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Marsé: «El embrujo de Shanghai» y del relato

Ficha técnica

Título: El embrujo de Shanghai

Autor: Juan Marsé

Editorial: Debolsillo

Año: 2015 (primera edición: 1993)

Páginas: 248

Precio: 7,55 €

 

 

 

 

 

Luis Melgar Blesa
@lluismblesa


Treinta y tres años después de su primera novela, Juan Marsé (Barcelona, 1933) publica El embrujo de Shanghai, una novela bisagra entre su escritura más social, experimentalista y estética y las siguientes, en las que el argumento ganará peso sobre la forma. La obra se presenta como una novela sin grandes diferencias con lo que el autor viene entregando a su público: Barcelona de posguerra, barrio del Guinardó y unos personajes prototípicos, reales, de esos que, la mayoría de las veces, existieron superando a cualquier ficción.

El narrador es Daniel, un chico que está a punto de entrar a trabajar como aprendiz en un taller de joyería. Este hecho conecta con la propia vida del escritor, pintando la obra de una especie de pátina autobiográfica, aunque no se prodigará mucho más. El primero de los temas que se aborda en la novela es el de los desaparecidos en la Guerra Civil. El paradero desconocido de los que no han vuelto y la incertidumbre de quienes los esperan. Daniel es un chico sin padre, pero todavía mantiene la ilusión y no se considera huérfano. En esta misma situación convive Susana, la coprotagonista de la obra, una niña tuberculosa, cautiva en la cama de su torre, una vivienda señorial que evoca el poder económico que alcanzó su padre, desaparecido, al igual que el capital.

Juan Marsé
Juan Marsé.

A esta incertidumbre ilusionante de los muchachos se contrapone el excesivo saber de los mayores. En medio de esa ruptura, de ese dramático Leteo que parece separar a los personajes infantiles de los mayores, podemos encontrar al capitán Blay, que desencadenará, con su locura quijotesca, la unión de los protagonistas. En la lucha de Blay contra una chimenea que vomita su humo al barrio, encarga a Daniel que –gracias a sus dotes de dibujante que lo han empujado a poderse labrar un futuro como joyero– pinte un retrato de Susana en la cama, pálida, moribunda, asfixiada por el dioxidante humo que emana del cañón. Los encuentros entre Daniel y Susana generarán en nuestro protagonista un candoroso y extremadamente tímido descubrimiento sexual. El papel jugado por la niña, en el arquetipo de una auténtica Lolita, hará que el narrador dé muestras de un relato propio de la novela de educación sentimental, aunque bastante acotadas a este terreno.

A esta incertidumbre ilusionante de los muchachos se contrapone el excesivo saber de los mayores en una especie de dramático Leteo.

«Conforme avanzaba en el dibujo de Susana sentía crecer en mi interior una sensación de dependencia y cada día me veía más prisionero de un decorado venal y falso, una escenografía artificiosa que de ningún modo hacía justicia a las delirantes expectativas del capitán Blay ni a las apasionantes historias que nos contaba Forcat al atardecer: mi Susana en colores nunca sería el pálido espectro de la muerte que quería el capitán ni la delicada muñeca de porcelana y seda que la propia Susana quería enviar a su padre. Yo no era capaz de reflejar siquiera el entorno; había diseñado la galería como si fuera un invernadero, tal como la veía, pero en ese invernadero nada podía florecer; había intentado reproducir en el papel la frente tersa de Susana y también la rosa aterciopelada y cada día más encendida de sus mejillas, y solo conseguí el pálido remedo de una pepona sin vida. Lo había comentado con los Chacón: día tras día, la enfermedad la hacía más hermosa y más amiga, más nuestra, más a la medida de nuestras calentura; transpiraba una sensualidad contagiosa, húmeda y cálida, que de algún modo yo me propuse apresar con el lápiz y que naturalmente no conseguí».

Juan Marsé
Escena de «El embrujo de Shanghai», dirigida por Fernando Trueba (2002).

Pero la ruptura narrativa no se producirá hasta la llegada de Forcat a la casa de Susana. Nandu Forcat es un compañero, un camarada, de el Kim, el padre de la niña, que se encuentra en el exilio. El nuevo personaje representa el misterio, el exotismo y, en ocasiones, también lo sobrenatural o inexplicable. Él actuará de paranarrador, explicando a los muchachos la historia de el Kim, que se encuentra en una secreta misión en Shanghai, a la caza de un peligroso nazi huido. En este relato se enmarañarán las ilusiones de los chicos, mientras que las pasiones de los adultos –y las delaciones– se ocultan o se adornan. Y es que al final, la novela cumple con lo que promete al principio, en esta, además, desde la primera línea de texto: «Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos». Y así sucede exactamente. Esto es El embrujo de Shanghai, una corrupción paulatina de los sueños juveniles, una desilusión, un desengaño, un desgarrón, una forma, en el fondo, de crecer. El poso final de este caldo ya lo dijimos: el embrujo de Shanghai es el embrujo del relato; saber, al final, que las historias también pueden ser balsámicas.

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