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La Revolución de los bolcheviques

Antonio Miguel Jiménez Serrano


La Revolución de febrero de 1917 en Rusia o, mejor dicho, en Petrogrado (actual San Petersburgo) abrió una puerta que tardaría en cerrarse. Había caído el autocrático gobierno de los zares, y el último césar de la familia Romanov, Nicolás II, sufrió arresto domiciliario en el palacio de Tsárskoye Seló, desde donde, a instancias de Kerenski, a la sazón presidente del Gobierno Provisional desde julio de 1917, y por no obtener asilo político en país alguno; marchó al exilio siberiano de Tobolsk junto a su familia. Allí, los últimos Romanov creyeron pasar desapercibidos.

Pero mientras la familia real pasaba sus días en el exilio siberiano, ajenos a la cada vez más convulsa situación política del país, el Gobierno Provisional Ruso, formado tras la abdicación del zar Nicolás en marzo de 1917 e integrado por una coalición de partidos liberales, apoyados por los socialistas más moderados, sufría los constantes ataques de una miríada de movimientos y facciones políticas, como los bolcheviques y los anarquistas, que no dieron su apoyo al nuevo gobierno por considerarlo, en definitiva, traidor a la causa obrera.

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Lenin en la Plaza Roja.

Lenin, que tras la abdicación del zar se dirigió a Rusia rápidamente desde Zúrich, donde estaba exiliado, no tenía ninguna intención de participar en el nuevo gobierno, controlado por liberales y socialistas moderados –“oportunistas” según el propio Lenin– que se había formado. Su plan no era sino aprovechar el empuje de la Revolución hasta llegar a las últimas consecuencias: «El Estado burgués no se extingue […], sino que es destruido por el proletariado en la revolución»” (Lenin, El Estado y la revolución). Para Lenin, en definitiva, la Revolución no había hecho más que empezar. Así, escribía agosto de 1917, en la primera edición de su obra El Estado y la revolución, que lo acaecido en febrero de 1917 «cierra, evidentemente […], la primera fase de su desarrollo», es decir, de la Revolución. Para Lenin y los bolcheviques, la lucha por el poder no había hecho más que empezar.

El plan de Lenin no era sino aprovechar el empuje de la Revolución hasta llegar a las últimas consecuencias.

Pero la coalición gubernamental seguía superando a los bolcheviques en el momento de la publicación de las famosas Tesis de Abril. Decir, por otra parte, que todos estos partidos y movimientos, los liberales, los monárquicos constitucionalistas, los kadetes, los eseristas, los mencheviques y los bolcheviques… Todos eran movimientos eminentemente urbanos, concentrados en las principales ciudades como Petrogrado y Moscú, pero existían muchísimos más movimientos y agrupaciones que se habían levantado tras la abdicación del zar y la percepción del Gobierno Provisional como una fuerza dividida y débil. Así, había grupos anarquistas, que formarían el Ejército Negro en la posterior guerra civil, grupos independentistas de diversas zonas, grupos islámicos de Asia Central, los atamanes cosacos, quienes, aunque normalmente fieles al zar, velaban por su propia supervivencia, y un largo etcétera. Si cabe, uno de los grupos más interesantes –y que se enfrentarían fuertemente a los bolcheviques en la guerra civil– fueron los llamados Verdes: grupos campesinos que luchaban por ser propietarios de sus tierras al tiempo que defendían la vida y moral tradicional rusa. Formarían el Ejército Verde, que lucharía contra el Ejército Rojo, contra los Blancos y contra el Ejército Negro.

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Titular del New York Times el 9 de noviembre de 1917.

Ante este complicado puzle político, donde las piezas apenas encajaban, el plan de los bolcheviques para hacerse con el poder fue tan antiguo como el título de césar que habían portado los zares: divide y vencerás. La principal arma que esgrimían los bolcheviques, con la que ganaron no pocos adeptos, fue exigir la firma inmediata de un armisticio con Alemania que sacara a Rusia de la guerra. En segundo lugar, el cese del envío de recursos al frente, y su reparto en las ciudades a causa del hambre. Concluyendo con la defensa a ultranza de dar la potestad de los medios de producción al proletariado y el reparto de la tierra. Todo esto, acompañado de una política de violencia e intimidación, que no hizo sino llevar a la práctica las teorías de Lenin: «la sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta» (El Estado y la revolución).

