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Teresa, Felicidad, Anaïs. Diarios de aves fénix

«Los murciélagos pasan gritando sobre el tragaluz de nuestra celda, y nosotras quietas, sin decirnos nada, pensamos que son presagios funestos, de más hondas penas todavía».
Teresa Wilms Montt.

 

Resurgían. Una y otra vez. Sostenidas por las páginas de sus diarios; pilar de la conciencia y sosiego del constante desencanto, a cada golpe y a cada herida respondían con un nuevo salto que era siempre mortal. Ninguna fue feliz. Su naturaleza, simplemente, impedía que lo fueran. Pero el amor, a quien se entregaron como si para ello hubiesen sido procreadas, a veces les otorgaba breves instantes de aire –contados con no más de cinco dedos–, que de antemano sabían de liberación caduca. Por ello los exprimieron hasta la dulce asfixia, y con tanta minuciosidad los describieron ocupando líneas y líneas de memoria. Tal vez para que de ese modo pareciera que la luz había ocupado, después de todo, más tiempo del permitido en sus vidas.

Teresa Wilms Montt (1893-1921), Felicidad Blanc (1913-1990) y Anaïs Nin (1903-1977) nacieron con la misma condena: la insatisfacción personal. Su espíritu efusivo y libre se topó con el muro del mundo, con el mundo hecho muro, con ellas mismas contagiadas por la falsa imposibilidad. No alcanzaban sus sueños, no sabían siquiera cuáles eran. Amaban la vida pero vivieron privadas de ella. Dieron todo a quienes amaban, dieron todo a la esperanza, a la rebeldía, al quizás, al todavía. Socialmente fueron tanto oprimidas (de sobra es conocido el limitado papel que la mujer desempeñaba) como reconocidas (las tres escribieron y publicaron); y su mirada soñadora proyectaba el mismo espejismo: la felicidad que se escurría, que nunca palparon. La escritura, tanto a modo de cuentos como especialmente de diario, acudió a las tres como refugio, escondite, consuelo. Como el hogar donde ser ella mismas. La burbuja cautiva y secreta, irrompible y poderosa, donde poder expresarse sin tapujos ni miedos, donde poder conocerse a sí mismas, donde poder soñar y expirar. Fuera de sus diarios eran demasiado poéticas para acceder a sus motivos, demasiado sensibles para soportar este mundo, demasiado libres para los corsés de lo correcto. Hechas de una forma demasiado irregular para encajar en ninguna parte. Y eso es irreversible. Y eso, siempre, es tan hermoso como triste.

Descubrir al torturado ser humano que se ocultaba tras estas incomprendidas mujeres supone un «allanamiento de morada» fascinante. No hay nada más personal y puro que un diario, y sumergirse en él es un acto que respira entre el pecado y lo sagrado. La señora Dalloway, Cabaret Voltaire y Harpo Libros poseen en sus catálogos valiosos volúmenes que permiten, décadas después, revivir las voces de tres aves fénix a través de sus diarios: la Preciosa Sangre de Teresa, el Espejo de sombras de Felicidad y los Espejismos inexpurgados de Anaïs.

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Ficha técnica

diariosTítulo: Preciosa sangre. Diarios íntimos

Autora: Teresa Wilms Montt

Editorial: La señora Dalloway

Año: 2017

Páginas: 154

Precio: 14 €

 

 

 

 

 

 

«Si un psicólogo estudiase mi vida, vería que mi mariposeo por los ideales, y por las miserias, es un esfuerzo para curar la enfermedad tenebrosa».

«Es posible resumir los intensísimos veintiocho años de la vida de Teresa Wilms Montt en menos de diez líneas», escribe Alejandra Costamagna en el prólogo de este delicado libro. «De sangre aristocrática, descendiente de cuatro presidentes de la república, segunda de siete hermanas, nace en Viña del Mar [Chile] en 1893. Lectora prematura, trilingüe, se casa a los diecisiete años sin consentimiento de sus padres, simpatiza con el anarquismo, es acusada de adulterio por su marido e internada en un convento en Santiago y alejada de sus hijas. Huye a Buenos Aires con el poeta Vicente Huidobro, publica cinco libros –cuatro de prosa poética y uno de cuentos–, recibe aplausos de los círculos intelectuales, coquetea con la vanguardia europea, es adicta a los somníferos y al opio, intenta matarse dos veces sin éxito y a la tercera, el 24 de diciembre de 1921, en París, lo consigue».

