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La jerga de hoy

¿De qué nos sirve la historia y la memoria si la trastocamos a nuestro gusto y capricho?

Angélica Anquela Gil
@AAnquela

Era una noche de viernes, estábamos en Italia y estábamos de Erasmus. Como cada viernes, seguimos nuestra rutina española de acudir al mismo local de siempre, pero aquella noche por alguna extraña razón el portero decidió que no dejaba entrar a una compañera nuestra (no sabemos si por rubia o por otras circunstancias). En ese momento esta compañera increpó al portero con un insulto popularizado ya por mi generación: le llamó fascista en toda su cara. Para que se hagan una idea de lo que denuncio, ese insulto hubiera tenido sentido si en vez de acudir a una discoteca hubiéramos acudido a una manifestación en la Plaza Matteotti y este buen hombre nos hubiera increpado en contra de la memoria de este “héroe social”. ¿De qué nos sirve la historia y la memoria si la trastocamos a nuestro gusto y capricho? Por si sienten curiosidad, el portero hizo caso omiso a aquel insulto, dicho comportamiento lo atribuyo al desconocimiento y a la poca importancia que le puede dar a un portero que alguien le increpe.

Si nos seguimos centrando en el significado, la palabra fascista nacía en el contexto de una Europa de entreguerras que se debatía entre lo ideológico y lo políticamente correcto. Que complicado es definir hoy que es un fascista cuando se le ha dado tantos desusos a esta palabra a lo largo de los años. Y no solo un desuso verbal sino un desuso político y moral.

Charles Chaplin en su filme "El gran dictador"

No somos una generación muy vistosa, ni interesada en la historia de conjunto (salvo algunas excepciones), pero sí es cierto que a cierta edad a todos nos gustó jugar al juego de las ideologías. ¿A quién no le han llamado facha por llevar una pulsera de España, ir a misa  o rojo por defender de alguna manera los derechos del pueblo? Y es que nos guste o no, vivimos en un tiempo de conjeturas y prejuicios demasiado negativo para los que vienen más que para los que se van.

Pero no es esto lo que más me preocupa como historiadora. Me preocupa mucho más el levantamiento de barreras mentales que tenemos los españoles en la cabeza. No se puede hablar de libertad en un país en el que todos saben que periódico comprar dependiendo de la ideología que esté en casa. Despreciamos lo vecino más por desconocimiento que por razón. Hace poco leía un artículo digital en el que se insultaba a un profesor de religión alemán que había afirmado que el gobierno de Hitler no había sido tan malo como se piensa. No se preocupen, no le voy a dar la razón a este profesor, pero sí se la voy a quitar a los que le insultan. Nos guste o no ha de llegar un momento en el que tengamos que admitir como Hanna Arendt que el mal es humano y que desgraciadamente nos sigue rodeando. Para poder aceptar esto primero debemos aceptar los actos malos del pasado. Admitir errores y ventajas.

Charles Chaplin en su filme El gran dictador

Actualmente sueño con el día en el que alguien de mi generación se atreva a dar el paso de publicar algo sobre Franco o Santiago Carrillo que contenga un matiz positivo entre tanta critica, este matiz positivo solo puede ser publicado bajo la documentación debida y el buen objetivismo del escritor. Solo con leerlo ya piensan que  es un disparate, pero piensen que sería lo justo para una nación que está en líneas democráticas y de olvido. El día que llegue ese momento y ese joven no tenga que escuchar a otro llamarle fascista, ese día señores y solo ese día habrá llegado la democracia a sus casas.

Hasta entonces de nada nos sirve seguir alimentando nuestro lado de manera indirecta prohibiéndonos leer determinadas cosas o prohibiéndonos a acudir a lugares que creemos contrarios a lo nuestro. Las barreras mentales están ahí para ser superadas, porque me crean o no aquella joven que grito fascista no tenía conciencia de lo que estaba diciendo ni por entonces ni por ahora.

Haciendo buen uso de mi profesión si quieren entender mejor lo que digo no deben dejar de leer el libro Comunismo y fascismo un librito que precede a uno mayor, en el que se nos transcriben cartas entre Francois Furet y Erns Nolte, dos historiadores europeos que vivían en una Europa sumergida en los albores de la segunda guerra mundial. Furet critica a Nolte su falta de verdad al afirmar que antes del holocausto vino el gulag. El debate está servido, la conclusión se la dejo a ustedes.

Continúa el camino...
Dumas, el Reverte del siglo XIX
Gibraltar, ¿español?
La democracia ha muerto
El político y avanzado siglo XV

2 Responses

  1. Angélica Anquela Gil

    Quizás algún día lo haga, pero espero que no seas tú el que me llame fascista jeje

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