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De bello Gallico

"Vercingetorix arroja sus armas a los pies del César" - Lionel Roger (1899)

Antonio Miguel Jiménez Serrano

Decía Heráclito de Éfeso, como ya recordábamos anteriormente, que “la guerra es el padre de todo”, y no lo decía sin razón, pues la guerra, por desgracia, es uno de los elementos que siempre ha ido de la mano de la Historia de la humanidad, y quien leyendo esto arquee una ceja pensando “¡no, qué barbaridad!”, se equivoca. A continuación, expondremos algunas breves consideraciones sobre una de éstas, una más, ni la más importante ni la más desconocida, denominada Guerra de las Galias.

César, como ya dijimos, había entrado en un círculo de influencias fuertemente delimitado, el Triunvirato, junto con Pompeyo el Grande y el rico Craso. Los tres personajes se habían convertido, por méritos propios, en la punta de lanza del Senado, y César, sin problema alguno, recibió poderes proconsulares en las provincias de Iliria y la Galia Transalpina, a lo que, por supuesto, se opuso Catón. Poco después de recibir tamaño honor, la suerte, compañera de jornada de César, hizo una jugada inesperada: Quinto Metelo Celer, gobernador de la Galia Cisalpina, fue a reunirse con sus manes. De ese modo César recibió también el mando de ésta provincia proconsular, es decir, que estaba en proceso de ser provincia. Debemos decir aquí que varios autores afirman que César estaba decidido a emprender una campaña en los Balcanes, donde el botín prometía ser grandioso, pero este último acontecimiento hizo que se replanteara la situación.

Inhóspita. Éste concepto, aplicado a un lugar, viene a significar “donde no se es bienvenido” (según la RAE: dicho de un lugar incómodo, poco grato). Eso era la Galia para un romano, una tierra inhóspita, de gentes salvajes y oscuras. Esto suena muy etnocentrista (como alguien me recordaría), y muy probablemente lo sea, así que perdónenme si me centro en la visión romana. Pero, siendo esto así, ¿porqué querría César llevar a cabo una campaña allí? Hay muchos motivos, dentro de los cuales se encuentra el odio que los romanos tenían a los galos por los brutales ataques que antaño éstos llevaron a cabo, y el recuerdo que dejaron. También la turbulenta situación en la Galia, que, como dice César al inicio de su obra, “Comentarii de bello Gallico”, estaba dividida (“Omnis Gallia est divissa in tres partes”), teniendo además gran número de tribus y clanes en cada una de las partes. A esto se sumó el movimiento migratorio-guerrero hacia el sur de ciertos pueblos, como helvecios y suevos, cuya cercanía era “poco apreciada” por el pueblo romano.

Por último, debemos destacar también como elemento la figura de César, que vio algo en esta campaña. Unos dicen que su propia grandeza, otros dicen que desprecio y odio, otros que botín… Lo más probable es que quisiera seguir llevando a cabo una carrera impecable, que la situación en la Galia fuera cada vez peor, y que según pasaba el tiempo, como todo buen maestro, fuera tomándole cariño a su “obra”, y lo que empezó como unas campañas de ayuda a un pueblo amigo de Roma, los heduos (por amicitia), se convirtió en un “bellum pacificationis” (guerra de pacificación), lo que podríamos entender perfectamente como guerra de conquista. Eso era la paz romana, la completa sumisión a Roma. Para ello, y no podemos negarlo, César pasó por la Galia a sangre y fuego con unas legiones que se endurecían más y más a marcha, cada batalla, cada enemigo derrotado.

Pero las campañas llevadas a cabo por César del 58 al 50 a.C. no se limitaron a las Galias. César hizo también una expedición de castigo en Germania, en el 55 a.C. Construyó para ello un gigantesco puente de madera sobre el Rin (más ancho y caudaloso que hoy) en tiempo récord y, tras destruir y saquear varias poblaciones, cuando los germanos reaccionaron, César había vuelto a la Galia destruyendo el puente a sus espaldas. Realizó, además, un desembarco con dos legiones en Britania tras cruzar el Canal de la Mancha para luchar contra los britanos, que estaban apoyando la rebelión gala, y a los que venció varias veces.

El puente de César sobre el Rin

Finalmente, en torno al año 52 a.C., la mayoría de tribus galas se unieron bajo el mando del caudillo arverno Vercingetórix, cuya figura estaba rodeada de mitos y profecías, el cual presentó a César una enconada resistencia, destacando las batallas de Avárico, junto a Gergovia, y Alesia. Es esta última de especial importancia por la proeza militar y de ingeniería que allí se llevó a cabo, y que nos cuenta César muy detalladamente en sus Comentarii, en la que éste realizó uno de los sitios romanos, junto con el de Numancia, más espectaculares de la historia de Roma, y si me lo permiten, de la historia de los asedios, por no hablar del hecho de que cincuenta mil romanos cercaran una plaza fuerte con ochenta mil galos, resistiendo oleadas externas de cientos de miles, según los datos, probablemente inflados, que da el propio César, destacando la participación de sus propios legados, como Marco Antonio o Tito Labieno.

César no sólo conquistó la Galia, también a sus legionarios, con los que había luchado codo con codo, y al pueblo de Roma. Julio César venció a los odiados galos, a los temidos germanos y a los desconocidos britanos. Se hizo leyenda.

 

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