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La democracia y los galos

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Democracia. Decimos la palabra y sentimos reverencia y regocijo. La enfrentamos como luz de los tiempos a todo lo anterior, a todo aquello que quedó irremediablemente atrás. Todo el que no comulga con dicha palabra, aunque ya sólo quede la piel de lo que un día fue un corpulento animal, se convierte en renegado, y queda relegado al ostracismo social más frío, a la marginación y a toda imposibilidad de comprensión. Curiosa, por otra parte, la reacción de los estudiosos al acercarse a los clásicos, alabados por su “incorruptible sabiduría”, como el gran filósofo estagirita Aristóteles, quien afirmaba en su obra Política que el perfecto régimen debía estar integrado por fuerzas contrapuestas que se equilibraran, fuerzas democráticas, aristocráticas y monárquicas que estuvieran en constante tensión para el buen funcionamiento de la polis (la res publica en el mundo romano); digo, pues, que es curiosa la actuación de los estudiosos actuales al alabar y recurrir en sus obras académicas a estos grandes hombres, a los que, tras utilizar como faros intelectuales y con ellos sostener determinadas teorías, con la excusa de haber avanzado y “progresado” desechan todo aquello de los mismos que, según el criterio actual (que pasará, como tantos otros), ya no tiene cabida en el Nuevo Orden. Por ejemplo, a todos gusta oír hablar del concepto aristotélico del hombre como zoon politikón, pero no a todos gusta oír que la democracia tiende a convertirse en demagogia, o que la preparación para la guerra es uno de los objetivos principales del Estado, o que la polis debe ser autosuficiente y autónoma… No, todo ello no interesa recordarlo.

Algunos podrían pensar que por esa misma regla de tres debería defenderse aquí la esclavitud y la total exclusión de la mujer de la vida pública; a ellos les digo: es cierto que podría pensarse, ya que Aristóteles creía en ello firmemente, pero no debemos confundir las concepciones políticas con las sociales, ya que las primeras son ideales, y la mayoría de las veces no se ponen en práctica, mientras que las segundas no son ideales, sino prácticas, y se recogen como mera aceptación de un mundo al que se está acostumbrado. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que en un futuro lejano, en el que el marco político fuera distinto al actual, y además el coche, como hoy lo conocemos, se hubiera prohibido y, consecuentemente, desaparecido a lo largo de los años para dar paso a algo más beneficioso, en este contexto, digo, alguien que deseara poner de relieve las “bondades” de la democracia occidental del siglo XX, y echara mano de un escrito cuyo autor hubiera sido un convencido defensor de la misma, por ejemplo Winston Churchill, pero era al mismo tiempo gran defensor del progreso tecnológico y del automóvil, algo propio de aquella época, en dicho caso, como ahora, el ciudadano del futuro tomaría para sí las ideas políticas de Churchill, pues son eso, ideas, mientras que no tendría por qué sujetarse al hecho de querer hacer renacer el automóvil, ya que este elemento es propio de la práctica en la democracia occidental del siglo XX, no del ideal.

La democracia y los galos
Vercingetorix

Pues bien, como digo, no interesa recordar todo aquello. Y no interesa para no hacer ver a la población lo estrepitosamente birriosas que son algunas democracias como la española. Estoy cansado de oír hablar a los señores del telediario sobre lo ineptos y corruptos que son los hombres y mujeres que dirigen el Estado español, y que encima estén bien orgullosos de ello, porque, claro, son “demócratas”. Si la mentira no fuera la argamasa de sus objetivos, la situación política que hoy vive España no estaría ocurriendo. Y lo peor es que se creen civilizados. Para civilizados los habitantes de lo que Julio César conocía como Galia hace más de dos mil años. Aquéllos, divididos en tribus y clanes que no tenían más relación que la religión, la guerra y el comercio, fueron capaces de crear una gran coalición para conseguir un objetivo común que superaba todos los objetivos particulares, y que así lo hicieron ver en ocasiones como Alesia o Gergovia: que todo siguiera como estaba, y expulsar al invasor romano que había desestabilizado el anterior equilibrio de fuerzas entre las tribus. En torno a estas mismas fechas de finales del verano – principios del otoño, una confederación de tribus galas, tradicionalmente enemigas, se creaba para hacer frente a uno de los más brillantes generales de la Historia, dejando a un lado todos sus rencores y disputas por lo que creían que era el bien para su tierra y los suyos. Hoy, en septiembre de 2016 en España, más de dos milenios después de aquella gran unión gala en Alesia, sin embargo, cuatro peleles no son capaces de ponerse de acuerdo ni para decir qué enseñar a los niños o a quién va a atender la sanidad (cosas tan básicas y estúpidas como éstas). No señores, no somos más civilizados por llamarnos demócratas o por no colgar cabezas cortadas en las puertas de nuestras casas; se supone (que no lo somos) que somos más civilizados porque es el diálogo entre todos lo que nos hace llegar a los objetivos comunes.

La democracia y los galos
Batalla de Alesia

Quede constancia de que no escribo estas líneas para animar a nadie, sino más bien al contrario. Mi objetivo es poner de relieve la penosa situación en la que nos encontramos, y que no duden que irá a peor. Mi única esperanza es que la situación explote desde dentro, de la manera que sea, y haya que volver a empezar. No hay duda de que hemos llegado al punto en que se ha impuesto el interés particular al bien común, situación nacida únicamente del relativismo moral y del egoísmo galopante, y ya no merecemos llamarnos civilizados. Los civilizados fueron aquéllos que se unieron en el 52 a.C. contra César, para luchar por el bien común.

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