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Poética denuncia de la mujer afgana

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"La piedra de la paciencia" (2012) - Atiq RahimiTítulo: La piedra de la paciencia

Director: Atiq Rahimi

Guión: Jean-Claude Carriére, Atiq Rahmi

Producción: Michael Gentile

Dirección de fotografía: Thierry Arbogast

Reparto: Golshifteh Farahani (Mujer); Hamid Djavdan (Hombre), Hassina Burgan (Tía); Massi Mrowat (Soldado)

Duración: 102 minutos

País: Afganistán, Francia, Alemania, Reino Unido (idioma: Farsi)

Año: 2012

Distribuye: Golem

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Germán Esteban Espinosa 

La piedra de la paciencia es la denuncia, a través de un monólogo de la bellísima actriz iraní Golshifteh Farahani, de la sociedad afgana, del papel horrible que le toca vivir a la mujer. Como vemos arriba, en la realización están presentes varios Estados europeos; ¿por qué? Pues porque una cinta como ésta hubiera sido imposible hacerla en Afganistán, ya que sus miembros habrían sido encerrados, la actriz habría sido violada y lapidada, y el celuloide quemado.

La película está plagada de grandes primeros planos, de rostros. La mujer se ve obligada a cuidar a su marido, mayor que ella, que está paralizado tras recibir una bala en el cuello. Tiene que proteger a dos niñas pequeñas y orar por el cónyuge. No obstante, pronto lo convierte en un objeto mágico a quien confesar sus pensamientos, de manera que va poco a poco rompiendo la costra de esclavitud a la que la sociedad afgana somete a la mujer.

La protagonista y su marido

Violaciones, venta de niñas a cambio de saldar apuestas, imposibilidad de ser escuchada por el marido, no recibir un beso en la vida, ser violada salvo que seas prostituta y entonces te conviertas en algo que no merece la pena ser violado, y otros sucesos semejantes caracterizan la cotidianeidad de una mujer en esas tierras dejadas de la mano de Dios.

La guerra es el contexto en que se sitúa el largometraje. La invasión la hace Estados Unidos, sí; pero el director deja claro que los peores enemigos de la paz no son occidentales, sino los pueblerinos analfabetos que de repente obtienen armas “para defenderse del invasor”, pero que las aprovechan para robar, matar a enemigos personales y violar. Igual que aquí durante la Guerra Civil.

El amor también está presente, un amor profundo hacia su marido petrificado, mezclado con asco y odio a su cónyuge antes de yacer inmóvil. Asco por la violación mezclado con cariño por un soldado tartamudo. Preocupación por sus hijas combinada con hambre de libertad y de otra vida. Todos estos son elementos que se van sucediendo a través de las melodiosas palabras de la protagonista, que ocupa el 90 por ciento del metraje.

El pathos íntimo de la película

La música no existe, salvo en las transiciones entre escena y escena; o para anunciar algún mal que se aproxima. El resto es mudo. La fotografía es digna de admirar; consigue restituir, ayudada por el etalonaje de posproducción, una gama de colores próximos a los lienzos pintados con pastel. En las escenas cálidas, las tonalidades pardas se mezclan con las amarillas para resaltar el exotismo de la piel de los protagonistas y dotar de una extremada sensualidad sus movimientos, sustituyendo así la ausencia de toda escena sexual explícita.

La voz de la actriz parece cantar una susurrante nana cuando habla, gracias a la musicalidad calmada del farsi mezclada con su dulce timbre y completada por el bajo tono confesional con el que Golshifteh Farahani charla con su marido durante toda la película. No es recomendable para los que busquen un entretenimiento rápido; pero sí para los que demanden un producto más intimista a la vez que denuncia social, aunque de ritmo muy calmado y más próximo al teatro que a la sala cinematográfica.

Exterior en la película

El director Atiq Rahimi, nacido en la capital afgana huyó a Pakistán tras la invasión soviética, y de allí a París, donde debutó como cineasta y novelista. Ganó el premio Goncourt con la novela que da origen a esta película, titulada Syngué Sabour. La actriz iraní reside por fortuna en París, por lo que todos podemos disfrutar de su talento, y no corre peligro de ser lapidada o tener el rostro desfigurado por la acción del ácido vertido por un defensor del honor iraní. Aunque el director y la esencia son afganos, la producción y las localizaciones son europeas.

La piedra de la paciencia quizá se haya confundido de soporte. Es decir, tomemos el esquema básico de comunicación entre dos o más personas: un emisor emite un mensaje a un receptor. Ese triángulo lleva implícitos otros elementos. Para que el receptor capte el mensaje, éste debe estar inserto en un código que el receptor sepa descifrar; y si el mensaje se transmite, lo hace por un canal.

En el caso de La piedra de la paciencia, el canal elegido es el cine, y el código es una mezcla de signos lingüísticos, icónicos y musicales. Sin embargo, hubiera sido preferible elegir el teatro como canal, ya que incluso la forma impersonal de nombrar a los personajes como “hombre”, “mujer”, etc., es más propio del escenario que del lienzo. Al elegir el cine, sin duda el director consigue que su denuncia llegue a más lugares, amén de lograr un mayor vínculo empático con el público (sobre diferencias entre cine y teatro, lean mi próxima crítica de Kon Tiki).

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