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Elefante Blanco

Fernando Bonete Vizcaino 

Cada dos años exactos hay cita con Pablo Trapero en las salas para una de cine social. Del que queda en la memoria, o séase, del bueno. Lo del argentino viene a ser ya compromiso con la intrahistoria de su país y lo más desfavorecido de la pampa.

Elefante blanco es lo nuevo del cineasta y, tal vez, su trabajo más completo hasta el momento. Seguramente tenga mucho que ver en ello la semántica en la que se desarrolla el filme. El propio nombre de la cinta tiene mucho que decir, referido al apodo que recibió el Hospital de Villa 31 (proyectado como el más grande de Latinoamérica) todavía sin acabar hasta la fecha.

Alrededor de este hospital deambulan la indigencia, el hambre, las drogas… y las cámaras de Trapero, que saben captar con todo el poder de la imagen planos que trascienden a la propia película, que elevan la dignidad de Villa Miseria, y lo hacen con sutileza, con verdadera caridad (hay tomas que realmente sobrecogen, vean si no el fragmento del minutaje 23:20/24:10).

A la cita se suman Ricardo Darín y Martina Gusman, asiduos también a la cita bianual, con una interpretación correcta. Les acompaña Jérémie Renier en el papel de “darse el lujo de ser pobres” para rematar un dramatismo protagonista poco convincente y falto de profundidad (quizás la gran carencia del largometraje, por otro lado difícil de solventar por requerir unos minutos imposibles que lo hubieran agotado). 

El final, en la línea de Trapero: efectista, chocante, y con el broche de oro de la música de Nyman, que apuesta por la banda en lugar de la orquesta, con una partitura con masa armónica levemente disonante muy acorde (nunca mejor dicho) con el carácter amargo de la película.

La dedicatoria y recuerdo a Carlos Mugica es toda una declaración de intenciones.

Te invitamos a ver “Elefante Blanco” desde nuestra web:

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