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Bárbaros en Occidente

Antonio Miguel Jiménez Serrano

Roma, el gran imperio del Occidente antiguo, quien tantos pueblos conquistara y uniera bajo el mismo estandarte, no era ya en el siglo V d. C. más que un grueso y suculento bocado para la sangre joven de pueblos ansiosos de gloria. El pesado fisco que sangraba al imperio para sostener un frente descomunal llegó a su cenit durante el dominado dioclenianeo, en la última década del siglo III d. C. Se mantenía un limes en constante alerta desde Britania (muro de Adriano) hasta Oriente Próximo, donde los persas sasánidas no ofrecieron apenas tregua.

Por su parte, numerosos pueblos se habían puesto en movimiento buscando tierras en las que asentarse, como fue el caso de los godos, o saquear, siendo este otro el de los conocidos hunos. Roma, desde el principio, aprovechó el movimiento de estos pueblos en torno al limes para hacer uso en cuanto fuera necesario de su ayuda militar. Así, encontramos las tropas más utilizadas por Roma en la Tardoantigüedad, los foederati, mercenarios contratados: francos y suevos, de origen germánico occidental, o godos, burgundios y vándalos, germánicos orientales, pudiendo incluso encontrar pueblos de origen iranio como los alanos o los sármatas.

Mercenarios germanos

De esta manera comenzó a darse una compleja simbiosis en las fronteras del Imperio que originaron la involuntaria romanización de estos pueblos y la absorción de los bárbaros en la vida cotidiana de Roma. Tanto fue así, que algunos de los más grandes militares posteriores fueron bárbaros, como los magistri militum Argobasto y Estilicón, un franco y un vándalo que fueron “jefes del ejército” de Occidente. Pero esta precaria situación de extraña convivencia habría de cambiar.

A mediados del siglo IV d.C. apareció en Europa un extraño y heterogéneo pueblo que los romanos bautizaron como hunos. Este pueblo estaba formado por una infinidad de tribus esteparias euroasiáticas de carácter nómada, pastores guerreros cuyas leyes se basaban en la guerra y el honor, excelentes jinetes y mejores arqueros cuyas andanzas eran bien conocidas en todo el Oriente antes de llegar a Europa. Unidos bajo el mismo líder, los hunos comenzaron a avanzar hacia el oeste, empujando en primer lugar a los alanos, establecidos en la zona de los ríos Volga y Don. Posteriormente, ya con el pueblo godo dividido, vencieron a los ostrogodos en la actual Ucrania, convirtiendo a éstos en nación satélite y obligando a gran parte de sus guerreros a unirse a la horda. Cruzaron el río Dniéster, y en terrenos dacios vencieron a los visigodos, los cuales pidieron ayuda al Imperio de Oriente, mientras los hunos establecían en el Danubio su base de pillajes.

"Los hunos" - Ulpiano Checa

Estos sucesos lo cambiaron todo, desordenaron de la noche a la mañana el mapa del este europeo y acongojaron tanto a los pueblos establecidos en el limes como a ambas partes del Imperio. Los pueblos que se habían enfrentado a los hunos lo habían perdido todo, y los que oían las aterradoras historias que por doquier circulaban no dudaban en ponerse en camino en busca de tierras seguras. Así, se originó un “efecto dominó” que llegó a las orillas del Rin, donde alanos, vándalos, burgundios y otros pueblos comenzaron a hacer presión a sajones, suevos, francos y otros. Esta situación terminó explotando en dos vertientes: la oriental en 378, por la que los visigodos infligieron una gran derrota a la parte oriental del Imperio en Adrianópolis, y comenzaron a saquear los Balcanes, y la occidental en 406, cuando en el invierno de ese año se heló el Rin y todos estos pueblos pasaron el limes.

Tras este suceso nos encontramos ante un confuso horizonte: el inicio del fin del Imperio de Occidente, que culminaría setenta años después. Como el agua entre las rocas se derramaron los bárbaros sobre la Galia e Hispania, aprovechando los visigodos la confusión para saquear Italia. Los francos pasan a la Galia, los burgundios al valle del Ródano, los lombardos al valle del Danubio, y suevos, vándalos (asdingos y silingos) y alanos a Hispania.

Bárbaros en Occidente

Así, se empieza a configurar un nuevo mapa, totalmente distinto, en el que Roma ya no va a ser el eje vertebrador del panorama general. Será ahora Constantinopla, la nueva Roma, la que recoja el testigo político y militar de la anterior. Pero lo más curioso de este período para quienes el mismo nos apasiona, es que acaece un cambio radical en nuestra imaginación. Los caudillos bárbaros, que solemos imaginar vestidos con pieles, luciendo largas y descuidadas barbas y portando grandes hachas, se transforman de repente en inteligentes monarcas y carismáticos líderes políticos. Obviamente esto no deja de ser una figura literaria, un genio político no nace de la noche a la mañana, pero sí es cierto que empiezan a surgir líderes bárbaros que, si no están romanizados, tienen una excelente visión política. Este es el caso de Genserico, rey de los vándalos, Teodorico, rey de los visigodos, y Atila, rey de los Hunos.

Bárbaros en Occidente - el monográfico

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