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Rashomon, prosopon

Fernando Bonete Vizcaino

Hay mucho que destacar en esta primera gran obra del genial cineasta japonés Akira Kurosawa. Se ha reseñado, ya en incontables ocasiones, la epifanía que el maestro busca establecer en cada tramo de Rashomon: la pugna por descubrir la verdad, el viaje a través profundidades de la condición humana, esa onírica y sobrecogedora incursión en el cine de terror con la presencia de un espíritu venido del más allá como recuerdo de la vida tras la muerte. Son las bondades más comentadas del largometraje, si además añadimos la impecable factura fotográfico-estética de todo el filme.

Ha quedado relegada al olvido, sin embargo, una maravillosa cualidad de Rashomon; o tal vez porque inunda cada toma, cada fotograma de la película, ha pasado desapercibida. Me refiero al prosopon, término griego con el que se designaba, a un mismo tiempo, a la persona y a la máscara. Porque ser persona es para la cultura clásica, con su innegable vinculación al teatro (su origen no es otro que el rito religioso, el ditirambo), una perpetua actuación; representar el papel que impone en cada circunstancia la vida y nuestro fin como hombres. Para ello se requiere de una máscara para cada ocasión.

Akira Kurosawa debió ser perfectamente consciente de esta eventualidad al construir y reclamar una metodología interpretativa para su primera obra maestra. De otra forma no se entiende que cada escena esté impregnada de la más perfecta sincronización con el gesto de sus actores. Cada sonrisa, mueca, mirada, lloro, contención de la boca, de los ojos; cada movimiento respiratorio, cada giro del rostro, de la nariz, de la cara. Toda, absolutamente toda la acción quiere ser transmitida con el rostro, con una máscara cambiante, miríada de verdades, de espíritus, viaje perpetuo al más crudo teatro del alma: la vida y la condición humana.

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2 Responses

  1. Pablo

    ¿Qué puede haber mejor que una película japonesa en versión original? A mí no se me ocurre.

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