Sin embargo, ya había muerto antes. Muchas veces, momentáneas, amenazadoras. Muertes temporales, del alma, como cuchillos que se clavan y se extraen en una ráfaga bajo el efecto boomerang. Muertes nacidas del abatimiento, la desesperación, la asfixia social y personal. La condena por y de ser ella misma. Niña inquieta, desobediente y vestida de árboles, mujer enferma de romanticismo. Luchó por hacerse un hueco entre los grandes nombres de la literatura de su época, y logró dejar sobre ellos una pétrea huella de incomodidad y asombro. «De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña, cargada de siglos y de juventud», se preguntaba Valle-Inclán, quien como tantos cayó fascinado ante una escritura y una personalidad tan poderosas e intensas, y quien además prologó sus obras publicadas en nuestro país. Sus libros, así como su diario, son la materia viva que queda de Teresa. El reflejo más fiel y auténtico de su hastío y su ilusión, de su peregrinaje arduo y ardiente. «Madre joven, sin espíritu práctico, histriónica, seductora, bohemia, infiel», define Alejandra. «Escritora que huye del continente, que intenta arrojarse al mar, que pide el divorcio, que clama ver a sus hijas, que se apaga. […] La escritura de Teresa Wilms Montt es el coro de su leyenda».

Encerrada en el convento de la Preciosa Sangre, donde permaneció cerca de un año y donde intentó suicidarse, Teresa escribió la mayor parte de los textos que La señora Dalloway ha recopilado, revisado y publicado en un volumen que tanto en forma como en contenido ha sido cuidado y venerado hasta la médula. Todos esos textos, que abarcan desde 1912 hasta 1920, dan testimonio abierto de lo que siempre permaneció silenciado: sus sentimientos, pensamientos e inconscientes gritos de ayuda a la nada y al todo que, hallando consuelo y única salida, expiraba en sus diarios («hay dos seres en mí, eso sólo yo lo sé… Para vivir ene ste mundo conviene mostrar sólo el que me conocen»). Después de su estancia en Argentina y España viajó a París, donde se reencontró con sus dos hijas. El dolor de la segunda separación, y la constatación de que era casi una extraña para ellas, sumió a Teresa en la última y definitiva depresión. Un dolor agudo, agudísimo, que se volvió definitivo. Pero que no lo fue por sí solo, sino por ser gota de sangre que colmó el vaso. Vaso de cristal muy fino lleno de un largo arrastre de desencuentros, asperezas, ensoñaciones y una inalcanzable felicidad. «He cavado, cavado con la constancia de un sepulturero, las tierras de mi corazón. Dolor, quien lo sufre y lo busca ha descubierto el fervor de los iluminados mártires y el secreto de la eternidad».


Ficha técnica

diariosTítulo: Espejo de sombras

Autora: Felicidad Blanc

Editorial: Cabaret Voltaire

Año: 2015

Páginas: 320

Precio: 20,95 €

 

 

 

 

 

 

 

«He buscado escribiendo mis memorias la identidad perdida. Volver a ser Felicidad Blanc, más allá de ese nombre de viuda de Panero que llevo conmigo. Y más allá también de la incompleta figura que muestro en “El desencanto”. El libro me enseñó cómo soy».

