Home > Historia > Antigua > Bellum Civile et dictatura

Bellum Civile et dictatura

Antonio Miguel Jiménez Serrano

Cuando permanecía vacilando, un prodigio le decidió. Un hombre de talla y hermosura notables, apareció sentado de pronto, a corta distancia de él, tocando la flauta. Además de los pastores, soldados de los puestos inmediatos, y entre ellos trompetas, acudieron a escucharle; arrebatando entonces a uno la trompeta, encaminóse hacia el río, y arrancando vibrantes sonidos del instrumento, llegó a la otra orilla. Entonces César dijo: -Marchemos a donde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. Alea iacta est.

Pompeyo el GrandeSupongo que no será necesaria la traducción de la última frase citada en latín. No sabemos hasta qué punto son verídicas las palabras que, en el siglo I d.C. escribió Cayo Suetonio Tranquilo. Solo sabemos que han pasado a la Historia. Y si bien es verdad que la existencia de dichas líneas no cambian un ápice lo ocurrido en la guerra entre Cneo Pompeyo y Julio César, sí nos muestran la importancia que para los romanos tuvo aquel suceso.

Tras la conquista de las Galias, Julio César había rodeado su nombre con un halo de fama y leyenda, pero a la vez había provocado un terrible miedo en la mayoría de senadores y nobles romanos. Éstos estaban siendo testigos de cómo un hombre se alzaba de entre tantos mediante un valor y una determinación inauditos. Por otra parte, el triunvirato se había deshecho: el rico Craso había muerto a manos de los aguerridos partos en la batalla de Carrhae en el 53 a.C., y los lazos que unían a Pompeyo con César habían muerto con Julia, la hija de éste, casada con Pompeyo, quien además, junto con el resto del Senado, era testigo del descollar de César. De esta manera, y tras decantarse Pompeyo por apoyar a la rama de los optimates, enemigos políticos de César en su mayoría, se declara al procónsul culpable de múltiples delitos, entre los que se encontraba formar legiones sin permiso del Senado, y se le ordena que licencie a sus legiones, entregue el mando de la Galia, y acuda a Roma para ser juzgado. Además, el Senado confirió a Pompeyo poderes extraordinarios, siendo nombrado consul sine collega (no dictador), y dando comienzo una crisis política que entreveía el enfrentamiento, ya que Pompeyo, al igual que César, era amado por sus legionarios.

César obedeció la orden del Senado, o una parte al menos, y acudió a Roma. Pero no acudió sólo, ya que le acompañaba una de las legiones que él mismo había reclutado para la conquista de la Galia, la Decimotercera. Se produjo entonces el famoso episodio que al inicio citábamos con las palabras de Suetonio, el cruce del Rubicón, con lo que el Senado, asustado, huyó de Roma, declarando a César enemigo de la República, y Pompeyo se retiró a Grecia para reagrupar las legiones que allí tenía. Con todo, da comienzo la Guerra Civil en el año 49 a.C., que se extenderá hasta el 46 a.C. con la derrota de los últimos enemigos de César en África.

César cruza el Rubicón

Tras el paso del Rubicón, César se dirigió a marchas forzadas a Hispania, donde Pompeyo tenía parte de sus mejores tropas. Allí, según dice Suetonio, su intención era “combatir a un ejército sin general para volver a combatir a un general sin ejército”, derrotando a las legiones pompeyanas en Ilerda. Después, tras poner orden en Roma, viajó a Grecia en busca de Pompeyo, siendo derrotado por éste en Dirrachium, en el 48 a.C. César pudo retirarse a tiempo y recomponer raudo sus legiones, por lo que un mes después del fiasco, Pompeyo fue derrotado en Farsalia por las numéricamente inferiores tropas de César, que combatieron como auténticos titanes, llevando a cabo una estrategia ideada por el experimentado general, genial a la vez que arriesgada, en la que quitó fuerza al cuerpo central del ejército para apoyar a la caballería del flanco, acompañado con rápidos movimientos y la fuerza de los veteranos de la primera línea. Pompeyo fue aplastado, y huyó a Egipto, donde fue asesinado; Escipión y Catón marcharon hacia África, donde fueron finalmente derrotados por César en el 46 a.C.

César y CleopatraA su llegada a Roma, César fue nombrado dictator, y éste eligió a su antiguo legado en la Galia, Marco Antonio, como magister equitum (mano derecha del dictador). Poco después César marchó a Egipto, hogar de los antiguos faraones y entonces de los tolomeos, que en aquel momento se hallaban en una guerra civil que afectaba a los graneros de Roma, viéndose obligado César a intervenir para que la llegada de trigo a la ciudad siguiera su curso, poniendo en el trono egipcio a la reina Cleopatra VII Filopátor, con la que tuvo un hijo, Cesarión. Por último, ya en el 46 a.C. derrotó a Farnaces del Ponto, hijo del levantisco rey Mitrídates, en la batalla de Zela, y al resto de pompeyanos en la de Tapso. César había derrotado a todos y cada uno de sus enemigos, por lo que al Senado no le quedaba otra salida que volver a nombrar a César dictator, ya por tercera vez. Así comenzó el gobierno de César, en el que pagó bien a sus legionarios y distribuyó tierras y riquezas al pueblo, creó nuevas leyes e intentó romper las tiranteces con sus enemigos políticos. El poder supremo de uno de los pueblos más grandes de la Historia estaba en sus manos. César, el soñador.

Continúa el camino...
La democracia y los galos

Deja un comentario

Este sitio emplea cookies propias y de terceros para mejorar su calidad. Si continúa navegando o utiliza el scroll de navegación vertical, aceptará implícitamente el uso de Cookies. Puede consultar más datos en nuestra Política de Cookies

Las opciones de cookie en este sitio web están configuradas para "permitir cookies" para ofrecerte una mejor experiéncia de navegación. Si sigues utilizando este sitio web sin cambiar tus opciones o haces clic en "Aceptar" estarás consintiendo las cookies de este sitio.

Cerrar