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El «Vatel» neoclásico de Roland Joffé

Carlos Bonete Vizcaino


«Vatel», de Roland Joffé, es una historia de gran verosimilitud basada en las relaciones de poder y el amor en un rico contexto artístico barroco y neoclásico digno de comentario.

Todo lo que nos cuenta Roland Joffé en Vatel (2000) es, en esencia, verosímil. Una historia basada en las relaciones de poder y el amor entre una aspirante a condesa y un maestro de ceremonias, con un protagonista que existió realmente y un paisaje plenamente Barroco.

Comencemos dibujando el contexto histórico-artístico en el cual se desenvuelve el filme, marcado por una reconstrucción histórica adecuada y una presentación de la cultura europea del Barroco. En el largometraje se plasma la época y las costumbres tanto en el plano material como en el moral, aunque adivinamos que las figuras de la cúspide absolutista están exageradamente caricaturizadas.

Vatel
Fotograma de la película «Vatel».

Si nos adentramos en la comparación con el neoclasicismo, el comienzo de la película nos da una clave fundamental: la columna salomónica que sostiene una vela. Aquel elemento barroco retorcido guarda más una relación de oposición que de continuidad respecto a la estética y al uso neoclásico de la arquitectura, caracterizado por un modelo arquitectónico de validez universal, la necesidad de la funcionalidad y la supresión del ornato en los edificios. Además, la estética revolucionaria –o más bien reaccionaria– del neoclasicismo basada en la sencillez, el equilibrio y lo que Vatel llama “armonía y contraste” –que no olvidemos comenzó con la exhibición del Juramento de los Horacios de Jacques Louis David en el Salón de 1785– está dirigida a otro tipo de público, la burguesía, algo que tomando la racionalidad y sobriedad artística, contradice la fastuosa dramaturgia del Barroco en la aristocracia y la corte francesa.

Un Vatel encadenado a las decisiones de otros grita a la libertad del individuo, a su autonomía y a la voluntad.

Esto último, la corte francesa, nos hace mirar a los banquetes, las fiestas, el derroche… Parece que siempre se salen con la suya, pues los acreedores persiguen un dinero que ya ha sido gastado, los pobres «recogen flores por una paga mínima» y el rey, junto al arruinado Príncipe de Condé, juegan con la gente de forma literal, con el azar de las cartas. Pero lo interesante que nos atañe ahora es atender a la filosofía o a las mentalidades de estos personajes. El hermano de rey comenta a Vatel, entre juegos con sus amistades, que «los Borbones somos impredecibles cuando nos impulsa nuestro placer». Más adelante, el Marqués de Lauzun apunta: «mi querido Colbert, nuestro destino no está regulado por la razón. Los doctores dicen que está en nuestro hígado».

Vatel
Fotograma de la película «Vatel».

Es curioso cómo Vatel argumenta el rechazo a este espíritu, diferente al neoclásico regido por el culto a la razón, promovido por los filósofos ilustrados. Vatel recurre a Descartes, quien sentenció: «No hay alma tan débil que no pueda, bien conducida, adquirir un poder absoluto sobre sus pasiones». Con esto un Vatel encadenado a las decisiones de otros grita a la libertad del individuo, a su autonomía y a la voluntad. También desarma al hermano del rey poniendo la razón por encima de los placeres.

Vatel quizás debería haber vivido en otro tiempo o quizás adoptó una libertad que no tenía por cuenta propia. Se pone en el lugar de la gente, ofrece sus loros para curar a su señor, y se niega a servir al Marqués de Lauzun, incluso rechaza acudir ante el mismísimo rey, cuando él lo ordena. Todo ello y el amor –chispa que precipita el drama– hacen que Vatel se vea como un extraño. Más aún, su faceta creativa es impresionante, se llama así mismo “artista” y reflexiona sobre el papel de crear y asombrar, y sobre lo bello en sí mismo. Sin embargo, es un creador para sí, es decir, nadie admira la esencia de lo que hace.

Se llama así mismo “artista” y reflexiona sobre el papel de crear y asombrar, y sobre lo bello en sí mismo. Sin embargo, es un creador para sí, es decir, nadie admira la esencia de lo que hace.

Todo ello nos hace observar, al término de la película, el anacrónico suicidio de Sócrates –también plasmado por Jacques-Louis David–, cuando Vatel bebe del brebaje de nuez. Aunque el suicidio se lo provoque su espada, Sócrates y Vatel comparten una frustación por expresar la verdad. Su futuro traslado forzado a Versalles, la ceremonia carente de marisco y su amor imposible en el Antiguo Régimen dejan sin motivos a Vatel. Queda por decir que su suicidio, quizá algo forzado como muchos aspectos de la película, nos recuerdan a una época posterior, el romanticismo, en ese entender la muerte como nueva vida.

Por último, lo caricaturesco de la película, destinado sobre todo a entretener y a fijarnos una idea del Antiguo Régimen, marcado por el derroche, el juego de las apariencias y la esclavitud por parte de la hegemonía privilegiada puede dar lugar a un background algo exiguo. Pierre Gaxotte apunta que «se derrochaba en los cortesanos, como posteriormente en los electores, pero reconocidos estos abusos, hay que decir, también que la leyenda los ha exagerado. Una gran parte de estos dispendios estaban justificados; era preciso conservar las propiedades de la Corona y los edificios nacionales; muchas de las pensiones eran lo que hoy llamamos sueldos de retiro, socorros de caridad, y justificados por servicios prestados. No debe olvidarse que la corte era un medio de detener y vigilar a los grandes señores facciosos». Teniendo en cuenta esto, Vatel se recomienda tanto por su concepción estética como por la triste intemporalidad de su discurso.

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