La cita no pertenece a Espejo de sombras (Cabaret Voltaire), sino a una entrevista concedida a El País en noviembre de 1977, cuando tuvo lugar la presentación original de dicho libro. A diferencia de los textos de Teresa y Anaïs, éste no fue escrito a modo de diario a lo largo de años de su vida. Natividad Massanés, quien prologa la edición, fue quien animó a Felicidad a ponerse por escrito: «Felicidad Blanc tiene el sentido de la palabra, una fluidez que no es literatura, que es ella misma. Le hice observar que el libro, las memorias, las tenía ya en cierto modo elaboradas, que era cuestión de ponerse a escribirlas. No la convencí, pero me sugirió un compromiso: ella, con mi ayuda, evocaría sus recuerdos, grabaríamos esas conversaciones y después las publicaríamos».

Tras meses de nostálgicas tardes, en las que Felicidad hablaba durante horas y compartía fotografías, cartas y poemas (una pequeña parte de todo ello se incluye en el libro), nació un objeto valiosísimo de papel que al abrirse se transforma en una puerta a un universo que durante décadas pasó para (casi) todos inadvertido. «Son mis transiciones bruscas de la alegría desbordada a una tristeza que no tiene solución», dice de sí misma siendo aún niña. «La atmósfera opresiva se infiltra en mí, profundamente. Siempre fui soñadora, pero ahora es otra cosa, es un deseo de huir». Toda su infancia, a veces feliz, muchas oscurecida, las casas que habitó, los veranos, su hermano Luis, su enfermiza hermana Margot, la fría tía Eloísa. Los primeros tímidos amores, Antonio, la época feliz. La guerra. «Hay una vaga tristeza en sus ojos. Es nuestra juventud que se marcha. Es el comienzo de la guerra». Ella de enfermera, su hermano de soldado, su hermano muriendo. El despertar a la literatura y la política, la llegada de Leopoldo Panero. Un amor extraño, de escasa y difícil comunicación, que nunca cuajó del todo. Que tuvo su única plenitud en un poema, Cántico, escrito por él tras una por entonces inocente riña. En él escribió todo aquello que podría escribirle a Felicidad, como si con eso ya hubiera cumplido. Nunca más se sintió amada.

Los hijos; Juan Luis, Leopoldo María, José Moisés (Michi). Su vuelo hacia las letras, que quedó quebrado por la indiferencia de su marido y su descenso al papel de ama de casa y madre. «Pero la casa empieza a funcionar mal, los niños cuando me hablan apenas les contesto. Y un día me pregunto si vale la pena, si esos cuentos justifican el abandono. Y dejo de escribir. Vuelvo a ser el ama de casa bastante imperfecta que siempre he sido, pero que trata por todos los medios de llegar a ser mejor. Leopoldo tampoco se da cuenta de este sacrificio. Seguramente pensará que ya no tengo más que contar». Sí tenía, y finalmente, en Espejo de sombras, pudo hacerlo. Todo lo que quiso ser y no pudo, y todo lo que por dentro fue, está contado, elegantemente gritado, en un emotivo libro que junto con la famosa película de Jaime Chávarri El desencanto (1976) ayuda a conocer y comprender a Felicidad Blanc. Una persona tremendamente sensible por dentro y distante por fuera que, de tanto protegerse y resignarse, se ocultó hasta de su propio ser. Luis Rosales, amigo del matrimonio, lo reflejó en el poema Retrato de Felicidad Panero: «Es como si leyeras una herida y apretaras el dolor hacia adentro. Basta mirar tus ojos para sentir dolor». Ella misma ya lo sabía, lo supo desde el inicio, lo asumió; y se lo dijo a Natividad en una de las grabaciones que dieron lugar a este libro aludiendo a algún momento perdido que acabó simbolizando todos: «Y rezo siempre para que me salven de algo».


Ficha técnica

diariosTítulo: Espejismos. Diario inexpurgado 193-1947

Autora: Anaïs Nin

Traductor: Andrés Catalán

Editorial: Harpo Libros

Año: 2017

Páginas: 480

Precio: 25 €

 

 

 

 

 

«Eres materialmente la “mujer del mundo”», dijeron de ella a raíz de su libro “Invierno de artificio”. «Has vivido dura y violenta y rotundamente».