Para comienzos del otoño de 1917, la ineficacia de las medidas políticas y económicas del Gobierno Provisional, sumada a la impopularidad e incluso aversión que contrajo tras el intento de imponer una dictadura militar bajo el mando del general Kornílov, hizo que la adhesión a la facción bolchevique creciera increíblemente, superando ya no solo a los tradicionalmente numerosos mencheviques, sino también a los socialrevolucionarios. El descontento general con el gabinete dirigido por Kerenski no hizo sino crecer, pese al esfuerzo de los socialistas moderados por mantener unida una suerte de “unión democrática”. El clamor general para un cambio radical de gobierno no se hizo esperar, y los bolcheviques, numerosos y organizados, estaban allí para coger las riendas de una revolución que había vuelto a llevar a cabo un pueblo harto del hambre y la guerra, pero que ellos encauzarían.

La ineficacia de las medidas políticas y económicas del Gobierno Provisional, sumada a la impopularidad e incluso aversión, hizo que la adhesión a la facción bolchevique creciera increíblemente.

A finales de octubre de 1917, según el calendario juliano que entonces funcionaba en Rusia –principios de noviembre según el gregoriano–, los bolcheviques derrocaban al Gobierno Provisional con bastante facilidad. Lev Trotski, a la sazón presidente del Sóviet de Petrogrado, cuyos integrantes bolcheviques no dejaron de crecer desde el mes de julio, organizó la toma del poder, ante lo que el gobierno apenas pudo hacer nada, pues no contaba con apoyos en la capital. «Mi querido amigo, el movimiento bolchevique ha estallado esta noche», escribía Jacques Sadoul, comunista francés, al diputado Albert Thomas el 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, desde Petrogrado, «la guardia Junker, fiel al Gobierno Provisional, acaba de ser sustituida sin conflicto por un destacamento bolchevique», añadía.

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La Guardia Roja.

La guarnición de Petrogrado, que obedecía al Comité Revolucionario, del que también se había apoderado Trotski, se puso a las órdenes del presidente del sóviet sin resistencia alguna. Al día siguiente, el 26 de octubre (8 de noviembre), el asesor diplomático Francis Lindley escribía en una carta que, al despertarse, había descubierto que «la ciudad estaba en manos de los bolcheviques», a lo que añadió que el Gobierno Provisional «parece que ha desaparecido, no sabemos dónde».

En un abrir y cerrar de ojos, los bolcheviques, con Trotski y Lenin a la cabeza, habían ocupado los principales edificios gubernamentales de Petrogrado. El gobierno de la capital estaba en manos de los bolcheviques, que no tardarían en empezar a extenderse y hacer que la escisión entre la amalgama de socialistas se decantara por un bando (el bolchevique) u otro (el antibolchevique). En marzo de 1918, tras el séptimo congreso bolchevique, se decidió cambiar el nombre del partido (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) por el de Partido Comunista de Rusia, que más tarde se convertiría en el famoso Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

Por otra parte, la victoria bolchevique atrajo la atención sobre el zar y su familia, exiliados en Siberia. Trotski quería llevarlos a Petrogrado con el fin de hacer un juicio público a Nicolás, pero la Legión Checoslovaca, una fuerza militar fiel al zar, se dirigía a Ekaterimburgo, donde habían trasladado a los Romanov, y un grupo de doce hombres mandados por el Sóviet de los Urales se desplazó a la casa donde se encontraba la familia real. El 17 de julio de 1918 el zar Nicolás II, junto a su mujer, sus cuatro hijas, su hijo y sus criados, fueron tiroteados en el sótano de la casa Ipátiev.

Como ya presagiara Lenin, esto no era sino otro paso más de la Revolución. La puerta que se había abierto en febrero de 1917 no se cerraría hasta junio de 1923, en que la guerra civil, donde no sólo lucharon Rojos contra Blancos, sino también Negros (Majnovistas y Ejército de Kronstadt), Verdes y Azules (facciones campesinas), cosacos, musulmanes, independentistas, etc., agotaría por completo los ánimos de todos. Pese a ello, el gobierno bolchevique triunfó sobre todas las facciones existentes, lo que conllevaría la estabilización del primer Estado socialista.

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