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1 de julio de 1916: la batalla del Somme

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Cuando el historiador militar John Keegan comenzaba a narrar la geografía del departamento francés del Somme en su excelente obra The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme (Londres, 1976), añadiendo, además, una increíble imagen narrativa de la vida campesina en dicha zona setenta años después de la gran batalla, el lector no puede hacer menos que revivir en su mente las conocidas escenas de La Comarca, que aparecen en la primera entrega cinematográfica de El Señor de los Anillos, del director neozelandés Peter Jackson, La comunidad del Anillo. Poco más tiene de bucólica la descripción del Somme por Keegan, ya que tras esas líneas el viraje de la narración cambia la imagen, y el lector comienza a vislumbrar cómo bombas sin estallar asoman la cabeza tras ser removidas de la tierra por el arado de los campesinos.

Esta realidad de la que Keegan se hace eco no es de extrañar, ya que la batalla del Somme, acaecida en el departamento francés del mismo nombre entre julio y noviembre de 1916, ha sido calificada como una de las más sangrientas de la historia por motivos obvios como el más de millón y medio de proyectiles disparados, o el millón – millón doscientas mil bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos, causadas en ambos contendientes. Nos encontramos, además, ante uno de los puntos de inflexión en la historia. Por una parte, el horror vivido en esa batalla, y en el conjunto de la contienda, no solo marcó a todos los que la vivieron, sino también a todos los que supieron de ella; por otra, que fue, sin duda, el final de una manera determinada de hacer la guerra: enfrentar enormes cuerpos de ejército, unos contra otros, hasta ver quién aguantaba más, quién aniquilaba a quién. Ese tipo de actuación militar abrió una gran controversia en historiales como el del mariscal de campo Lord Douglas Haig, oficial al mando de la Fuerza Expedicionaria Británica, dando lugar, aún en la actualidad, a acalorados debates sobre si éste actuó erróneamente o si lo hizo como cualquiera habría hecho en su lugar.

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Esto fue sumamente agravado por el fuerte avance tecnológico que la industria armamentística había experimentado en los últimos veinte años, destacando las empresas alemanas, británicas, americanas y francesas. Dicho avance se plasmó en el desarrollo tecnológico de las armas automáticas, como la MG 08 alemana o la famosa ametralladora Lewis, de diseño estadounidense y utilizada por los británicos, o la increíble mejora de los fusiles de cerrojo, destacando el Mauser 98 alemán y el Lee-Enfield No.4 Mk I británico, y su fabricación en serie para la infantería, además del desarrollo de los explosivos y granadas de mano, como la bomba Mills británica o la Modelo 24 alemana. En cuanto a potencia destructiva, la artillería se llevó el primer premio… El tamaño y alcance de los cañones y obuses, así como el desarrollo de munición aún más mortífera para éstos, explosiva o incendiaria, hizo del campo de batalla del Somme una “cara de la luna” fácil de distinguir aún a muchos metros de altura por la voracidad de sus cráteres, destacando piezas de artillería como los obuses de asedio británicos de 8 pulgadas (203 mm), pero, especialmente, el “Gran Berta” alemán (M-Gerät 14 Kurze Marine-Kanone), un obús de asedio cuyo calibre contaba con la friolera de 420 mm y el peso de sus proyectiles la nada desdeñable cantidad de 830 kg. Los carros blindados, o tanques, en su primera aparición no jugaron un gran papel, lo que quedaría más que solucionado en los años posteriores. Todas las armas enumeradas fueron desarrolladas con un solo propósito: matar al mayor número de hombres al menor coste posible y en el menor tiempo. De ahí el resultado de la batalla.

Una metáfora sumamente acertada para describir la batalla del Somme es la de dos púgiles, franco-británico uno, alemán el otro, que con fuerzas pares no dejan de asestarse jabs, ganchos y directos desesperadamente desde el round 1 hasta el 15, sin ceder ninguno, destrozados ambos. Exhaustos los contendientes, bañado el suelo en sangre, y sin saber muy bien por qué, claudican sin un mejor resultado que una vaga indeterminación, ya que el destrozo causado es tal que ninguno de los contendientes se atreve a arrogarse victoria alguna.

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Así ocurrió en el Somme, en julio de 1916, hace cien años. Los golpes de fuerza, los ganchos en el argot pugilístico, se sucedían, y en muchos casos los británicos tomaban la iniciativa e, incluso, capturaban objetivos. A mediados de mes, en la ofensiva a Bazentin, incluso intervino un vestigio del pasado: la caballería británica, compuesta por un cuerpo de Dragones y otro de caballería india del Decán, tomó el bosque alto de Bazentin, pese a que tuvieron que evacuarlo en la siguiente jornada. No por ello los germanos se quedaron a la zaga en dichos golpes de fuerza, demostrándolo en ocasiones como en los repetidos intentos de tomar el pueblo de Pozières, localidad estratégica junto al río Ancre. Pese a tan brutales ataques, los púgiles a penas se movieron, y en agosto comenzó el constante intercambio de jabs originado por el cambio de estrategia alemana, que viró hacia la defensa férrea, para convertirse en el mes de septiembre en las trincheras fortificadas de la llamada Línea Hindenburg. Comenzaba así la penosa fase del desgaste.

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