Has sido todas las mujeres del mundo, todos los cuerpos del mundo, todos los espíritus, las angustias, los deseos. Has sido profetisa, vidente, reina. Y esclava de tu inmenso poder. «Este diario –cuenta la propia Anaïs– ha sido le livre des angoisses. Las páginas más escasas son las de paz, satisfacción. Muy escasas. Angoisse es la mujer de una pesadilla que grita sin voz». Sin auditorio, tal vez, por difícil contexto y por voluntad propia. Pero nunca sin voz. La suya fue de las más audaces, personales e incorregibles, y está recogida en relatos y diarios igualmente asombrosos y revolucionarios. Espejismos. Diario inexpurgado 1939-1947, que publica Harpo Libros con una excelente traducción de Andrés Catalán, es sólo uno de ellos, el más maduro. Únicamente tras fallecer gran parte de las personas que aparecían en sus diarios (especialmente Hugh Guiler, con quien se casó a los veinte años y de quien nunca se divorció), las instrucciones de Anaïs permitieron la publicación sin censurar de los mismos. Henry, su mujer y yo (1931-1932), Incesto (1932-1934), Fuego (1934-1937) o Más cerca de la luna (1937-1939) son los más conocidos y los que anteceden a este volumen.

Sus títulos ya la anuncian. Como Felicidad, y sobre todo como Teresa, vivió por y para el amor, mas como ella misma reconoce sólo halló sufrimiento. Llenas de intensas y detalladas reflexiones acerca de todas sus vivencias, estas páginas se encuentran empapadas de las frustraciones y desengaños que de forma constante sufría Anaïs Nin («y mi concepto de entrega estaba equivocado: dar lo que duele dar –yo misma– me parecía la forma de amor más elevada»). De forma paralela a la publicación de Invierno de artificio (1939), Bajo la campana de cristal (1944) y Escaleras hacia el fuego (1946); siendo con ellos la primera mujer en publicar cuentos eróticos y pornográficos, este diario aborda los ascensos y descensos –pues todo lo que acontecía a su vida era violento y ardiente– de su relación con Hugh y con sus numerosos amantes, destacando entre ellos, por permanencia, el también escritor Henry Miller y Gonzalo. Años más tarde llegaría Rupert Pole, con quien se casaría en 1955 y cuyo matrimonio terminaría anulando por miedo a descubrirse su poliandria. El amor de Anaïs, que con ansia y pánico buscaba en cada uno de sus affaires, no conocía etiquetas, normas o barreras. Necesitaba experimentar y aprender cada matiz que cada persona pudiera aportarle, absorberlo todo, y al mismo tiempo devolverles todo lo que ella conocía.

Con la mayoría de ellos se veía a sí misma como una amante-madre. Estaba por encima, adelantada en experiencia y carácter. Los creaba, los moldeaba. Los hacía libres para que resurgieran de sus cenizas como ella. Era su forma de ser, y lo que también le hacía sentirse segura y a salvo de los sentimientos. Pero, así, acababa encontrándose siempre insatisfecha, perdida. «Fue como una crisis de locura. Me daba cuenta de la exageración y la distorsión de las que soy culpable, me daba cuenta de la obsesión: quiero obligar al amor a ser ilimitado, infinito, el del mundo, y el de Gonzalo, porque el mío es infinito». Por eso la felicidad, como el éxtasis, «era algo irreal, porque yo solamente vivo en las profundidades». Cada pensamiento suyo es una exploración que perfora las paredes de sí misma, cada pensamiento es un castigo que se impone, cada pensamiento es la certeza continuada de algo inevitable: su naturaleza. Y en algunos de todos ellos, al leerla, nos encontramos, nos vemos a nosotros. Porque ella lo vivió todo, y regresó de esa muerte hermosa y excesiva para contárnoslo.

Henry Miller, en una carta de 1942 que ella transcribe en el diario, decía: «tenemos esta situación en la que estamos por culpa esencialmente de lo que somos. Al elegir vivir por encima de la normalidad nos creamos problemas extraordinarios». Así eran, así era. Anaïs, un problema extraordinario.

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