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Bárbaros al servicio de Roma

Antonio Miguel Jiménez Serrano

Al recordar las antiguas civilizaciones del pasado, nos es muy difícil no puntualizar lo que podemos denominar como el espíritu de éstas, forjadas de bravura y templadas con conquista. Esto último fue lo que caracterizó al Imperio Romano, su carácter expansivo y, aunque no siempre fue así, el recuerdo transmitido de una Roma invicta. Desde las victorias contra los latinos hasta las campañas dacias de Trajano, las legiones hicieron y deshicieron a placer en el occidente europeo, norte de África y oriente próximo a lo largo de siete siglos. Pero la máquina de guerra romana, la Legión, cuerpo militar de corte hoplítico compuesto de ciudadanos, no podía sostener un ritmo de guerras que aumentaban con cada conquista y cada conflicto.

Como nos cuenta Tito Livio en su magistral obra Ab urbe condita, las puertas de Jano apenas se cerraron hasta la época de Octavio Augusto. Es por ello por lo que los sucesivos cónsules, donde debemos recordar al famoso Mario, y el Senado se vieron en la necesidad de recurrir a tropas que, hasta el momento, se consideraban más que cuestionables. Hay que entender aquí que para un romano, poder servir en el ejército era uno de los derechos sagrados (religiosamente hablando) del ciudadano, y ver a extranjeros en el ejército no era algo agradable; así, durante las Guerras Púnicas, se introducen las auxilias o cuerpos auxiliares de guerreros nativos, cuerpos aparte pero anexos a cada legión, engrosando sus filas arqueros cretenses, honderos baleares, jinetes galos, iberos y númidas…

Con el paso del tiempo, la creación del principado augústeo y la expansión de la cultura romana que los legionarios transportaban en su impedimenta de forma inconsciente junto a palas, cazos y lanzas, el Imperio Romano llegó a abarcar desde Finisterre, en Hispania, hasta la frontera natural Rin-Danubio, en Germania, y el Golfo Pérsico, en la provincia del mismo nombre. Así, una vez realizada la última proeza contra los dacios, pueblo caracterizado por su bravura que presentó una enconada resistencia al emperador hispano ya nombrado, Roma cambió, muy probablemente de forma inconsciente, su modelo de política militar expansiva a una puramente defensiva.

Tras la llegada al poder de Diocleciano en el 284, el fenómeno de una ¨Roma cercada¨ produjo la reforma dioclecianea en el ejército romano, integrándose las auxilias en el ejército por su formación militar, y dividiendo todo el conjunto en los conocidos comitatenses o tropas de campaña y limitanei o tropas fronterizas. Aún siendo este uno de los momentos del Imperio en que más numeroso era el ejército, se necesitaban todavía más tropas para mantener las fronteras, por lo que se recurrió a los foederati o tropas mercenarias bárbaras. Su nombre procede de la palabra foedus, una especie de pacto contractual por la que Roma otorgaba tierras a pueblos no romanizados a cambio de su servicio militar. 

En estos cuerpos se encontraban todo tipo de etnias: francos, godos, suevos, alanos, vándalos, sármatas, persas e, incluso, hunos. Alguno de estos pueblos hasta se romanizó en cierto grado, como los visigodos, especialmente en sus costumbres bárbaras y el modo de luchar de sus tropas. Así, por ejemplo, encontramos destacables casos de bárbaros en los más altos rangos militares como el magister millitum vándalo Estilicón o el hérulo Odoacro. Hay que decir que este fenómeno, en especial si nos fijamos en los dos ejemplos expuestos justo arriba, en ocasiones trajo cierto beneficio a Roma y en ocasiones la más grande de las desgracias. Sucesos como el protagonizado por Odoacro en 476 propició el fuerte odio hacia los soldados bárbaros que luchaban en la parte oriental del Imperio, sucediendo verdaderas matanzas injustificadas de éstos. Fue, finalmente, el emperador de Constantinopla, Heraclio, quien volvió a militarizar a la población de manera hoplitica, formando el ejército con ciudadanos, dejando como redupto de tropas extranjeras en la máquina militar una guardia de quince mil hombres creada por Tiberio Constantino especialmente entrenados y bien adiestrados que, andando el tiempo, se convirtió en la famosa Guardia Varega.

Así, y a modo de conclusión, es importante entender que el imperio más grande de Occidente se levantó con cimientos romanos, alzado provincial y almenas bárbaras. Es decir, la aceptación e incluso enorgullecimiento  de pertenecer a algo tan grande como lo fue la idea de Roma, hizo que un pueblo, levantado en un cenagal, se convirtiera en una república de corte estatal, y más tarde en una civilización que todavía hoy sigue deslumbrándonos. 

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