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Atrapados en la revolución rusa

Ficha técnica

Título: Atrapados en la Revolución rusa, 1917

Autor: Helen Rappaport

Editorial: Ediciones Palabra

Año: 2017

Páginas: 475

Precio: 24,50€

 

 

 

 

Antonio Miguel Jiménez Serrano


“El aire está cargado de alusiones a la catástrofe”, afirmaba con unas sobrecogedoras y, al mismo tiempo, proféticas palabras el diplomático estadounidense en Petrogrado Fred Dearing. Las escribió en su diario personal, a finales de 1916, dejando constancia de que la cercana Revolución de 1917 no fue totalmente inesperada. En la misma línea escribía, también en sus apuntes personales, el embajador británico en Petrogrado, sir George Buchanan, quien presenciaba con creciente pavor desde sus acomodadas estancias, cómo el pueblo llano tenía que esperar horas y horas en colas interminables para poder hacerse con un poco de pan, leche, huevos y, en alguna ocasión, un trozo de carne: “Cuando el crudo invierno caiga sobre esas filas, se convertirán en material inflamable”.

Son los testimonios de dos prominentes extranjeros en el Petrogrado en el que se gestó la llamada Revolución de febrero y, por ende, el comienzo de la Revolución rusa. Los encontramos en la obra Atrapados en la Revolución rusa, 1917 (Palabra, 2017), donde se nos ofrece una visión novedosísima de los hechos que acaecieron en la capital del Imperio zarista en los momentos finales de su ocaso. A este respecto hay que señalar que tradicionalmente se ha prestado especial atención a los testimonios directos de la Revolución desde una única perspectiva: la de los revolucionarios, y, dicho sea de paso, no a los más moderados. Trabajos ya clásicos, y no por ello menos válidos, como la Historia de la Revolución rusa (en dos volúmenes) de Lev Trotski; El Año I de la Revolución rusa de Victor Serge; Diez días que estremecieron al mundo de John Reed; o las tres obras de Jacques Sadoul, Vive la République des Soviets!, Notes sur la révolution bolchevique y Quarante Lettres (ésta última con nueva edición en Turner, 2016), presentan una única visión desde dentro de la Revolución: la favorable a los bolcheviques. Esta característica tendenciosa es perfectamente lógica y no minusvalora estos trabajos, pues para la mirada crítica, que puede “separar el grano de la paja”, es una máxima el aprovechar todo de todas las fuentes, intentando diferenciar lo mejor posible (aunque siempre es difícil) lo objetivo de lo subjetivo.

Pero, por distintas razones, ha habido numerosas obras sobre la Revolución rusa de 1917 escritas también por personas que protagonizaron los hechos pero que han pasado totalmente desapercibidas para el lector no especializado, como la de los mencheviques moderados Irakli G. Tsereteli, georgiano al igual que Stalin, quien en el exilio escribió sus memorias Vospominaia o Fevralskoi Revoliutsi (en la transliteración latina), es decir, Memorias de la Revolución de febrero, en dos volúmenes, sobre los sucesos que rodearon la caída de los Romanov y el ascenso de los Sóviets; o el también moderado y miembro fundador del Sóviet de Petrogrado, Nikolai Sukhanov, quien escribió una monumental obra de la Revolución rusa en seis volúmenes, Zapiski o Revoliutsii, en español Notas sobre la Revolución.

Revolución
Helen Rappaport.

Éstos daban la visión menchevique de la Revolución rusa, es decir, la de los revolucionarios moderados, pero apenas se encuentran ediciones de sus obras, y éstas anteriores a los años 70 del pasado siglo. Sin embargo, las reediciones que se han venido haciendo de obras cuya perspectiva es la bolchevique ha determinado sumamente el estudio sobre los sucesos de 1917 en Rusia, y a día de hoy encontramos muchos errores de interpretación en la historia de la Revolución rusa a causa del desconocimiento del resto de perspectivas que coexistieron en aquella serie de sucesos, y no solo la visión menchevique, sino también la de los Kadetes, los Eseristas o social-revolucionarios, los anarquistas, los Rusos Blancos, los monárquicos constitucionalistas o los siempre olvidados Verdes (grupos de campesinos rebeldes cuyo objetivo era el reparto de la tierra, la autonomía regional y los valores tradicionales).

