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El fin de la República

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Los culpables… Personajes que han sido los responsables de algún tipo de crimen o daño. En algunas ocasiones, efectivamente, es así, pero, en el caso de los acontecimientos históricos, esa es una gran falacia. Una persona puede ser culpable de un hecho concreto, donde sólo haya intervenido su conciencia y voluntad, puede que incluso la influencia externa… No así respecto a los grandes hechos que han moldeado la Historia (con mayúsculas). Hay ejemplos típicos como: “Odoacro causó la caída del Imperio Romano de Occidente, o “Carlos V saqueó Roma”, o “Hitler desencadenó la Segunda Guerra Mundial”… Afirmaciones que oímos constantemente a diario, normalmente por parte de personas que se toman muy a la ligera la Historia o que la misma les resulta muy desconocida. Este es el caso de Octavio, culpable de asesinar a la República.

Es fácil, así, afirmar que Octavio hizo demasiado alarde del testamento de César, que rápidamente se puso al frente de tropas y, aún más rápido, entró en el juego político de Roma, lo que desembocó en el segundo triunvirato hasta llegar a otra desastrosa Guerra Civil con Marco Antonio, que sumió la Ciudad en la anarquía, y que, finalmente, le convirtió en Princeps, primer ciudadano. Se habla, así, de una especie de plan maestro, un constante esfuerzo por parte del joven con un único objetivo: el poder individual sobre la República. Y aquí viene, pues, la fatídica afirmación… “Augusto se cargó la República”.

Retrotraigámonos unos años, pocos más de sesenta, desde la formación del ya citado segundo triunvirato, a la época del gran Cayo Mario, el más grande homo novus que conoció jamás la República, cuyo sino violó varias veces las leyes sagradas de la Ciudad, llegando a ser en siete ocasiones, como le auguraron las aves, cónsul de Roma. Cayo Mario es un personaje más que fundamental para entender los años que estaban por llegar y, por ende, la decadencia del sistema republicano romano. Mario estaba de sobra convencido de que era alguien fuera de lo común, cuya figura personificó el cambio de mentalidad en Roma a finales del siglo II a.C. Sus seis consulados, casi consecutivos, de entre el 107 a 100 a.C., eran vistos como aberraciones a la ley por muchos senadores que se identificaban con el conservadurismo romano más tradicional y la fidelidad incondicional a las leyes de la República. Pero fue, sin duda alguna, su acción contra Lucio Cornelio Sila, héroe de la Guerra Social, a la vuelta de su retiro tras su sexto consulado, lo que inició el fin de la República como los romanos la habían conocido.

Los romanos de la decadencia, de Thomas Couture

Sila, ultraconservador de aspecto aunque las fuentes le han jugado una mala pasada en lo concerniente a su vida privada, se enfureció tanto cuando Mario le arrebató el mando sobre la guerra contra Mitrídates del Ponto, la cual había conseguido legalmente, que, con el ejército para dicha guerra, entró en Roma. Nunca un ejército romano había entrado manu militari en la ciudad. Todo había cambiado. Sila, más tarde, estableció toda una serie de leyes para poner en orden el gobierno republicano y que no surgiera otro Mario, que en siete años obtuviera seis consulados. Pero, como nos cuenta Suetonio, ya dijo Sila que “en César hay muchos Marios”.

La época siguiente, tras una ilusoria restauración republicana y alguna que otra conjura que venían manifestando los síntomas de agonía del sistema político, desembocó en la pura consecución del poder, olvidándose los ideales originales de la República, y siendo encarnado el periodo por tres de las figuras más importantes del momento: Cneo Pompeyo, llamado el Grande, Marco Licinio Craso y Cayo Julio César. Estos tres personajes fueron quienes dieron los golpes de gracia, continuados luego por César, al sistema republicano, y cuyos pedazos recogió Octavio, llamado después Augusto, y reconstruyó de forma nueva y, posiblemente, en su beneficio. Hablamos, eso sí, del sistema político republicano, sin entrar a juzgar si este o el principado eran formas de poder mejores o peores; hablamos, sencillamente, del paso de un sistema a otro.

Es por eso que no debemos caer en el error de achacar grandes acontecimientos a simples personas, pues todos y cada uno de estos acontecimientos tienen un característico caldo de cultivo que es capaz de originar algo diferente y nuevo. Augusto no destruyó el sistema republicano, sino que lo continuó como su determinada mentalidad, fruto directo del periodo anterior, le señaló como más lógico. Sí es cierto que, como personas finitas que somos, necesitamos algún tipo de marcas para abarcar desde lo humano la grandeza del tiempo histórico, eso sí, siempre con miras a la amplitud y profundidad de cada hecho.

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