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El paso de los borbones por España

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Sería sumamente largo y farragoso contar la historia de la casa Borbón, por no hablar de que la famosa página a la que todos hemos recurrido para dirimir apuestas o asegurar alguna fecha lo explica de forma eficaz. Yo me limitaré a lanzar una ojeada sobre la acción de esta dinastía en la historia el pueblo español, el cual ha compartido destino con esta familia francesa desde 1701.

Así, Carlos II, el último Austria que reinó en España, consciente de la cercanía de su muerte, decidió redactar su testamento antes de la hora fatal. Mirando a su alrededor no vio heredero alguno, pero lo que sí reconoció fue a las potencias europeas esperando que dejara el trono vacío para repartirse así entre todos los suculentos restos de la antaño poderosa España. Hay que decir que la última voluntad del monarca fue, no hay duda de ello, la unidad de su legado, y para conseguirla tuvo que sacrificar lo que hasta el momento había mantenido la casa Habsburgo con más celo que la misma religión: siempre debía gobernar un Austria. Esto lo instauró Carlos V, y Felipe II fue muy consciente de ello, diluyéndose ya la costumbre con el tercer y cuarto Felipe para desaparecer, definitivamente, con Carlos II. Pero ¿por qué declinó Carlos II la sucesión hacia el duque de Anjou, Borbón, en lugar de hacia el archiduque Carlos, un Habsburgo? Sencillamente porque eran los ejércitos de Luis XIV los que por entonces copaban la hegemonía europea, y Carlos II creyó que semejante respaldo mantendría intacta la unidad de España. Lo que él no sabía es que ya entonces Luis XIV, personaje repulsivo como pocos, pactaba el reparto de las posesiones europeas de España con las otras potencias.

Finalmente llegó Felipe de Anjou a España para convertirse en Felipe V, y las cortes de Castilla y Aragón le juraron lealtad. Pero el archiduque Carlos, apoyado por una importante facción, se opuso a la sucesión, y con el apoyo de Inglaterra, quien fue el verdadero artífice de la Guerra de Sucesión (1702-1714), declaró la guerra al francés. Tras una contienda que se libró en toda Europa, y mientras Rusia cambiaba las tornas en el Norte a una conmocionada Suecia, el archiduque Carlos, en contra de todo pronóstico obtuvo la corona imperial e Inglaterra decidió que ya era hora de finalizar la guerra. España había quedado arruinada, y Francia había perdido todo rastro de hegemonía. Inglaterra se había convertido en el árbitro de todos.

Ya en España, y casi al tiempo que la guerra, murió la esposa de Felipe V, María Luisa Gabriela de Saboya, lo que trajo unas consecuencias funestas para los españoles. En primer lugar el rey comenzó, a raíz de este duro golpe, a perder el contacto con la realidad, y por si esto fuera poco, su primer ministro, Alberoni, le procuró una esposa digna de recordar: Isabel de Farnesio. No ha habido persona en la historia de España que haya utilizado tanto a un país para conseguir sus propósitos, odiosa y odiada como nos recordaba Lynch en su España del siglo XVIII. Si bien en momentos de lucidez Felipe V quiso llevar las reformas a España, esta mujer se lo impidió. Fue un desastre, con una abdicación por medio, además, y una vuelta repentina. Finalmente, en 1746, murió Felipe V.

Subió, así, al trono Fernando VI, portando las mismas incapacidades que su padre, pero no reinaba por capacidad, sino por sangre, por muy defectuosa que esta fuera. Aún así, consciente de ello, el monarca procuró a España el único buen fruto del gobierno de Felipe V, la administración. Personajes de la talla de Zenón de Somodevilla, más conocido como el marqués de la Ensenada, o José de Carvajal y Lancaster, llevaron un gobierno de crecimiento económico, demográfico y cultural beneficioso para España. Pero a la muerte de Fernando VI todo volvió a torcerse. Con la Llegada de Carlos III, disfrazado de ilustrado, el gobierno cambió, llegaron italianos, y tras el Motín de Esquilache en 1766 el gobierno volvió a cambiar, cogiendo las riendas del mismo nada más y nada menos que un afrancesado, José Moñino, el conde de Floridablanca. Reinado de luces a costa del hambre de los españoles, pactos envenenados con Francia y guerras contra Inglaterra sin tener a penas flota, fueron la realidad de este reinado, despotismo más que ilustración.

