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Idibus Martiis

Antonio Miguel Jiménez Serrano

“¡Cuídate de los idus de marzo!”, escribía Shakespeare en su obra Julio César, en 1599. Esta fecha (equivalente a los treces de cada mes, excepto marzo, mayo, julio y octubre, que son los quinces) ha pasado a la historia por ser el día en que fuera asesinado Cayo Julio César, el gran general y político romano que aumentó los territorios de la república en Hispania, conquistó la Galia y venció a Cneo Pompeyo en una guerra civil, y que, finalmente, fue apuñalado en el Senado de Roma. Esto es bien sabido, pero ¿conocemos las razones por las que el magnicidio se llevó a cabo? Como siempre en la Historia, esta madre ciencia, es difícil abarcar todos los motivos por los que se originan los grandes acontecimientos. Sin embargo, varios historiadores de la época, Plutarco y Suetonio entre otros, pueden arrojar un poco de luz al caso y ayudarnos a comprenderlo mejor.

Aquel día, 15 de marzo del año 44 antes de Jesucristo, Cayo Julio César, de la gens Iulia, recientemente autoproclamado dictador vitalicio (dictator perpetuus), se dirigía a la Cámara del Senado, junto al Foro, para dirimir los asuntos diarios que lo requerían, algo cotidiano, sin importancia. Para entonces, César era más que consciente de los odios que había levantado entre gran parte de la nobleza senatorial, y era también consciente de que, si ya un cónsul estaba en constante peligro a causa de los enemigos políticos, la situación que él estaba manejando era, en extremo, difícil. Pero César, siguiendo la tradición romana, siempre dejaba su escolta a las puertas del Senado, y aquel día hizo lo mismo.

Lugar dónde apuñalaron a Julio César...

Julio César, "dictator perpetuus"Debemos explicar aquí que el rango de dictador, término sin carga negativa, era una magistratura extraordinaria, que se otorgaba durante la República en ocasiones muy concretas y a personajes muy selectos (véase Fabio Máximo). Ya desde comienzos del siglo I a.C., este rango había sido ocupado por personajes que no pusieron los intereses de la República por delante de los propios, como Sila. Esto no gustó a la generalidad de los aristócratas, a quienes intranquilizaba en sumo grado el hecho de que un solo hombre reuniera en su persona tanto poder, cargos y honores. Y no eran las acciones que César llevara a cabo lo que a éstos preocupaba, sino la manera en que las estaba realizando. La lealtad de las legiones, sus dotes como orador y político, su atrayente personalidad, hicieron que algunos miembros de las familias patricias más antiguas de Roma se decidieran a acabar con la nueva situación y “ponerlo todo en orden liberando la República”. No podían permitir que en un sistema político como el suyo hubiera un hombre con tanto poder.

La República romana era un sistema que favorecía de forma clara a la nobleza senatorial, y las reformas de César, que si bien es verdad rompían la regularidad de los órganos legislativos, estaban ampliando en demasía, según pensaban algunos de éstos aristócratas, el acceso a los cargos públicos y a la carrera política. De esta manera (hemos dejado el hilo de la historia con César entrando al edificio del Senado), importantes personajes como Décimo y Marco Junio Bruto, Cayo Casio Longino, Cayo Trebonio y Servio Sulpicio Galba, organizaron una conspiración para asesinar, única y exclusivamente, al dictador, para que todo volviera a la normalidad. Estaban cansados de la arrogancia de César, quien, tras vencer a Pompeyo y deificarse como “hijo de una diosa”, instauró un culto a su persona, puso su nombre al mes séptimo del año y usó la vestimenta de los antiguos reyes de la legendaria Alba Longa. Después, por si fuera poco, se erigió, como ya dijimos, en dictador vitalicio. Eso sí, rechazando constantemente la corona de rex (rey), no sabemos si por voluntad propia o como artimaña política. En cualquier caso, cabe destacar que por unos motivos u otros, los conspiradores pensaban que tras matar al “tirano” (los Brutos se enorgullecían de su pasado como iniciadores de la República) el pueblo y el Senado se pondrían de su parte, y serían alabados, viéndolos éstos como libertadores. Pero no fue así.

Sentado en su silla curul de oro -otra licencia especial que César se tomó-, tras darse la señal, algunos senadores comenzaron a rodearlo, algo a lo que el “hijo de Venus” no estaba acostumbrado, pues, aunque amable y de buenas maneras, perdía los nervios cuando se le atosigaba. Entre las togas de algunos de estos senadores empezaron a asomar los cuchillos, y César, viendo en qué iba a desembocar la situación luchó como pudo y llamó a su guardia mientras Marco Antonio era distraído cerca del lugar. Veintitrés puñaladas alcanzaron su cuerpo. Tras ver a su hijo adoptivo, Marco Junio Bruto, con un puñal en la mano, pronunció el famoso “Tu quoque fili?” (¿Tú también hijo?). Cayo Julio César murió. Sus asesinos fueron perseguidos, y más tarde vencidos por el segundo triunvirato, destacando la batalla de Filipos (Grecia).

Pero ¿sirvieron de algo las hazañas bélicas de Julio César, sus reformas políticas y su influencia en la plebe y en la nobleza romana? ¿Y la gestión política de su testamento? Tendremos la oportunidad de verlo detenidamente a lo largo de este monográfico en seis entregas para Hombre en camino.

Julio César muere asesinado por los senadores

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