el jurado entrego las armas al rey de Ítaca.

Ciego de cólera, envidia e ira, trato de acabar con el resto de generales griegos. La diosa Atenea lo engañó y Áyax acabó matando un rebaño de ovejas. El propio guerrero, volviendo en si, se dio cuenta que había perdido el honor y decidió suicidarse lanzándose su propia espada.

Esta es la historia de Áyax. La historia de uno de esos personajes de los que poco sabríamos si no fuese por la lectura de los clásicos. Hombres llenos de matices y claro-oscuros que tan útiles y necesarios son para nuestra vida, como los libros. Sirva este recuerdo al gran guerrero de mi infancia como reivindicación, una más, de los clásicos, la Literatura y la Historia. Sin ella, no seríamos nada.

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