Qué decir en cuanto a la excelencia personificada de Carlos IV y Fernando VII, los dos gobernantes más ineptos que pudieron gobernar una nación de la talla de España. En Inglaterra, ciento cincuenta años antes, decapitaban a Carlos I por intentar quitar poder al Parlamento, mientras que en el caso de nuestros padres, aguantaron, y de buena gana además. A partir de este momento, de Isabel II en adelante, la casa de Borbón entre en un ocaso que le denegó el poder de facto. En el siglo XIX, tanto el absolutismo de Fernando VII como los gobiernos de Isabel II (si es que alguna vez llevó algún asunto de estado por sí misma) y los posteriores regentes, produjeron en España un desconcierto tal que hicieron que la situación política adelantara a la socioeconómica, sin entrar, claro está, en el movimiento carlista. Bien es verdad que hubo grandes personajes que intentaron encauzar la situación, como el general Juan Prim, pero con terrible desenlace. Y tras el intento de suplantación dinástica por un Saboya, llegó la Primera República, y quienes perdían privilegios por ella aprovecharon e incentivaron la división política, reinstaurándose la casa Borbón en España por el pronunciamiento de Martínez Campos.

Así, tras el Sexenio Democrático y la restauración borbónica llega al trono español Alfonso XII, monarca que rompió en gran medida la actuación borbónica hasta el momento, identificándose con el pueblo e interesándose por su estado, intentando mediar en las situaciones difíciles y procurando conciliar las posturas políticas para evitar la desmembración. Por desgracia el rey que quiso hacer que las posturas políticas en España trabajaran juntas murió joven, en 1885. Así, obtuvo el trono su hijo, Alfonso XIII, bajo cuyo reinado la monarquía se desmorona totalmente, gestándose el caldo de cultivo que propiciaría la situación de los años 30 en España, pasando, incluso, por un breve periodo de dictadura. Tras el 14 de abril de 1931, y como dijo un famoso político de la época, España se había acostado monárquica y había amanecido republicana. El rey marchó al exilio, donde murió en 1941.

Finalmente, tras la penosa Guerra Civil y la dictadura franquista, nacieron dos entes, no se sabe muy bien cómo, conocidos como Monarquía española y Constitución de 1978. Dos imágenes que dieron a una revuelta España la apariencia de estabilidad y cambio. Imagino a los ingleses tronchándose de risa al ver la situación: los políticos españoles intentaban restaurar lo anterior al modo de “no ha pasado nada en los últimos cuarenta y siete años”, estableciéndose un “carta magna” sumamente difícil, enrevesada e inútil, que todo el mundo pasa por alto y que a nadie importa, al tiempo de una institución que sabemos no era necesaria y que comenzó con la ruptura de un juramento. Comenzaba en España la conocida como “Transición democrática”, que tampoco podríamos decir hasta cuando duro, o dura, o durará. El primer rey de la “democracia”, Juan Carlos I, abdicó el pasado 2 de junio, tras tres meses de organizarlo. Próximamente subirá al trono Felipe VI, en una situación, hay que decir, sumamente difícil para la corona, pues el pueblo se ha dado cuenta de que una institución no electiva en el siglo XXI que, además, a todos atañe, es complicada mantener. ¿En quién legitimará el nuevo monarca, llegado el momento, su posición? ¿En Dios, en la Historia, en los políticos, en la Constitución, en el pueblo?

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