Otro tanto había ocurrido con todos esos extranjeros cuya presencia no se debía al furor revolucionario, como fue el caso de los citados Reed, Serge y Sadoul. En Atrapados en la Revolución rusa, 1917 encontramos una delicia historiográfica al poder acceder a las memorias y testimonios de aquellos extranjeros que, por su profesión en la mayoría de los casos, se encontraban en Petrogrado, y cuya visión de la Revolución es de lo más neutral, aunque no en todos los casos. En esta novedosa publicación se recogen testimonios como los de embajadores, sinónimo de personaje de la alta sociedad, que ven con horror los sucesos que acaecen, como sir George Buchanan, pero también de periodistas revolucionarios conscientes de ser testigos de un gran hecho histórico, como le citado John Reed, además de otra serie de personas cuyo carácter es, en general, neutral, como enfermeras, comerciantes, sirvientes, fotógrafos, actrices, burócratas, religiosos, vividores, y un largo etcétera, que construyen una imagen de los sucesos de febrero (según el calendario juliano) de 1917 en la ciudad de Petrogrado increíblemente completo y variopinto. Eso sí, desde el punto de vista extranjero, con sus determinados patrones sociales de pensamiento dependiendo su procedencia y de la clase social a la que pertenecieran.

“A día de hoy encontramos muchos errores de interpretación en la historia de la Revolución rusa a causa del desconocimiento del resto de perspectivas que coexistieron en aquella serie de sucesos”.

Destaca, por ejemplo, el increíble testimonio del fotógrafo de guerra Donald Thompson, estadounidense, y la periodista del diario Leslie’s Weekly Florence Harper, canadiense, quienes vivieron todos los sucesos, cámara en mano, a pie de calle. Aquel primer día de la Revolución de febrero fueron testigos de cómo el pueblo se echaba a la calle improvisadamente, y no eran revolucionarios ideológicos ni gente instruida en política la que salió a la calle para plantar cara a los leales y férreos cosacos del zar. O también impactante es el testimonio de la voluntaria canadiense en el Hospital Anglo-Ruso, Edith Hegan, quien cuenta que “sólo teníamos que asomarnos a la ventana del segundo piso para ver el progreso de la revuelta, y a los muertos y heridos cayendo allí donde la policía cargaba de vez en cuando”. Testimonios algunos sumamente crudos, como el del curioso hombre de negocios inglés Bertie Stopford, muestran la cara más trágica y menos liberadora de los sucesos. Éste observó a “una dama bien vestida atropellada por un automóvil, un trineo volcado, y a su conductor empujado y asesinado. Las personas de aspecto más pobre se apretaban contra las paredes y muchos otros, sobre todo los hombres, caían sobre la nieve. Muchos niños fueron pisoteados, y otras personas golpeadas por los trineos o aplastados por el gentío”.

Por último, cabe mencionar que Atrapados en la Revolución rusa, 1917 ofrece una genial visión sobre la alta sociedad extranjera en la Rusia zarista, y la propia alta sociedad rusa de comienzos del siglo XX, tema muy poco tratado y cuyo valor sociológico e historiográfico trasciende los tópicos clásicos gracias al rigor de la especialista en historia rusa Helen Rappaport. Sin duda, este libro aporta una visión fresca y novedosa de uno de los acontecimientos históricos más importantes en el devenir de Europa, y, sin duda, el más significativo de la historia rusa. En un breve tiempo caía una de las monarquías más grandes y poderosas de su época para convertirse en el primer régimen comunista de la historia; la gran autocracia de los siglos XVIII y XIX se convertía, sin pasar por el europeo periodo constitucionalista burgués, en el socialista por excelencia.

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