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El rodillo soviético, españoles y cosacos

Antonio Miguel Jiménez Serrano


La operación “Barbarroja” comenzó siendo un éxito. La blitzkrieg alemana volvió a tener el efecto esperado en el verano y el otoño de 1941. Pero, en esta ocasión, avatares muy distintos se avecinaban sobre Hitler y sus generales: el inmenso frente abierto por los ejércitos de Hitler, la llegada del invierno, la inagotable fuerza humana que Stalin podía reunir y otros elementos jugaron constantemente en contra de los alemanes.

La blitzkrieg llevada a cabo por el Alto Mando alemán radicaba en fuertes y rápidos ataques, una “guerra relámpago”. Pero en Rusia las cuentas europeas no valen nada. De la misma manera que una receta de cocina pensada para dos o cuatro comensales no se adapta a una mesa de diez o quince, la blitzkrieg alemana se desinfló al llegar a Moscú, en diciembre de 1941. El clima obligó al ejército alemán a andar con pies de plomo, ya que el frío era un enemigo igual de peligroso que los soviéticos. Además, el frente abierto por los generales y mariscales alemanes estiraba la línea de ejército de tal manera que en ninguna posición había la suficiente concentración de tropas como para lanzar fuertes ataques. Estos elementos y la llegada de las divisiones soviéticas de Siberia, hicieron que el frente se estabilizara, lo que desgastaría de forma constante al ejército alemán.

Por otra parte, a este ejército alemán que había sido frenado en seco, se habían unido voluntarios sumamente diversos para, únicamente, luchar contra el comunismo. Este fue el caso tanto de los españoles que formaron la División 250, o División Azul, como el de los cosacos de las divisiones del mismo nombre (Divisiones Cosacas).

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El primero de los casos, a grandes rasgos, nace del acercamiento entre la España de Franco y el Eje, a causa de la importancia de que gozaba la rama falangista del gobierno español por aquel entonces, tomando España una posición no beligerante a favor del Eje en lugar de neutral, además de ser un acto simbólico en respuesta a la ayuda prestada por Hitler y Mussolini durante la Guerra Civil española al bando nacional. Así, los divisionarios fueron destinados al frente del centro, para participar en la toma de Moscú, pero una fuerte contraofensiva soviética sobre Leningrado hizo que su destino se cambiara al frente del norte, primero a Novgorod y después a la antigua ciudad del zar Pedro el Grande, donde llevarían a cabo grandes gestas militares, como la defensa de la posición en el sector de Krasny Bor. En octubre de 1943, tras el desastre alemán en la brutal batalla de Stalingrado, donde el ingente número soviético venció a la maquinaria de guerra de la Wehrmacht, la División 250 fue disuelta, y la mayoría de sus integrantes fueron repatriados, formando los que quedaron en el Heer (ejército de tierra) alemán la llamada Legión Azul.

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Los cosacos del Don, de Kuban y del Terek se unieron a los alemanes por causas muy distintas que los españoles, causas mucho más antiguas, y solo se asemejaron a éstos en su lucha anti-comunista. Como explica acertadamente John Ure en su recomendable libro Los cosacos, este pueblo era de natural desafecto, no en sentido peyorativo, sino que amaban la libertad, sus comunidades tradicionales y su vida tal cual estaba, siendo ajenos a la política y a la naciente industrialización. El comunismo, llevado al Kremlin por Lenin y sus bolcheviques en 1917 les había arrebatado todo. Su tradicional y antigua forma de vida en las stanitsas (aldeas cosacas) fue rebajada a las penosas granjas comunales soviéticas, teniendo que trabajar a marchas forzadas para cumplir con las cuotas gubernamentales, no pudiendo salir a cazar ni a comerciar, pues ya no tenían caballos (pertenecían a la Madre Patria) y el comercio libre era ya cosa del pasado. Los cosacos no podían seguir viviendo bajo la égida de Stalin. Mucho se les tildó de traidores y filogermanos, pero no era la primera vez que se revelaban contra el poder uniéndose con el enemigo para reivindicar su forma de vida y su tradición, como ya ocurrió en los tiempos del atamán Mazeppa y Pedro el Grande, haciendo entender a los zares que si se les daba la libertad que precisaban serían fieles hasta las últimas consecuencias.

cosacos

Por desgracia, la libertad de este pueblo no tenía cabida en el régimen soviético, con lo que solo quedaba una opción: unirse al enemigo. En aquel momento, como en su día lo fue Carlos XII de Suecia, el enemigo era Adolf Hitler. Además, los rusos blancos que se exiliaron tras la Guerra Civil rusa también se unieron a los alemanes para volver a intentar desterrar el comunismo de su tierra. Llevaron a cabo, también, grandes gestas militares, asaltando cuarteles y convoyes, aprovechándose de su velocidad y conocimiento del terreno, pero, avanzado 1943, hubieron de ser trasladados ante el imparable avance del “rodillo soviético”. Tuvieron un triste final, ya que terminaron rindiéndose a los británicos en Austria, y pese a los intentos de Churchill para salvarlos, Stalin exigió que les fueran entregados, ya fueran ciudadanos de la Unión Soviética o no. Algunos pudieron ser salvados. El resto, empezando por el general von Pannwitz, general del XV Cuerpo de Caballería Cosaca, fueron deportados a la zona soviética de Austria, y masacrados. Sus familias y el resto de personas afines a sus ideales fueron deportados a los gulags siberianos.

Por último, es curioso que aquello que llevó tanto a españoles como a cosacos a unirse a los alemanes, les llevara después a luchar juntos. Su guerra contra el comunismo no acabó en el frente oriental, pues en la retirada de los ejércitos alemanes del este, los españoles que habían quedado en la 121ª División alemana de infantería y la XV División de Caballería Cosaca fueron destinadas a combatir las partidas de guerrilleros comunistas de Tito, en Yugoslavia.

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