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La voluntad británica y la fallida operación “León marino”

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Antonio Miguel Jiménez Serrano


Cuando el 3 de septiembre de 1939 Neville Chamberlain, primer ministro británico entonces, ante la acción llevada a cabo por los alemanes el 1 del mismo mes sobre Polonia, quiso dejar de creerse las mentiras de Hitler, declaró la guerra a Alemania junto con la Francia de Daladier en el acto. Churchill afirmó no haber visto nunca tan enfadado a Chamberlain, hombre sereno y de modales. Pero dicha declaración puso a Gran Bretaña y Francia en contra de la Italia de Mussolini y la URSS de Stalin a causa de la campaña diplomática llevada a cabo por el Ministro de Exteriores alemán, Joachim von Ribbentrop, fruto de los planes de Hitler.

Los bandos se habían conformado momentáneamente, pero, tras el reparto de Polonia entre Hitler y Stalin como cláusula secreta del pacto Mólotov-Ribbentrop, la máquina de guerra alemana viró hacia el oeste y el norte de Europa. Los franceses, comenzaron a preparar la defensa mediante la división de sus cuerpos de ejército a lo largo de la llamada “Línea Maginot”, y los británicos enviaron sus cuerpos expedicionarios. De nada sirvió. Bélgica y Holanda, totalmente desprotegidas, fueron ocupadas con una rapidez asombrosa mediante la blitzkrieg germana, violándose el estado de neutralidad de ambos países, en el que ilusamente habían confiado, y todo se decidió en la batalla de Dunquerque. Los aliados resistieron, pero finalmente Dunquerque tuvo que ser evacuada por la Armada británica a finales de mayo de 1940.

El derrotismo cundió en los corazones de los buenos franceses, mientras que los partidarios de los nazis y los comunistas instaban al armisticio al gabinete de Reynaud y al Estado Mayor del ejército francés. Puede sonar extraño que los comunistas franceses forzaran el armisticio en lugar de la resistencia, más propia de anarquistas españoles, pero el Comunismo no funcionaba así: los partidos comunistas del mundo obedecían a Moscú, y si Moscú era aliada de Berlín, entonces Berlín era aliada del Comunismo. Así, la conjunción del derrotismo y cierto filo-germanismo desde el interior, y el inmenso poder y empuje de la Wehrmacht por el exterior, hizo que Reynaud, primer ministro francés, sucesor de Daladier, dimitiera, y el mariscal Pétain, derrotista, tomara las riendas, trasladando la Sede del Gobierno de Burdeos a Vichy y firmando un armisticio con Alemania.

Gran Bretaña se había quedado sola. La “Francia libre” se había exiliado a Londres con el general de Gaulle, y la resistencia quedaba en manos de montañeses cuyo núcleo duro lo formaban exiliados republicanos españoles. Estados Unidos, por otra parte, pese a su ayuda económica y armamentística al gobierno de Londres, no terminaba de decidir si entrar en el conflicto. Churchill no tuvo más remedio que confirmar aquéllas palabras que le dirigió a Reynaud tras la batalla de Dunquerque: “nosotros seguiremos luchando, pase lo que pase, seguiremos luchando”, lo que significaba que Gran Bretaña debía prepararse para la envestida alemana.

Batalla de Inglaterra

Y así fue. Hitler era consciente de que los británicos le presentarían una guerra larga y pesada si no acababa con ellos de un golpe, por lo que a finales de mayo de 1940 preparó, junto a los comandantes de las tres armas de la Wehrmacht, un mastodóntico plan de invasión a las Islas Británicas. En muchas ocasiones se puede caer en la ridícula reducción de que la famosa “batalla de Gran Bretaña” fue un enfrentamiento aéreo entre la RAF (Royal Air Force) y la Luftwaffe, pero esto es falso. Fue un enfrentamiento total que, según Hitler y el comandante de la Fuerza Aérea alemana, Hermann Göring, debía despejar el camino a un desembarco alemán en Kent, lo que no veían de manera tan clara los comandantes de la Armada y el Ejército, Erich Raeder y Wilhelm Keitel, respectivamente. Pese a ello el plan se realizó, y fue denominado por el Alto Mando alemán como operación “León marino”. Radicaba en tres fases: primero, atacar los convoyes británicos en el Canal de la Mancha y los puertos meridionales poniendo a prueba la Fuerza Aérea británica, dañando las poblaciones costeras marcadas como objetivos en la invasión; segundo, eliminar la Fuerza Aérea de Su Majestad y sus instalaciones; y, finalmente, bombardear Londres y las principales zonas industriales. Pero este plan fue un total fracaso, y, de hecho, el primer gran fracaso alemán en el conflicto de la Segunda Guerra Mundial.

Churchill, premier británico desde mayo de 1940, decidió vender muy cara la libertad británica, y afirmó que “solo había una manera segura de salir adelante y es que Hitler ataque nuestro país y que, al hacerlo, pierda su arma aérea”. Hitler no perdió su Fuerza Aérea, pero cayó el mito de su poder e invencibilidad. El 10 de julio de 1940 comenzaron los ataques alemanes a la flota y puertos británicos. La tensión era máxima en el Gabinete de Guerra presidido por el primer ministro, hasta que los resultados de la Fuerza Aérea británica comenzaron a tranquilizar al gobierno de Londres y a poner cada vez más nervioso a Göring, y, consecuentemente, al führer. Las fases planeadas por el Alto Mando alemán se sucedieron sin conseguir el objetivo deseado, y la invasión tuvo que ser pospuesta en varias ocasiones. Por desgracia para los alemanes, el cambio de la política del führer respecto a la URSS acabó definitivamente con la idea de conquistar Gran Bretaña.

Los británicos habían resistido, plantando cara al gran Tercer Reich alemán no sin esfuerzo, sacrificio y sufrimiento, como les había prometido Churchill con sus famosas palabras: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, pero consiguieron dar así el primer paso hacia la derrota alemana que siguieron otros. Ahora llegaba el turno del “gigante rojo”.

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